Quentin Tarantino hizo la comunión en un videoclub. Y antes, la catequésis, y después, la confirmación. Su religión es el cine, y él, un fanático. Y sus también fanáticos seguidores le idolatramos y le adoramos como a uno más de tantos dioses, y le reímos las gracias, porque nos hacen gracia, aunque sea la misma recalentada una y otra vez (o por eso mismo), y aunque sólo sea por el envoltorio, que en esta ocasión es tan sencillo como unas puntuales dosis de gran violencia, despampanantes bellezas femeninas hablando de estupideces supinas, una persecución de coches que pasará a la Historia y una banda sonora, que, como todas las anteriores, poco tiene de original y mucho de musical y de perfecto acompañamiento a unas imágenes bellas (no solo por las féminas, que ciertamente ayudan) incluso con quemaduras en el celuloide o cortes de rollo inadecuados, por aquello de devolver a las nuevas generaciones las sesiones Grindhouse que exhibían dobletes de harapientas películas en harapientos cines durante la década de los setenta en los EE.UU y con las que Tarantino probablemente se familiarizó poco después de su bautismo. Hay que reconocer que partiendo de la premisa de que hay que pagar siete euros, no se logra este objetivo, pero eso es secundario.

Si hasta ahora sus películas han bebido de todo tipo de cine, basculando alternativamente entre el cine negro, el blaxploitation, el cine asiático más esquizoide de los últimos años, el lado más guasón de la nouvelle vague (que para el lado aburrido y sosón ya hay imitadores de sobra) y también el más negro, en Death Proof añadimos al coctel el “género” de persecuciones de coches (¡mucho cuidado!), que en el fondo es otro más de los géneros chuscos que devoraba en su infancia de los que siempre toma algún que otro préstamo, y donde como dice Stunt Mike (Kurt Russell encarnando un auténtico malvado de libro, en otro de los papeles de su vida, junto con los que le regalara John Carpenter hacía ya demasiado), coches de verdad se chocaban contra coches de verdad y la infografía no existía ni en las peores pesadillas de los especialistas (stunts) como él, y un digno homenaje a lo que hacía Russ Meyer ya en los sesenta como por ejemplo en Faster Pussycat Kill Kill, que mezclaba escotadas chicas, guerreras y de las otras, con persecuciones por el desierto a toda velocidad, y a la que esta Death Proof debe más de una ronda.
Argumentalmente este nuevo delirio tarantiniano es más nimio incluso que esa otra maravilla titulada Kill Bill, pero como siempre, la película goza de una factura técnica que debería hacer sonrojar a Robert Rodríguez, artífice de la simpática Planet Terror, la otra parte del pack, un pack que fuera de los EE.UU. hemos visto por separado, con los metrajes ampliados en cada una de sus partes. El hecho de que la película de Tarantino esté alargada en cerca de media hora respecto a la versión original de Grindhouse ayuda a que el director de Knoxville pueda incluir unos cuantos más de esos diálogos intrascendentes y a la vez inolvidables, ya sean sobre los masajes en los pies, o sobre lo que tiene que hacer una de las protagonistas cuando algún borracho (pero sexy) le invite a una copa y le recite un pequeño poema. Volviendo al aspecto técnico, baste reseñar uno de los muchos detalles de puesta en escena desperdigados por todo el metraje, como el brillante punto de inflexión de la película, donde en un elegante ejercicio de montaje vemos desde cuatro puntos de vista distintos, uno detrás de otro arrancados por el mechero del coche, el pequeño desaguisado que se monta en medio de una carretera en una noche oscura mientras Dave, Dee, Dozy, Beaky, Mick y Titch nos piden que nos agarremos fuerte, aunque no sirva para nada.

Podríamos seguir con la, desde ya, mítica, pero afortunadamente indescriptible con palabras, persecución, o con las largas conversaciones que mantienen las protagonistas (desconocidas en su mayoría pero que no lo hacen nada mal, y en parte, pero sólo en parte, eso es un mérito del director, que siempre ha sabido sacar gran partido a todo tipo de actores) en los coches, en los bares, o en cualquiera de los apenas cinco o seis escenarios que tiene la película, y es que realmente esta contiene poco más (aunque aseguro que no es poco), pero es absurdo estar leyéndolo o escribiéndolo cuando se puede ver, y en una pantalla grande. Porque ya había ganas de comulgar de nuevo con un Tarantino en estado puro, tal vez un poco más narcisista que de costumbre, autoreferenciándose en un par de ocasiones (el politono del móvil de una de las protagonistas que irrumpe con el ya famoso Twisted Nerve, o el más discreto y agradecido guiño de la pareja de policías padre e hijo que ya aparecieran en Kill Bill en el escenario de la boda ensangrentada), pero a la postre cine de entretenimiento puro y duro que nos permita durante dos horas olvidarnos de todo lo demás, y a la vez cine de calidad, que nos permita seguir recordando lo visto durante bastante más de dos horas después. Pero reconozco que soy un fanático y que no hay que hacerme demasiado caso.