El Spaghetti Western es un de los más grandes géneros, creo yo, en la historia del cine mundial y definitivamente en la historia del cine italiano». Palabra de Quentin Tarantino. «Y la verdad es que estas (las películas spaghetti western) no han sido nunca realmente apreciadas», continúa el director de la recién estrenada Death Proof (2007) en un mensaje publicado en la web oficial de la 64 Mostra de Cine de Venecia. Por eso este año el festival, bajo la dirección de Tarantino, preparó una retrospectiva de 31 títulos para homenajear a un género que produjo más de 600 western entre 1962 y 1977. Un género que se volvió tan popular en su época como olvidado en nuestro tiempo, a excepción, por supuesto, del genial Sergio Leone, que nunca abanderó al gran número de directores que trataron de emularle haciendo películas del Oeste “a la italiana”. Quizás por eso no se incluyó en la retrospectiva ninguna de sus obras maestras. Hay vida antes y después de Leone, y así parecen entenderlo ahora algunas compañías españolas de DVD, que tímidamente están rescatando alguna de estas películas aunque generalmente con ediciones que dejan bastante que desear. Un maltrato que no parece justificado si tenemos en cuenta que el spaghetti western nace en España. «En el futuro debemos dedicar un espacio a los westerns a la española-italiana, porque muchos de los grandes directores que han creado el estilo definitivo del género eran españoles», afirmó en una entrevista para El País Marco Muller, director de la Mostra. «Ha sido un cine muy experimental y que, en definitiva, constituye la vena de cine político que menos ha envejecido en el cine italiano de los años sesenta y setenta».
Un breve repaso a 13 de las 31 películas mostradas en Venecia servirá de ejemplo para explicar el desarrollo y la variedad de un género que se resiste a morir pese a la insistencia de la mayor parte de los críticos. También puede servir como propuesta para el espectador que quiera iniciarse en el violento mundo del spaghetti western.
Imprescindible. Está considerada el mejor western hispano de la historia, y no es para menos. Marchent dirige a unos actores extraordinarios (Jesús Puente, Fernando Sancho, Gloria Milland, Robert Hundar, etc.) para contar la dramática historia de una enferma terminal cuya única esperanza está al final de un desierto. Estrenada el mismo año que Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964) de Leone, el clasicismo que rebosa la hizo pasar desapercibida en su momento, y sólo ahora se comienza a revindicar el gran legado de Romero Marchent.
Mítica. Una de las películas de culto que dejó el spaghetti western y que sorprendió en su época por la cruda violencia de sus escenas. Tres años antes de la matanza perpetrada al final de Grupo Salvaje (Wild Bunch, 1969), Franco Nero ascendía a los altares del cine popular con un personaje que trasportaba una ametralladora en un ataúd, y se cargaba él solito a las dos bandas que rivalizaban por un pueblo. Simple, brutal y efectiva. A pesar de no ser la mejor película de Corbucci, es y será siempre la más recordada. El japonés Miike Takashi presentó este año en Venecia un remake llamado Sukiyaki Western: Django (2007) en donde, cómo no, Tarantino tiene un pequeño papel.
Genial. Llevando el estilo spaghetti hasta sus extremos, Martín logró lo que muchos intentaron sin éxito: una película cercana a Leone pero con personalidad propia. Nada sobra en este western vibrante que descubrió a otro actor mítico del género: el cubano Tomás Milian. Fue, además, de las pocas películas reconocidas por la crítica y premiada por el Sindicato del Espectáculo. La música de Stelvio Cipriani es una maravilla, y no tiene nada que desmerecer a Morricone.
Soberbia. Después de Leone y Corbucci, Sollima es el tercer Sergio que triunfó sobradamente en el género. Sollima inauguró con este film el western político con ayuda del guionista comunista Franco Solinas. El clásico enfrentamiento entre el sheriff y el bandido simbolizará la lucha entre el rico y el pobre, entre opresor y oprimido. A pesar de ello, la película no tiene ningún afán predicador. Lee Van Cleef y Tomás Milian forman una pareja tan antagónica y, al mismo tiempo, tan perfecta, que la película funciona con una facilidad pasmosa.
Extraña. En su única incursión en el western, Questi hizo lo que mejor se le daba: un giallo. Un cargamento de oro robado suscita la codicia de un pueblo y la aparición de los más bajos instintos. Tomás Milian (de nuevo) cambia de registro para ofrecernos una actuación perfecta y Questi deja caer algo de casquería para animar la función. No es una película redonda, pero su originalidad aún puede sorprender.
Previsible. A Django le salieron muchos imitadores y falsas continuaciones, y uno de ellos fue Terence Hill, antes de toparse con Trinidad, el papel de su vida. Hill interpreta a Django en una película muy oscura, seguro que a gusto de Tarantino, aunque no llega al tenebrismo de Django el bastardo (Django il bastardo, 1969) de Sergio Barrone, y que extrañamente no se incluye en la retrospectiva. No faltan todos los típicos tópicos sobre el personaje y la masacre final con la ametralladora.
Pretenciosa. Otro ejemplo de western político fue Tepepa, una superproducción para la época que contó, entre otros, con Tomás Milian, John Steiner y el mismísimo Orson Welles. Un duro alegato izquierdista (ya sin disimulos) de 136 minutos que, obviamente, se vio en España bastante afectada por la tijera franquista (censuraron media hora). Una película valiente y notable sobre la revolución mexicana que quizás se quedó a medio camino por querer abarcar demasiado.
Divertida. Cuando el género parecía desfallecer llegó Trinidad y su hermano Bambino para revolucionarlo todo. El humor llegaba al spaghetti western y lo hacía para quedarse. Gran éxito de la película y de la dupla Terence Hill – Bud Spencer. A pesar de la ingenuidad del planteamiento, la película es divertida y, lo más importante, no se toma así misma en serio.
Magnífica. Corbucci ya lo había demostrado todo en el spaghetti western cuando se propuso hacer una especie de continuación de otro western suyo, Salario para matar (Il mercenario, 1968). El objetivo esta vez es burlarse de ese componente ideológico que el spaghetti había otorgado a la revolución mexicana. Y le sale bien a pesar de la ligereza de su argumento. Corbucci desmitifica con humor mientras Franco Nero y Tomás Milian se ven obligados a unirse para acabar con Jack Palance. De lo mejorcito.
Decepcionante. De un hombre que fue director de segunda unidad de Leone en El bueno, el feo y el malo (Il Buono, il brutto, il cattivo, 1966) y de Giulio Petroni en De hombre a hombre (Da uomo a uomo, 1967) siempre se debe esperar más. Sobre todo si tienes en el reparto a un Lee Van Cleef espléndido. Sin embargo, Santi maneja con pulso desigual un spaghetti descafeinado en el que sólo se salva la banda sonora de Luis Enríquez Bacalov, rescatada por Tarantino para Kill Bill (2003).
Incompleta. El alumno aventajado de Leone tuvo en sus manos esta superproducción con un reparto coral de lujo con James Coburn, Telly Savallas y Bud Spencer a la cabeza, para contar la misión suicida de un grupo de condenados a muerte al estilo de Doce en el patíbulo (The Dirty dozen, 1967). Pese a que entretiene, no llega a funcionar todo lo bien que debería. Aún así, de lo mejor que se hacía ya en aquellos años.
Horrible. Que una película como esta se exhiba en una retrospectiva del spaghetti western sólo puede ser explicado por la afición de Tarantino a las artes marciales. Efectivamente, este film fue el primero que mezcló el kung-fu con los revólveres, añadiendo además un extra de gore. El resultado es incomestible a pesar de la aparición de Klaus Kinski en un pequeño papel.
Magistral. Hay cierta unanimidad en considerar a esta película el broche final del género, que ya por entonces estaba de capa caída. Castellari rescata Franco Nero y lo viste de hippie para contar la historia de un pueblo diezmado por la peste y por la tiranía del cacique local. Cierto que Castellari no se inventa nada nuevo, pero maneja como nadie los recursos que tiene a su disposición. El pesimismo de Keoma es el pesimismo de un género destinado a desaparecer.