La cámara encuadra una larga carretera muy transitada mientas van apareciendo sobre impresionados los títulos de crédito. A lo lejos un hombre camina despacio por el arcén haciendo autostop. El hombre porta una pequeña maleta como único equipaje. Avanza de espaldas hacia cámara. Entra el crédito "produced and directed by George Stevens". En cuanto desaparece, el hombre se detiene y se vuelve a cámara. Vemos por primera vez su rostro. La cámara se acerca aún más a él mostrándonos un magnífico primer plano de Montgomery Clift. Su rostro desprende luz. Esboza una sonrisa, está mirando un cartel publicitario en el que se lee; "Es un Eastman". Un coche de lujo pasa a toda velocidad por la carretera, lo conduce una mujer joven. No se detiene, ni siquiera se percata del hombre que permanece en el arcén, sin embargo éste la sigue con la mirada hasta que el coche desaparece. A continuación un pequeño camión viejo y destartalado para y su conductor se ofrece a llevarlo. Clift duda un momento, algo incómodo, pero al fin se decide y sube. Una vez en el vehículo se siente a gusto. Este es quizás uno de los comienzos más bellos y de mayor significado rodados en la historia del cine.
Stevens era muy hábil con la cámara, muy preciso; condensa en esta secuencia que abre su película Un lugar en el sol, varios elementos que serán importantes durante el transcurso de la narración: la presentación de su protagonista, del que nos da ya información importante y además Stevens nos muestra el contraste entre los dos mundos en los que va a desarrollarse la película; la belleza y el lujo que George Eastman (el personaje de Montgomery Clift) ve pasar fugazmente y la pobreza de la que procede. Stevens fue un director sutil, nunca ordinario en sus propuestas, trabaja la cámara con gran meticulosidad y es profundamente americano. Cuando rueda Un lugar en el sol lleva una larga y heterogénea carrera a sus espaldas. Había dirigido musicales, westerns, comedias, desde sus comienzos en los años treinta. En la década de los cincuenta rueda sus mejores películas; el western Raíces profundas (Shane, 1953), la saga familiar Gigante (Giant, 1956) y entre todas, Un lugar en el sol (A place in the sun) en 1951. Es uno de los directores clásicos de Hollywood.
La película podría haber pasado desapercibida entre el enorme número de melodramas que se hacían en la época, pero gracias al cuidado que Stevens pone en la dirección de actores [1] y en los detalles de la puesta en escena, la acertada elección de sus dos actores protagonistas, Montgomery Clift y Elizabeth Taylor, que se encontraban en el mejor momento de sus carreras y, sobre todo, el cuidado en el montaje, mediante el cual el montador William Hornbeck [2] consigue unas interesantísimas transiciones entre las secuencias, hace que Un lugar en el sol sea una de las más destacadas películas de la década.
Stevens pone gran cuidado en los detalles de actuación de sus actores, el movimiento de éstos dentro del cuadro, sus miradas e incluso su "forma de estar". Montgomery Clift compone uno de sus mejores personajes (Eastman), potenciando su particular forma de moverse, dando la impresión de encontrarse siempre algo incómodo, retraído, fuera de lugar, sobre todo al encontrarse en el ambiente lujoso de la mansión de sus parientes Eastman. El personaje de Montgomery Clift es un solitario que ambiciona una vida mejor pero que arruina su vida por caer en la lujuria, la relación con Alice (Shelley Winters) le lleva a un callejón sin salida y ésta se convertirá en el único obstáculo para conseguir lo que desea realmente, a Ángela (Elizabeth Taylor) y la posibilidad de abrirse camino y prosperar.
La película rota entre dos polos, dos mundos contrapuestos, representados por dos mujeres diferentes. Por un lado George conecta de inmediato con el personaje de Shelley Winters (Alice Tripp) a la que le une el mundo del que el propio Eastman procede y que conoce muy bien, comparten la pobreza, el trabajo, la falta de ilusiones. Sus encuentros se producen de noche, son casi clandestinos e incluso de cierta frialdad, son, en fin, dos solitarios. Por el otro, el personaje de Elizabeth Taylor (Ángela Vickers) es brillante, representa el lujo, la belleza, esa vida sin preocupaciones que George Eastman ambiciona. Alice representa el mundo real, Ángela el mundo de los sueños. Alice y George siempre están solos, algo perdidos, mantienen una relación que les incomoda. Los encuentros de George y Ángela son más cálidos, rodeados de la familia y las amistades. El mundo de Alice es oscuro, frío y solitario, en el que se respira cierto hastío. El de Ángela es brillante, soleado, seguro, lleno de energía, de vida. Lo cierto es que Montgomery Clift y Elizabeth Taylor tienen algunas de las escenas románticas más bellas que se han filmado. En los años cincuenta ambos estaban en su momento de esplendor y tienen un gran magnetismo entre ellos y con la cámara. Stevens rueda las escenas románticas a base de unos bellísimos primeros planos, muy cerrados sobre sus rostros, con lo que consigue hacer partícipe al espectador de esos momentos de intimidad. Un recurso que también utilizaba Hitchcock para conseguir el mismo resultado.
Ella viste en su primer encuentro con George en la fiesta en la gran casa de los Eastman, un maravilloso vestido blanco diseñado por la excepcional Edith Head [3], que la volverá a vestir unos años después con un modelo parecido de idéntico color en La senda de los elefantes (Elephant walk, William Dieterle,1954).
Las secuencias que transcurren en el Lago de los pájaros son de gran belleza. Los encuentros de George y Ángela son apacibles y en el lago se respira quietud. Stevens nos muestra el lago de día, en calma, como el mundo seguro y bello de Ángela. Sin embargo cuando George regresa con Alice al lago, en el que se desarrolla la mejor secuencia de la película, lo hace al atardecer, el lago tiene otro aspecto, la naturaleza parece más amenazante. Para crear esta impresión, Stevens encuadra en primer plano árboles y naturaleza intrincada que hacen que el paisaje parezca violento y amenazador. El lago parece algo fantasmagórico e irreal y hay una tensión sostenida entre los dos actores que desencadena el accidente de la barca. Ya en anteriores secuencias nos había mostrado en la habitación de George una reproducción del cuadro de Ofelia de Millais, recurso con el que pone en antecedente o en situación de manera subconsciente al espectador sobre lo que ocurrirá en la secuencia posterior. El lago será el escenario apropiado para la resolución que ha tomado el personaje de Clift; deshacerse de Alice, a la que ha dejado embarazada, para poder a salir de ese callejón sin salida y casarse con Ángela.
Quizás lo más interesante y lo que le da un especial valor a la película es el trabajo en el montaje. La película tiene un cuidadísimo montaje de William Hornbeck, uno de los montadores de mayor experiencia en Hollywood, Un lugar en el sol supondrá uno de sus últimos trabajos. Las transiciones de tiempo a base de fundidos encadenados no son utilizados únicamente como un recurso de transición entre las secuencias sino que ayudan a explicar la narración, funcionan en algunos casos como elipsis y otras determinadas imágenes se plantean como antecedente para lo que ocurrirá en las secuencias posteriores. Los fundidos son algo más largos de lo habitual, a veces encadenan varias imágenes formando casi una pequeña secuencia en sí mismas.
El segundo encuentro entre Alice y George contiene una de las mejores transiciones, quizás la más interesante de la película. La pareja llega a casa de Alice. Está lloviendo. La cámara nos coloca dentro de la habitación de ella cuya ventana se encuentra a pié de calle. Suena música en una pequeña radio colocada en el alféizar de la ventana. En el interior todo está oscuro, sólo vemos la pequeña luz que desprende la radio encendida. Él entra y ella le sigue. Bailan en la oscuridad. La cámara los deja cuando comienzan a besarse con un suave movimiento hacia la ventana. Fundido encadenado. Amanece, la radio sigue encendida pero ha acabado la emisión, se han olvidado de apagarla. La lluvia ha amainado y canta a lo lejos un gallo. Vemos a George salir de casa de Alice.
La secuencia en el lago está construida a base de varios fundidos encadenados gracias a los que la secuencia toma otra dimensión tanto en el tiempo como en el espacio. El paseo en barca es de una extraña belleza y gracias al magnífico trabajo de los actores, está cargada de una fuerte tensión entre ambos personajes.
La película está dirigida y motada con una gran delicadeza. Es una tragedia contenida en sus emociones pero desoladora y profundamente romántica. Delicada en su forma, brutal y crítica en su fondo. Narra una de las historias de amor más conmovedoras que se han rodado para el cine.
En Un lugar en el sol, aunque después de verla recordemos algunas de sus frases o la suave melodía del tema de amor de George y Ángela, compuesta por Franz Waxman, probablemente lo que nunca olvide el espectador es, con seguridad, alguna de sus imágenes. Un lugar en el sol es una película de gran belleza visual. Esta "tragedia apacible" es de las pocas películas que han conseguido la rara cualidad de desprender luz. La luz del vestido blanco de Elizabeth Taylor, la luz del sol reflejado en la superficie del Lago de los pájaros y, sobre todo, el extraño y mágico magnetismo de sus dos actores protagonistas que parecen suspendidos en el tiempo, ahogados en su singular y desoladora historia.
[1] George Stevens provenía de una familia de actores, quizás esto le dio una mayor sensibilidad en su trabajo con los actores con los que trabajó a lo largo de su carrera. Gana el Oscar al mejor director por Un lugar en el sol en 1951. En 1956 vuelve a ganar el Oscar a la mejor dirección por Gigante.
[2] William Hornbeck (1901-1983 California, EEUU). Montador de larga trayectoria en Hollywood en películas tan populares como: ¡Qué bello es vivir! (It´s a wownderful life, Capra, 1946), La heredera (The heiress, Wyler, 1949), La condesa descalza (The barefoot contessa, Mankiewicz, 1954). Realiza para Stevens después de Un lugar en el sol, el montaje de Raíces Profundas y Gigante.
[3] Edith Head (1897-1981 California, EEUU). Fue la gran dama del diseño de vestuario de Hollywood. Cuenta con más de mil películas en su filmografía, 34 nominaciones al Oscar y 8 premios de la Academia. Jefe de departamento de diseño de la Paramount y la Universal. Entre su extensa filmografía destacamos algunos títulos de la década de los cincuenta: Eva al desnudo (All about Eve, Mankiewicz, 1950), El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, Wilder, 1950), Vacaciones en Roma (Roman Holiday, Wyler, 1953), Vértigo (Hitchcock, 1958).