La política española contemporánea da para mucho, aunque poco de ello edificante, sobre todo en lo que se refiere al absurdo enfrentamiento tribal propiciado desde sectores muy concretos; para este momento de nuestra historia valdría la misma aseveración clásica que nos acerca a la mejor comprensión posible del filme que nos ocupa: “La guerra es tan sólo una extensión de la política en tiempos de paz”. Stanley Kubrick no realiza con Senderos de gloria una película directamente antibelicista sino que viene a decirnos que el hombre encuentra en la guerra el caldo de cultivo para su propia podredumbre moral y, así, los conflictos bélicos se convierten en el espejo que le devuelve al ser humano su cara cierta de egoísmo y vanidad. Bajo este prisma, lo mejor que se puede decir del cuarto largometraje de Kubrick es que es una obra diferente, especial, única; demuestra su capacidad para moverse en el terreno del género cinematográfico, (el bélico, en este caso, en una de sus cumbres históricas) otorgando a la película un halo poético inefable (los metafóricos movimientos enmarañados de la cámara, que dan cuenta de la actitud sibilina de los generales/políticos, frente a la rectitud de los travelling en las trincheras, que es trasunto de la honradez de los soldados), un discurso ético e ideológico de alto compromiso (que propició las enormes dificultades para su estreno en países como Francia, Bélgica, Suiza o España [1]) y un tono emocional intenso y equilibrado (sobre todo en su final). Senderos de gloria ejemplifica, así, algunas de las cuestiones por las que Kubrick debe estar siempre en la mente de todos como un artista cinematográfico, mucho más allá de sus indudables cualidades técnicas; el filme es, también, paradigma de su integradora y ambiciosa visión del mundo, que va desde lo más abstracto (su misantropía: la cruel condición humana) hasta lo más concreto (el horror de la guerra) pasando por los conceptos básicos de la historia humana (las luchas de poder).

Como plasmó inmejorablemente uno de los grandes conocedores del cineasta americano, Alexander Walker [2], esta es la primera gran obra de Kubrick. La década de los cincuenta es la de su eclosión como cineasta, primero a través de sus cortometrajes Day of the fight (1951), Flying Padre (1952), Mr. Lincoln (para la serie de televisión Ómnibus; 1952) y The seafarers (1953) y después mediante sus cuatro primeros largometrajes, Fear and desire (no estrenado en España y retirado de la circulación por su expreso deseo; 1953), El beso del asesino (Killer’s kiss, 1955), Atraco perfecto (The killing, 1955) y la película que comentamos en estas líneas. Así las cosas, Senderos de gloria es su último filme en la década más prolífica de toda su carrera, así como el que le consagró como cineasta dentro de Hollywood. Junto al dominio de los engranajes del cine de género y una evidente habilidad narrativa (Atraco perfecto), Senderos de gloria recoge también el incipiente talento para la abstracción de Fear and desire y el rigor formal demostrado en El beso del asesino, para ofrecer una obra en la que, como decíamos, demuestra por vez primera su plena capacidad creativa, su interés por significar con la cámara y, sin duda, una síntesis magnífica entre lo narrativo, lo formal, lo poético, lo emocional y lo discursivo.
El filme narra la historia, ocurrida durante la Primera Guerra Mundial, de un coronel (Dax/Kirk Douglas) que lleva a sus soldados hacia una batalla perdida de antemano al ser presionado por sus superiores quienes, completamente entregados a una batalla por el poder, ponen innecesariamente en riesgo las vidas de su ejército con tal de lograr sus propósitos. Esa lucha por subir escalones les lleva incluso a fusilar a inocentes para justificar su derrota y a ordenar que sus tropas disparen contra sus propios componentes. Dax, que trata de defender a sus hombres cumpliendo también la lealtad hacia sus superiores, llega a la conclusión de que eso no es posible y, en esa ruptura emocional, trunca su posible carrera militar y decide ser leal a sus soldados, otorgando así al conflicto bélico un leve rasgo de humanidad.
Es lugar común afirmar que hay cineastas de los que ya poco nuevo se puede decir; podría ser, sino fuera porque los cientos de páginas que se escriben suelen contener un alto porcentaje de tópicos, relatos repetidos o afirmaciones manoseadas y, aunque se haya hablado y escrito mucho sobre Stanley Kubrick, estoy seguro de que queda mucho por investigar entre sus fotogramas. Sólo una visión superficial de Senderos de gloria nos ofrece algunos detalles. El primero es en torno al tópico de que se trata de una obra antibelicista; es evidente que el filme no simpatiza con la guerra [3], pero no es menos obvio que sus mayores dardos van dirigidos a los retorcidos y maquiavélicos movimientos de la “alta” política militar, personalizada en el general Broulard (Adolphe Menjou) y el general Mireau (George Macready) y metaforizada en los laberínticos movimientos de cámara que les acompañan en sus conversaciones. Otro de los lugares comunes es su pesimismo que, si lo matizamos como antropológico e histórico, está presente sin duda a lo largo de su filmografía pero no es ni absoluto ni excluyente; no hay espacio para extenderse en explicar el final feliz de El beso del asesino, el optimismo (casi ontológico) del final de 2001: Una odisea del espacio o la irónica esperanza sexual para la crisis del matrimonio protagonista de Eyes Wide Shut, pero no es necesario porque Senderos de gloria nos ofrece uno de los ejemplos más claros. Lo que ocurre, y esto deberemos reconocerlo de antemano, es que la sonrisa kubrickiana está siempre teñida de melancolía, desolación o resignación y, en este sentido, no podríamos nunca hablar de un optimismo franco y completo. Este es el caso del final de Senderos de gloria, por otra parte muy abierto, en el que el coronel Dax parece encontrar en el humanismo de sus propios soldados, emocionados por la canción de una prisionera alemana, la única razón para seguir adelante; aunque él mismo, y he aquí el matiz, sepa que ese paréntesis es sólo una pequeña gota de agua imperceptible en un océano de inmoralidad e injusticia.

Cuando el coronel Dax le recuerda al general Mireau que, según Samuel Johnson, "el patriotismo es el último refugio de los canallas", Kubrick está haciendo su principal declaración de principios. Se trata de un concepto que va mucho más allá del antimilitarismo, aunque se queda un poco más acá de su misantropía; una idea que subyace bajo la lectura ideológica, plena de individualismo, que rezuma toda una filmografía de la que esta Senderos de gloria supone una de sus grandes cumbres.
[1] En nuestro país, por ejemplo, no sólo estuvo prohibida durante el franquismo sino que, si exceptuamos el pase que se realizó en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián en 1980 dentro de una retrospectiva del cineasta, hubo que esperar hasta 1986 para poder ver su estreno comercial.
[2] "Paths of Glory viene a ser la tesis doctoral de Kubrick". Walker, Alexander: Stanley Kubrick dirige; Taller de Ediciones Josefina Betancor, Madrid, 1975 (pág. 86).
[3] Stanley Kubrick, además, se significó siempre en posturas claramente antimilitaristas, desde su debut en Fear and desire hasta su penúltima obra, La chaqueta metálica (Full metal jacket, 1987), pasando por Senderos de gloria y ¿Teléfono rojo? ¡Volamos hacia Moscú! (Dr. Strangelove or how I learned to stop worrying and love the bomb, 1963). La defensa de estas posiciones, y la crítica del poder, que se puede hacer extensiva casi al resto de su filmografía (especialmente, la crítica del poder social en Espartaco —Spartacus, 1960—, el poder sexual en Lolita —Lolita, 1962—, el poder intelectual en 2001: Una odisea del espacio—2001: A space odyssey, 1968— o el poder político del Estado en La naranja mecánica —A clocwork orange, 1971—) constituyen algunas de las constantes discursivas más firmes a lo largo de toda su obra