Hollywood, años 50

Por Natalia Vías

Entre el infierno y el paraíso

La década de los cincuenta es una etapa apasionante en la vida norteamericana y por ende en el Hollywood de los grandes estudios. Es una etapa de frontera, en la que muchas cosas terminan y algunas otras comienzan. El cine concluirá su etapa más esplendorosa a finales de los cincuenta y principios de la década de los sesenta, y una nueva generación de cineastas, con ideas frescas y una nueva forma de mirar y hacer cine, tomará el relevo de los grandes clásicos.

Entre los años 1947 y 1953 la política irrumpe de manera nefasta en la colectividad de Hollywood cuando el Comité de Actividades Antiamericanas (HUAC-The House Un-American Activities Comittee), promovido por el senador Joseph McCarthy, comienza su funesta “Caza de brujas” con la que se proponía erradicar todo lo sospechosamente “antiamericano”. Las estrellas, escritores, directores y gente de la industria en general pasaron de cenar en el Formosa café o terminar la noche en el bar de Chasen´s a sentarse en el banquillo, unos acusados de simpatizar con ideas comunistas mientras otros se organizaban en grupos de apoyo a los compañeros que iban siendo llamados a declarar ante el Comité. Fue una época incendiaria, que creó mucha desconfianza y no poca incertidumbre, se hicieron falsas denuncias y se produjeron algunas conductas reprobables y cobardes por parte de conocidos profesionales del cine que, por miedo a arruinar sus carreras o el prestigio personal, denunciaron a sus compañeros de profesión. También hubo movilizaciones solidarias en los medios de comunicación promovidas por un grupo importante de escritores y gente de la industria [1]. El apacible sueño en el que dormitaba la soleada California estalló en mil pedazos.

El final de la Segunda Guerra Mundial, la tensión en Estados Unidos creada por la denominada “guerra fría” y las listas negras del Comité señalaron el principio del fin de la Edad Dorada de Hollywood. En los primeros meses de los cincuenta el primero de los llamados “diez de Hollywood” [2] ingresa en prisión. Un amargo malestar acompañará a la comunidad cinematográfica durante toda la década. Algunos actores, guionistas, directores y otros profesionales no volverán a trabajar nunca más en la industria del cine y tendrán que exiliarse de esa, a veces, contradictoria América, hasta el momento en que soplaran mejores vientos para regresar [3]. La situación convulsionará en gran medida el paraíso de Hollywood y dejará una herida sangrante que durará muchos años.

Tampoco la situación social beneficiará demasiado a la industria cinematográfica. Estados Unidos gozaría de una considerable prosperidad. El núcleo familiar del norteamericano medio consigue al fin cierta tranquilidad, disfruta de nuevos electrodomésticos, los automóviles se generalizan y desde finales de los cincuenta los televisores pasan a formar parte del mobiliario doméstico. A causa de esto último, el público frecuentará menos las salas de exhibición cinematográfica y en su lugar las familias se reunirán en los hogares para seguir las emisiones de Star Trek o The Lucy show [4]. Los grandes estudios tomaron entonces dos decisiones; unirse al enemigo y al mismo tiempo lo intentarán combatir. Desde el final de los cuarenta algunos grandes estudios como la Twentieth Century Fox y posteriormente Paramount o la Disney, al darse cuenta de la terrible herramienta que la televisión podía llegar a convertirse (y que, de hecho, se convirtió), comienzan a producir sus propios programas de televisión. Incluso la RKO, ya desmembrada y en su ocaso, vende todo su archivo cinematográfico (más de 700 películas) a la televisión en 1955.

Por otro lado, las majors dedican gran parte de su esfuerzo y recursos a toda una serie de avances técnicos con los que esperaban recuperar las anheladas colas de espectadores, a base de ofrecer una mayor espectacularidad en sus películas. Se estrenó el primer film en 3-D, el primero en Cinemascope, se estrena la VistaVisión y algún otro sistema pretendidamente revolucionario y que, sin embargo, después del primer entusiasmo publicitario la mayoría quedaron como meros productos ocasionales. Quizás al cinéfilo de ahora sólo le vendrá a la memoria La túnica sagrada (The robe) película de 1953 dirigida por Henry Koster y primera rodada en Cinemascope. Pero la exhibición no volverá a recuperar al público perdido, los nuevos hábitos ya estarán muy arraigados en la sociedad norteamericana.

Aunque la situación parece no augurar un buen momento para la industria, el cine llega a su etapa de madurez durante la década de los cincuenta. Después de las entrañables y maravillosas dos décadas precedentes, en los años cincuenta algunos directores ruedan las mejores películas de sus filmografías, los géneros alcanzan su mayor esplendor, el color estalla en la pantalla y las notas musicales serán más sonoras que nunca.

Esta época supondrá la eclosión de la gran fábrica de sueños, la plenitud del todavía, aunque por poco tiempo, Hollywood clásico. Directores como Dieterle, Wellman, Capra, ponen punto y final a sus carreras durante esta década. Hawks, Ford, Mankiewicz o Minnelli, a pesar de que siguen trabajando en los sesenta y setenta (muchos para la televisión), ponen fin a una larga trayectoria. Fritz Lang se despide en 1960 con su personaje más conocido, Mabuse, con el que cierra una vida dedicada al cine y así, quizás no por casualidad, despide también de manera muy representativa a toda una generación. Los viejos maestros se retiran silenciosamente porque el cine es sabio y nada volverá a ser igual bajo las enormes letras del Monte Lee [5].

Pero decíamos que es una década brillante. Una década en la que, en acertadas palabras de Román Gubern, los géneros se hacen auto conscientes. La industria cinematográfica trabaja a todo rendimiento, alcanza una notable madurez técnica y artística, y la producción es grande en cantidad y de excepcional calidad. Sin embargo, no sólo los grandes directores están cansados o intuyen que su época llegaría pronto a su fin sino que, también los grandes estudiosse agotan bajo el cambio que irremediablemente se va a producir en todos los sectores de la sociedad en la década de los sesenta. Con el tiempo, el sistema de estudios, las estructuras de producción, tal y como eran conocidas hasta entonces, desaparecen. Algunos estudios terminan en la bancarrota, los lots de rodaje apagan sus focos y son abandonados, las majors que aún rinden se venden a grandes multinacionales o grupos empresariales y paulatinamente la industria se va transformando.

Chaplin explica en Historia de mi vida que cuando, durante su vida en Europa, algunos amigos le preguntaban si echaba de menos Estados Unidos, él les respondía… «América ha cambiado, y también Nueva York. El gigantesco aumento de instituciones industriales, de prensa, de televisión y de anuncios comerciales me ha divorciado por completo con la forma de vida americana» [6]. Acaba una época, una forma de vida.

Los estudios cinematográficos de ahora no tienen nada que ver, salvo que algunos conservan el nombre primitivo, con lo que fueron en los años de esplendor del cine americano. Antes, los productores unían a una visión comercial del cine, una notable sensibilidad artística, les apasionaba, por encima de todo, “hacer películas”. Ahora Hollywood se ha convertido en un monstruoso engranaje industrial, financiero y publicitario. Tiempo atrás conocíamos a los productores por sus nombres y apellidos (Irving Thalberg, Howard Hughes, Carl Laemmle, David O´Selznick, Jerry Wald, Hal B. Wallis…), ahora son ejecutivos anónimos. A pesar de ello, la industria americana continúa, por suerte, haciendo gala del enorme legado que dejaron sus predecesores y conserva un indiscutible dominio sobre el medio cinematográfico. Cuando tiene lugar ese pequeño milagro que hace que una película resulte irrepetible, “los de Hollywood” saben que lo han hecho y lo siguen haciendo mejor que nadie. Estados Unidos sigue teniendo los mejores técnicos, los mejores actores y directores y, mal que les pese a algunos, seguirá manteniendo la hegemonía del cine mundial, como lo ha venido haciendo desde sus orígenes.

Podemos entonces hablar de lo que David Bordwell llamaría, “el nuevo Hollywood”. Una nueva generación, que apuntaba ya en la década anterior, dominará las pantallas a partir de la década de los sesenta. Cassavetes, Penn, Mackendrich, Kubrick, Bogdanovich, Peckinpah, y un largo etcétera, irrumpirán en las pantallas con una renovada mirada sobre lo que les rodea. Tienen en definitiva una nueva forma de narrar, de rodar, una forma diferente de entender el cine. Marcarán desde entonces, junto a Coppola, Scorsese o Spielberg, entre otros, las pautas que seguirán las nuevas generaciones de cineastas hasta el día de hoy.

Al mirar atrás, esta década agridulce de los cincuenta que dio al cine norteamericano grandes obras maestras, supone también para los cinéfilos y nostálgicos el final del sueño más brillante de Hollywood, su cine más legendario. En el 57 muere Bogart. Es, efectivamente, el final de una época.

La ciudad de Los Ángeles también ha cambiado considerablemente desde entonces, experimentando un notable crecimiento sobre el terreno y, por supuesto, un gran florecimiento económico. A pesar de ello, actualmente aún podemos recorrer con contenida nostalgia Hollywood Boulevard, tomar una copa en el Roosevelt Hotel donde en 1928 se entregaron los primeros premios de la Academia, hacernos una foto en la famosa puerta de entrada de la Paramount Pictures en Melrose Avenue, escuchar el eco de las notas que han dejado en el aire, Mancini, Sinatra o Ella Fitzgerald o los suaves pasos de Fred Astaire en el Hollywood Bowl, cenar cerca de los estudios Warner, en el Formosa Café, como lo hacían las grandes estrellas de la época dorada y contemplar, en un cálido atardecer, desde la terraza del Beverly Hills Hotel, las altas y delgadas palmeras que se asoman a Sunset Boulevard.

[1] Un grupo de profesionales de la industria cinematográfica, el “Comité de la Primera Enmienda”, apoyó con su presencia y declaraciones a los acusados por el Comité de Actividades Norteamericanas. Se declararon defensores de la democracia y la Constitución de los Estados Unidos. Lo formaban; Humphrey Bogart, Lauren Bacall, Gene Kelly, Danny Kaye, Paul Henreid, Ira Gershwin, John Huston, Sterling Hayden, Thomas Mann, June Havoc, Richard Conte, Geraldine Brooks, Evelyn Keyes, Philip Dunne, Marsha Hunt, Jane Wyatt.

[2] Los llamados “diez de Hollywood” se negaron a testificar ante el Comité de Actividades Antiamericanas; Ring Lardner Jr., Lester Cole, John Howard Lawson, Alvah Bessie, Dalton Trumbo, Albert Maltz, Samuel Ornitz, Herbert Biberman, Edward Dmytryck, Adrian Scott. Les condenaron a prisión.

[3] Chaplin tuvo que dejar Estados Unidos y exiliarse a Europa por este motivo. Como explica en su autobiografía Historia de mi vida: «Yo era opuesto al Comité de Actividades Antiamericanas, ya de principio un título deshonesto, lo suficientemente elástico para cerrar su garra alrededor de la garganta y estrangular la voz de cualquier ciudadano americano cuya honrada opinión sea minoritaria». Chaplin, Charles. Historia de mi vida. Taurus Ediciones, S.A. Madrid, 1965, pág. 455. En todo caso, Chaplin era ciudadano británico. Se instaló definitivamente en Europa hasta su muerte en Vevey (Suiza) en 1977.

[4] Star Trek y The Lucy Show fueron dos de los programas para la televisión de mayor audiencia en los Estados Unidos. Estaban producidos por la compañía Desilu, perteneciente a la actriz Lucille Ball y su marido Desi Arnaz. En 1957 compran la RKO Pictures y su lot de rodaje en Culver City  ya pasado el momento de esplendor del estudio, y lo venden diez años más tarde.

[5] Situado en el Parque Griffith y más concretamente en el Monte Lee se encuentra el gigantesco cartel con la palabra “Hollywood”. Fué creado en la década de los veinte. Es el cartel publicitario más famoso del mundo.

[6] Op. Cít. Chaplin, Charles. pág. 471.