Ascenseur pour l'échafaud (Louis Malle, 1958)

Por Arantxa Bolaños de Miguel

La pasión en Louis Malle

El primer largometraje en solitario de Louis Malle [1] cuenta una historia que se repetirá a lo largo de su dispar, aunque homogénea en temática, carrera cinematográfica: una historia de amor pasional. Pero no sólo abarca esta cuestión, sino también varios de los temas que le preocuparán al director francés a lo largo de su obra: la Guerra de Independencia de Argelia (1955-1959) y  la Guerra de Indochina (1946- 1954). Le atormentó sobretodo la ocupación alemana en Francia, durante la IIGM, ya que la contienda irrumpió la infancia de este burgués, el cual renegó de su clase porque no quería favoritismos ni ventajas a la hora de desarrollar su vocación prematura, el cine.

Esta obra nace a la par que el inicio profesional de otros compatriotas suyos: Claude Chabrol con El bello Sergio (1957), Jean Luc Godard con Al final de la escapada (1959),  François Truffaut con Los cuatrocientos golpes (1959)… Estos discípulos de André Bazin, se concentraban en la Filmoteca Francesa y revoloteaban alrededor de la revista cínica y crítica por antonomasia llamada Cahier du cinema [2] y, sin más unión que la ruptura con el cine paterno, formarían a pesar de ello la llamada Nouvelle Vague.  Pues bien, este filme que nos ocupa, deudor del cine negro americano, del cine de Robert Bresson [3] y de las cintas de Jean Pierre Melville, mezcla con absoluta precisión el cine policiaco con el romántico y con una valiente crítica de la sociedad francesa de los años 50. Aunque el movimiento no se caracterizó por su reivindicación social (como si fue el Free Cinema inglés) si hubo unos cuantos directores que, aún proviniendo de la clase acomodada, intentaron criticar los defectos propios de su estrato social. Claude Chabrol, por ejemplo, es famoso por sus películas en las que tilda sin remordimientos a la burguesía y sus vicios, y Louis Malle también realiza en Fuego Fatuo (1963) una sátira voraz hacia el nihilismo y la desidia del burgués que planea suicidarse por no encontrar alicientes en la vida. Más tarde, Marco Ferreri en Italia mostraría esta apatía con su La gran Bouffe (1973). También el combatiente Jean Luc Godard en los comienzos reivindicaba un cine experimental frente al academicismo imperante, para después de mayo del 68 declararse maoísta y constituir un cine militante de temática obrera.  La política no es el fondo principal, ni de esta película, ni de la filmografía de Louis Malle, a pesar de ser educado en el cine documental de izquierdas [4]: si bien en todas hace referencia, a través de sus personajes, de su preocupación por los conflictos y la ocupación.

 Así, comienza la historia con un primer plano de Jeanne Moreau —después de esta película se convirtió en musa del director y trabajó  también en Fuego fatuo (1963) y Los Amantes (1958) [5]—, siempre conducida por una música improvisada por Miles Davis, que inunda de romanticismo y tensión dramática los planos en los que aparece, componiendo la que sin duda es una de las mejores bandas sonoras de la historia del cine (no debemos olvidar que está compuesta a la vez que el trompetista iba viendo las imágenes e inspirándose por la presencia de la confundida Jeanne Moreau). 

La historia principal sobre la que se superponen las adyacentes es la planificación y asesinato del marido de Jeanne Moreau (Florence Carala) por parte del amante de ésta (interpretado por Maurice Ronet, que unos años más tarde daría vida al suicida de Fuego Fatuo) y colaborador del marido  (Julien Tavernier). Pero lo que en un principio no iba a  acarrear mayor problema, se va enredando más y más la historia a raíz de quedarse atrapado el amante en el ascensor, después de asesinar al marido de su amada. Es una relación de pasión mutua: tema que encandila al director, su preferido, reflejado en casi todas sus cintas con mayor o menor intensidad —Los Amantes, Herida (1992), Atlantic City (1980)— y que fue compartido con su otra turbación,  la Ocupación —Adiós muchachos (1987), Lacombe Lucien (1974)— producto del drama que sufrió en su infancia a la hora de contemplar como un amigo suyo judío era llevado prisionero y separado del colegio única y exclusivamente por su condición religiosa.

Es importante destacar la crítica hacia los conflictos bélicos en la persona del amante que, a raíz de participar en la IIGM, ha desarrollado una estrategia fría y calculadora y no le importa matar. Esta relación de parentesco entre matar en combate y después, está expresada con mucha sutileza por el realizador. La historia subsidiaria a ésta parte de unos adolescentes inconscientes que van a enredar aún más la historia al robar el coche del amante y suplantarle a él. El chaval es una persona inconsciente y vulnerable con problemas de identidad que  ha cometido varios delitos (si bien refleja también el pensamiento del director al postular por su boca todas las preocupaciones políticas que he comentado antes) A diferencia del amante, que mata sin piedad, este chaval, comete un homicidio involuntario, pero la justicia no deparará consecuencias graduales entre ellos….

El tono noir de Ascensor para el cadalso [6] se transmite a través de la fotografía espléndida en blanco y negro y de la música impagable de Miles Davies que acompaña a Florence a través de la ciudad. La mirada siempre triste de Jeanne Moreau hipnotiza al espectador, al igual que su personaje, misterioso y distante (en toda la filmografía de Jeanne Moreau ha interpretado una y otra vez este papel de mujer impasible y difícil). Pese a aparentar desapego, no estamos ante una mujer fatal —a diferencia de las mujeres despiadadas de Perdición (Billy Wilder, 1944) y El cartero siempre llama dos veces (Tay Garnet, 1946)—, sino ante una enamorada que sólo quiere vivir con su amado, revelado este sentimiento a través de la voz en off, único elemento fílmico que parece sobrar por reiteración de lo ya expresado en imágenes.

Así, entre el primer plano antes comentado de la hasta entonces poco conocida Jeanne Moreau, y la escena lírica final, transcurre un sinfín de aventuras  por parte del amante, y de los jóvenes irreflexivos, y una lucha interior y angustia por parte de Florence que ve como imposible el encuentro con su amado. A lo largo de una noche en la que se suceden todas estas historias paralelas  pero que se relacionan entre sí, vemos como se entremezclan diálogos románticos, con escenas dramáticas, de tensión y diálogos intelectuales (en los que inserta el cineasta todas sus disquisiciones intelectuales: desde las referencias a Racine, como muestra de su sólida cultura literaria, hasta las conflagraciones y el problema moral del culpable y su castigo…)

Toda la cinta está llena de metáforas críticas hacia las facetas de la sociedad y política francesa que rechazaba el realizador, y vemos reflejadas dos historias paralelas de pasión (entre dos adultos y dos jóvenes desubicados). No es casualidad tampoco que sea un francés el que mate (involuntariamente) a un alemán (como venganza fílmica de la ocupación nazi que tanto traumatizó al director). De hecho, es normal que al realizar los innumerables viajes para la realización de los documentales con Jacques Yves Cousteau  y sus propios viajes a Argelia y la India, reflejados en sus memorias atípicas que son "Louis Malle por Louis Malle" (32 Semana de Cine de Valladolid, 1987), le hicieran tener un espíritu cosmopolita y tolerante con todas las culturas y criticara la idea de superioridad que esconde toda civilización que coloniza y explota a otra. Para terminar, es destacable también la labor del personaje interpretado por Lino Ventura en el inspector Cherter que (sin descubrir a los que no han tenido la oportunidad de ver este filme) conduce unos diálogos imprescindibles, y dispone uno de los finales más poéticos y tristes, a la par que románticos, que jamás se pueda percibir.

[1] «Siempre me han fascinado los desajustes, los hiatos psicológicos. En mis películas se ve con frecuencia a un determinado personaje que, en una situación concreta, adopta una actitud inexplicable o toma una decisión que no debiera tomar» en palabras del propio Louis Malle. (p. 21 de Nouvelle Vague: una revolución tranquila. Vicente Ponce ed. Ciclo de Cine. Colección Cuadernos del MUVIM, 2006).

[2] Aprovecho para ensalzar una publicación que tiene dos meses de vida, que nace a la sombra de su homóloga francesa, con un espíritu no tan arrollador, pero si con mucha ilusión, trabajo y grandes pensadores del cine: Carlos F. Heredero, Santos Zunzunegui, Àngel Quintana, Carlos Losilla… nuestra Cahiers du cinema.

[3] No en vano trabajó con él en Un condenado a muerte se ha escapado (Robert Bresson, 1956).

[4] Comenzó su andadura cinematográfica como tal en 1955 como ayudante en el documental El mundo del silencio (Jacques-Yves Cousteau, 1955), trabajo por el que recibió la Palma de Oro en el Festival Internacional de Cine de Cannes.

[5] Un escandaloso filme con unas escenas de amor realmente eróticas para la época (y para ahora), pues sin mostrar nada, crea una atmósfera sensual entre la enigmática y aburrida Jeanne Moreau y su acompañante.

[6] Sombría y romántica adaptación de la novela policíaca homónima de Nöel  Calef, escrita por el director  y Roger Nimier, con partitura musical de Miles Davis y sin duda de espíritu más próximo al cine negro de Fritz Lang americano o a Jean Pierre Melville que, por ejemplo, a la radicalidad formal godardiana. (Jose Luis Castro de Paz Las audacias del tímido o la fascinación por el desajuste en Nouvelle Vague: una revolución tranquila. Vicente Ponce ed. Ciclo de Cine. Colección Cuadernos del MUVIM 2006 p23)