Los cielos de París están inundados de globos que colorean el cielo gris, globos que se han escurrido de entre los dedos de muchas pequeñas manos que los sujetaban. Todos van hacia un único punto, hacia donde está un niño triste porque su globo rojo ha sido lapidado y pisoteado. Todos esos globos se acercan hacia el niño, quien sujeta, con sus manitas, todos los que puede antes de ser alzado hacia los cielos de París en una suerte de imagen emblemática, liberadora, capaz de mostrar vitalidad a raudales. Porque El globo rojo es mucho más que una breve película de poco más de media hora en la que la narración es inexistente, es difícil hablar de una sinopsis —se podría decir que es la historia de un niño que encuentra un globo rojo que acaba siendo su mejor amigo— pero que tras sus imágenes se encuentra un grito de libertad inmenso, anterior a película protagonizadas por niños, como Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups, 1959) o La guerra de los botones (La guerre des boutons, 1961), por citar solo dos cercanas temporalmente a la de la película de Albert Lamorisse.
Director de dos largometrajes —Viaje en globo (Le voyage en ballon, 1960) y Fifi la plume (1964)— y seis cortometrajes —Bim (1950), Crin blanca (Crin-Blanc, 1952), Le Songe de chevaux sauvages (1962), Paris jamais vu (1967) y Versailles (1967), además del que comentamos— y un documental póstumo, Le Vent des amoureux (1978), cuando ya habían pasado ocho años de su desgraciada muerte en un accidente de helicóptero, la figura de Albert Lamorisse recobra cierta actualidad gracias al director taiwanés Hou Hsiao Hsien, quien acaba de presentar en la última edición del Festival de Cannes El viaje del globo rojo (Le Voyage du ballon rouge), un homenaje a la película de Lamorisse. Carlos F. Heredero, afirma refiriéndose a la película de Hou Hsiao Hsien, que «fagocita literalmente los personajes y los escenarios parisinos con los que trabaja en El viaje del globo rojo para convertir esta nueva exploración suya por las delicuescentes fronteras que separan la ficción y el documental» [1], términos que perfectamente son válidos para la película de Lamorisse, que vive las calles de París en una suerte de mezcla de documental y ficción, tan del gusto de hoy en día, y que hemos visto reflejado en obras de Abbas Kiarostami, en las que los niños son los verdaderos protagonistas, o en El espejo (Ayneh, 1997) de Jafar Panahi.
Un globo rojo en un París otoñal de tonos grisáceos, es decir, algo diferente, algo excéntrico incluso, dispuesto a luchar por su diferencia y de la que es consciente el niño cuando al principio de la película baja unas escaleras y mira hacia arriba. No sabemos lo que ve, el niño mira a izquierda y derecha. No vislumbra a nadie y, sin que todavía sepamos que ha visto, comienza a subir por la farola. A lo alto está un globo rojo. Comienza el paseo por la ciudad gris, en pleno otoño. Quiere subir a un tranvía para llegar al colegio pero no le dejan por llevar un globo. Será en ese momento cuando el director inserte un primer plano del rostro del niño, será la única vez que veamos al niño fuera de su contexto, por eso es un momento muy señalado, es el inicio de una amistad. El niño ha optado por no subir al tranvía y quedarse con el globo, ha optado por correr para intentar no llegar tarde a la escuela.
Pero muy por encima de todas estas estructuras, diálogos y miradas, lo que hace sobresalir a la película de Albert Lamorisse es la perfecta sintonía en la puesta en escena en donde lo que se muestra y lo que se intuye reflejan un proceso en el desarrollo de una creciente de amistad entre un niño y un globo, hasta llegar a un clímax imposible, la dolorosa muerte de un globo, un globo tan humano como el ordenador HAL de 2001, una odisea del espacio (2001, A Space Oddissey, Stanley Kubrick, 1968), un ser perfectamente consciente de su existencia al lado de un niño (Pascal Lamorisse, hijo del director) y por ello consciente de la responsabilidad que conlleva una amistad.
Desde ese momento niño y globo han hecho un pacto de amistad que no van a romper, cuando uno necesite al otro allí estará. El globo seguirá al niño allá por donde vaya, como fiel mascota. El niño no lo abandonará nunca, incluso irá a rescatarlo si fuera necesario. Solo habrá una pequeña traición por parte del globo. Cuando aparezca una niña con un globo azul, el globo rojo se alejará del niño en busca del globo azul, traición que se repite cuando el globo azul se aleje de la niña para perseguir al globo rojo. Con sencillez, El globo rojo acaba siendo mucho más que un paseo por las calles de París, una película sobre un niño y su globo, un niño del que nada sabemos (salvo que vive con alguien que pudiera ser su abuela) ni falta que nos hace. Acaba siendo una reflexión sobre la libertad, sobre la amistad como relación armónica entre dos, todo un cuento moral.
[1] Cahiers du cinema. España, nº 2, junio 2007, pag. 10.