Hasta los niños han perdido la inocencia, la ilusión. No es que no crean en los Reyes Magos o en Santa Claus. Es que protestan implacablemente si el modelo de videoconsola recibido no es exactamente el previsto. Los políticos no nos gustan pero les votamos y la telebasura es, eso, basura, pero siempre la podemos criticar por que siempre la vemos. Vivimos en una sociedad, en un mundo, sin ilusiones, sin esperanza, dónde el cinismo y la desconfianza superan con creces la capacidad de ilusionarse. Es por ello que en un par de décadas Keaton o Tati han envejecido más que en 50 o 80 años. Es por ello que la comedia suave, humanista, de Renoir está siendo marginada. La inocencia es un valor a la baja y sólo un personaje insólito como Tim Burton sabe aprovecharla para que nos riamos de nosotros mismos. No es el caso de Eric Rohmer. Personaje racional, cartesiano, estudioso de los usos y costumbres de la sociedad francesa contemporánea, Rohmer ha valorado con ironía enredos amorosos y mentiras en los Cuentos Morales. Y con buen humor la autocompasión, la falsa resignación y el desamor en las Comedias y Proverbios y también en su obra sucesiva. No ha sido, sin embargo, un romántico ni un inocente. Su cine es lúcido y frecuentemente muy objetivo. Capta las mentiras de sus personajes sin cebarse en ellos. Comprende sus debilidades y trata de encontrar una esperanza. Pero se mantiene atento ante una sociedad en la que el engaño y la traición son monedas de cambio. Ahora, a sus 87 años, estrena un cuento sobre pastores enamorados que tratan con ninfas y druidas y que se enamoran de la imagen del amado, aunque se oculte con ropas de mujer. ¿Cómo valorar la aparición de una pieza bucólica, más que romántica, como el Romance de Astrea y Celedón?
No es una rareza si valoramos la existencia de películas de época como La marquise d'O, La inglesa y el duque o Perceval le gallois. Astrea y Celedón no son, en este entorno, rarezas. Lo cierto es, no obstante, que la realización de cada una de estas obras tiene relación con distintos objetivos, siendo el interés por la adaptación literaria la característica común de ellas. Nada que ver, sin embargo, entre el rodaje en exteriores de Astrea y los experimentos con escenarios miniturizados de Perceval o digitalizados de La inglesa y el duque.

El romance de Astrea y Celedón, obra del siglo XVI ambientada en un supuesto siglo V, está sin embargo próximo a una arcadia rohmeriana en la que los personajes, aun imbuidos de la naturaleza, actúan como los de las Comedias y Proverbios, se aman, se alejan, se buscan y se encuentran. Astrea no está lejos de las románticas Reinette y Mirabelle, de la Delphine que encontraba su felicidad en El rayo verde de la Sabine que buscaba la buena boda o de las maduras protagonistas del Cuento de otoño (Delphine y Sabine con unos años más). Nos movemos pues en territorio Rohmer con la peculiaridad del salto de época. Pero Astrea, como todas las heroínas rohmerianas, enreda la situación, crea una mentira que acaba por creerse y se desespera al saber la verdad para, a continuación, buscar al mismo que ha alejado de su lado.
Hay, además, una reivindicación de la Naturaleza como elemento catártico, como gestor de cambio. Es una Naturaleza con identidad propia que devuelve los protagonistas a su lugar, educándoles, otorgándoles la capacidad de disfrutar de los sentidos y gozar. Se trata de un elemento que ya estaba presente en Ma nuit chez Maud o Le genou de Claire (dónde la salida hacia la Naturaleza determinaba el cambio en las actitudes y los amores), El rayo verde, Las aventuras de Reinette y Mirabelle, El árbol, el alcalde y la mediateca y el Cuento de otoño. Si acaso, por encima de toda su filmografía, la Naturaleza captada por Rohmer en Astrea… es extremadamente sensual (la cámara trabaja con luz natural y se tiende a captar todos los sonidos del bosque). Y, más allá de la captación de la naturaleza en el bosque, la sensualidad se recoge en la contemplación del mismo por Celedón (como si lo descubriera por primera vez) o en la posterior lasitud de Astrea y las transparencias de sus ropajes hasta alcanzar finalmente una alta carga erótica, poco frecuentes en las últimas cintas del director.

De todos modos, la diferencia estética no es tanta como parece y, en realidad, es más el entorno histórico (más bien el pretexto histórico en tanto se trata de la recreación de una recreación) la que define la diferencia con el resto de filmografía. Astrea y Celedón no son antepasados de Delphine o Reinette, sino sus hermanos. Que los árboles (ni el travestismo de Zeledón) no nos oculten el bosque que oculta a Celedón. No ha cambiado Rohmer ni sus personajes, frágiles, inocentes, ingenuos. Tal vez somos nosotros quienes hemos cambiado y somos más reticentes ante una fábula o un cuento moral.