12 Angry Men (Sydney Lumet, 1957)

Por Carlos Zamarriego

En la actualidad, ver durante hora y media a doce personas encerradas en un cuarto obligadas a entenderse no suena nada raro. Al contrario, provoca un interés casi insano. Se llama Gran hermano, y su éxito se sustenta en que funciona como un espejo: devuelve al espectador una imagen más realista de lo que somos. Sin trucos, sin medias tintas, sin pasiones truculentas o historias épicas con las que la ficción suele envolver la naturaleza humana. Aunque a veces el cine puede reflejarnos una imagen aún más nítida de la complejidad del hombre. El director Sidney Lumet lo consiguió en 1957 con la misma fórmula que ahora exporta la telerealidad.

Doce hombres sin piedad (12 ungry men, 1957) es una película insólita. Insólita por su argumento: la deliberación de un jurado compuesto por doce hombres en un caso de homicidio en primer grado. Insólita por la realización: la habitación donde tratan de ponerse de acuerdo es el único escenario. Y es insólita también porque, a pesar de todo ello, la calidad del film es incuestionable.

Se podría hablar de la variedad y riqueza psicológica que el guión dota a los doce hombres del jurado, y que representan los distintos roles que pueden aparecer cuando se establece una discusión: el moderador (Martín Balsam), el introvertido (John Fiedler), el intolerante (Lee J. Cobb), el pragmático (E.G. Marshall), el acomplejado (Jack Klugman), el práctico (Edward Binns), el chistoso (Jack Warden), el meticuloso (Henry Fonda), en anciano sabio (Joseph Sweenney), el cargado de prejuicios (Ed Begley), el ordenado (George Voskovec) y el que no tiene personalidad propia (Robert Webber). También de cómo va desgranando poco a poco los detalles del homicidio en primer grado al mismo tiempo que los va desmontando completamente. Pero seguramente mucho de ese mérito lo tenga Reginald Rose, autor de la obra teatral en la que se basa la película y productor de la misma junto a Henry Fonda, por lo que Lumet ya tenía mucho ganado.

Por eso, lo que realmente hay que destacar del film es lo que Lumet aportó con una grandiosa puesta en escena y una lección de planificación al alcance de muy pocos directores. Lo que Lumet propone al espectador es que participe en la película como un miembro del jurado más, el número trece. Para ello, y a pesar de que durante casi hora y media la historia transcurre en una pequeña habitación, a la que se une un calor sofocante para dar más sensación de claustrofobia, Lumet abre el plano y sólo se acerca a los rostros para destacar un gesto, una mirada, e incluso un pensamiento. Usa los primeros planos no como un recurso para agilizar el ritmo, sino para dar más información. El resto del tiempo demuestra la gran variedad de ángulos de visión que puede tener un espacio tan reducido. Parece incluso cómodo, permitiéndose el lujo de realizar varios planos secuencias formidables, como el que comienza con los créditos y muestra a todo el jurado entrando en la habitación, y continúa con varios diálogos en diferentes puntos de la sala hasta que todo el mundo se sienta. O aquel que muestra un plano medio de Ed Begley vociferando mientras que el zoom amplía la imagen para ver a cada miembro de jurado levantándose y dándole la espalda, hasta que se calla, hundido por el desprecio, y se sienta en una esquina de la habitación.

Lumet rechaza la tentación de realizar la película a modo de obra de teatro, situándose a un lado del eje de acción y dejando transcurrir las escenas. Todo lo contrario: se sitúa en todos los lados y ángulos posibles, dejando bien claro que existe una cuarta pared. Para mayor verosimilitud, prescinde de cualquier otro recurso cinematográfico que no provenga del movimiento y angulación de la cámara. La música es casi inexistente, aparece en un par de ocasiones y los cambios de plano son siempre al corte, excepto un encadenado de la cara del acusado con la habitación del jurado antes de los créditos. Para Lumet es más importante cuidar los detalles, porque sabe que son estos los que conforman una personalidad. Henry Fonda, por ejemplo, que interpreta a un meticuloso arquitecto que pone en duda todo el juicio, se lava compulsivamente las uñas cuando va al lavabo. El frío y pragmático E.G. Marshall no suda nunca. Y el agresivo e  intolerante Lee J. Cobb no deja de gesticular.

Cuando todo parece tan fácil es normal que los actores respondan con grandes actuaciones. Henry Fonda realiza un trabajo soberbio. Lee J. Cobb está espectacular. Jack Warden, como bocazas del grupo, borda de tal manera su papel que llega a irritar. Todos están a la altura de una realización excepcional.

Y de fondo, una inquietante reflexión sobre la justicia y la doble moral de la sociedad. Es ficción, pero existe una duda razonable. La duda de que todo ello no sea, también, real.