Death Proof

Por Alicia Albares

El delirio de un genio

Cuando un revolucionario del lenguaje cinematográfico logra encadenar sin imprevisto alguno toda una serie de éxitos rotundos de crítica y público, muy seguidos en el tiempo, suele ser habitual que le resulte difícil reaccionar ante tal circunstancia como a sus seguidores les gustaría que fuera. No todos los directores que han llegado a lo más alto sufren esta especie de síndrome, pero sí la mayoría. Y lo peor es que son sus obras las principales afectadas y, con ellas, su público más fiel. Quizá el error no lo cometan ellos, sino sus ilusos seguidores, que no saben valorar cada película en su justa medida y, por tanto, siempre piden más con cada nueva incursión de su realizador preferido, sin permitir un retroceso o una pausa en el avance. Desvincularse de los efectos que una obra ha tenido en la historia del cine reciente o del clamor que ha provocado en el público parece ser tan difícil para un cineasta como evitar las irregularidades en su carrera. Lo cual debería ser motivo suficiente como para no pedir más de lo que se debe. Desgraciadamente, no suele haber compasión en el juicio de cada nuevo trabajo.

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Nadie dice, con esta retahíla, que el talento o capacidad de innovación de Quentin Tarantino estén agotados. Ni tampoco significa que su nuevo experimento, Death Proof sea absolutamente desechable. Contiene, aunque muy leves, los rasgos propios de su autor (que componen, sin duda, los momentos más interesantes de su metraje). Sin embargo, la impresión general que el conjunto produce, el sabor de boca que deja en el espectador, es tan neutral que podemos afirmar que estamos ante su largometraje más mediocre. Decir eso del director de Pulp Fiction (1994) no parece ser muy grave, pero si denota un tropiezo considerable en su hasta ahora excelente travesía.

Porque si hay algo que ha demostrado Tarantino es que, se ajuste o no a los cánones, mezcle tendencias artísticas diversas o prefiera buscar el clasicismo, siempre ha sabido cómo capturar al espectador gracias a la combinación de un ritmo narrativo trepidante con su particular y agria vena humorística. Esto, unido a la elección de sus protagonistas, ha dado lugar a películas que han inaugurado una estética tan propia como diversa: un mundo a caballo entre el pop y el kitsch, entre el cine negro y la comedia negra, entre la película coral y de historias cruzadas…Películas que saben beber de fuentes creativas tan dispares como, a veces, contradictorias; que homenajean y se inspiran en el cine de antes, en el cómic, en el serial, en el enredo…Pero que nunca pierden de vista su naturaleza propia, lo que aspiran a ser y lo que persiguen: apasionar al público, sumergirlo en un universo totalmente nuevo y lograr hacerlo creíble, dentro de su  innegable condición surreal.

El problema surge cuando se pierde la perspectiva y la utilización de estos elementos ajenos deja de utilizarse como recurso, como añadido, para convertirse en objetivo único y reclamo principal. Este es, sin duda, el mayor defecto de Death Proof, película fallida ya desde su esencia: en su intento por homenajear las sesiones de grindhouse, Tarantino olvida la inspiración sutil para bucear directamente en la atmósfera de estas películas, sin hallar, siquiera, el significado de las mismas, sin poder recuperar su contexto, sin dar con la clave para construir, por encima de todo, un largometraje de calidad (que puede después engalanarse con las referencias cinéfilas, claro está). Lo que en Kill Bill (2003) se acumulaba como método para construir una estética acertada, al servicio de un argumento sencillo aunque soberbiamente construido y desarrollado; se configura en este nuevo filme como una acumulación de fenómenos aislados y anecdóticos, absolutamente alejados del contexto e incapaces de redondearse para dar a luz una coherencia formal y temática. El resultado es una historia que cambia la rotundidad por la simpleza; el humor sádico por la broma fácil y escatológica; la presencia insustituible de los protagonistas por la acumulación de personajes tan parecidos y carentes de carisma que se convierten en sustituibles (o lo que es peor, suprimibles desde la primera media hora de metraje). Así, Tarantino nos sorprende para mal con una especie de híbrido mal formado, a medio camino entre el psico-thriller gore (aunque extrañamente edulcorado), la road movie y la comedia de chicas adolescentes. Diálogos femeninos carentes de todo sentido (no por sí mismos, lo que podría haber resultado arriesgado e interesante, sino con respecto al argumento), secuencias enteras colocadas en el metraje sin razón alguna aparente, una estética anodina, nada original ni transgresora, un metraje que consigue hacerse eterno…todo ello se encarga de decepcionar hasta a los que quieran contemplar el resultado con los mejores ojos.

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Dicen las malas lenguas que la causa de que la nueva película de Tarantino se haya estrellado de tal manera (al menos, a nivel creativo) la tiene la decisión de los productores de estrenarla en Europa de manera aislada y no como el díptico del que forma parte junto a la delirante Planet Terror (2007), de Robert Rodríguez. Esto ha provocado que su metraje se alargue en exceso y que se supriman los tráilers que separaban ambas obras (de hecho, el anuncio falso Machete es, sin duda, lo mejor de la película de Rodríguez). Puede que no vayan estos rumores nada desencaminados: el filme de Tarantino podría haber sido, cuanto menos, curioso, de haber acortado una media hora su metraje. Se habría convertido en un capricho de cinéfilo, en una película-probeta que su director se hubiera permitido a sí mismo. Convertida en lo que es ahora, no puede más que provocar hastío y desgana, pues no aporta nada nuevo al universo personalísimo del Quentin de siempre, hilarante y desvergonzado, desternillante y mordaz… Nos deja reflejos vanos de su talento (quizá en la única presencia bien perfilada y carismática del filme, ese Kurt Russell viejo, inflado, aunque escalofriante), pero nos niega las carcajadas inteligentes y la elaboración meditada de sus decisiones creativas.

Enorme desilusión para los que queríamos pasarlo bien con una película propia del Tarantino que nos gusta… Esperemos que esta aventura errónea le aporte aquello que perseguía con su construcción, para que pueda enseñarnos lo que ha aprendido en sus siguientes (seguro) grandes películas.