La Historia del Cine está repleta de obras maestras. Un concepto siempre sometido a subjetividades que, sin embargo, en el caso del Séptimo Arte adquiere unas dimensiones absolutamente desconcertantes, sobretodo si se tienen en cuenta sus (escuetos) ciento doce años de existencia. Pero, muy a pesar de ello, en nuestra mente existe un grupo muy reducido de películas que podamos considerar “nuestras”. Son aquellas piezas que marcan un antes y un después en la singladura cinéfila e, incluso, en nuestros propios posicionamientos vitales o emocionales. Un conjunto de cinco o seis películas que determinan el carácter y la personalidad y que, en más de una ocasión, nos han ayudado a crecer como seres humanos. En mi caso personal, Drácula es una de ellas.
Ví por primera vez ésta obra magna de Terence Fisher en un pase televisivo allá por octubre del año 1991, sobre la una de la madrugada. Trece años de vida y cinefilia me contemplaban. Su visionado ha sido (y lo digo sin tapujos) una de las experiencias más importantes y trascendentales que recuerdo. El porqué es muy sencillo y, a la par, complejo de explicar. Ésta dicotomía se debe a que, gracias a éste film, descubrí las emociones básicas en las que se sustenta cualquier tipo de obra artística. Emociones que van directas a los sentidos, sin pasar por ningún tipo de filtro racional. La secuencia en que Van Helsing (extraordinario, soberbio Peter Cushing) llega a la bodega donde descubre el ataúd de Drácula (no menos memorable Christopher Lee), quita la madera que lo cubre en el exacto momento en que, por la puerta del fondo, aparece el vampiro en un visto y no visto, produce un temor esencialmente atávico. Una indescriptible sensación de horror que sólo volví a experimentar, años después, al visionar The Innocents (1961) de Jack Clayton. La emoción que suscita, en una encomiable fusión de ritmo y excitación, nos llega directamente del poso masoquista que sustenta Van Helsing durante toda la película, nos convertimos en parte activa de la función, nos integramos en ella desde la sobria fortaleza de un plano general y la calculada coreografía de dos grandes actores en estado de gracia.
De la misma manera en que nos convertimos en un elemento trascedental de la película, la película se integra en lo más profundo de nuestro ser, gracias a la absolutamente novedosa experiencia compartida. Fisher, sin ningún género de dudas, tendría bien claro en su prodigiosa mente los diferentes estados de ánimo que circularían por el espectador en su visionado. El film oscila, como un péndulo, entre la inquietante tranquilidad y el estallido del terror. Jamás hace una mínima concesión en este sentido y el clima de amenaza es, de todo punto, constante. El horror, por consiguiente, proviene estrictamente de nuestra psicología, de estar esperando a que dicho horror se materialice. Es éste, de hecho, el mismo juego que Terence Fisher realiza con sus personajes. Drácula se puede entender como una historia maniquea en la que las fuerzas del Bien se enfrentan con las del Mal, o como una representación escalofriante de fagocitación de voluntades. Van Helsing no sólo logra convencer a todos cuantos le rodean de la existencia de éstos seres, sino incluso de la imperiosa necesidad de su destrucción. Es, en definitiva, como ya se ha esbozado, el mismo juego al que Terence Fisher realiza con el espectador, arrastrándolo a una psicosis idéntica a la de los personajes que circulan por la que película y cuya conclusión, muy a pesar de su apariencia de felicidad, esconde un fondo de negrura difícilmente asimilable. Sentimos, al aparecer sobreimpresionados los créditos finales, que la pesadilla aún no ha terminado. No por la amenaza del monstruo (ya destruído) sino por la soledad de Van Helsing, la vuelta a la “normalidad” de un matrimonio burgués y por un cierto clima enrarecido que Fisher transmite con alucinante sabiduría. Ésta sensación se basa en tres aspectos trascendentales: la fragilidad del núcleo familiar anclado en la rutina, simbolizado en el personaje de Mina quien a la primera oportunidad se ofrece a Drácula e, incluso, lo aloja en su casa (espléndida metáfora sobre la perversión que anida en la aparente felicidad); la subjetivización del relato, ya apuntada en el primer minuto por la aparición del diario de Harker y corroborada por el punto de vista de Van Helsing a lo largo del film; y, por último, la identificación de éste con el vampiro merced al drástico corte de montaje en el que de un plano medio del doctor pasamos a otro, de idénticas características, del monstruo. A todo ello cabría destacar un hecho, de todo punto turbador, que ya se plantea en el excepcional guión de Jimmy Sangster [1]: la presencia de los vampiros siempre es mostrada mediante la presencia de los protagonistas, de tal manera que nunca somos conscientes de lo que traman, de dónde está su ubicación o, incluso, de su misma existencia. A éste particular podríamos citar un momento que, habitualmente, se toma como un “fallo” literario en el film: la hija de Gerda dice haber visto a Lucy, fallecida días antes, lo que provoca la ida de su hermano, Arthur, al cementerio esa misma noche. Van Helsing lo salva de ser vampirizado por ella y le dice, cito de memoria, “he estado vigilando su tumba todas las noches. Hoy se ha atrevido a salir por primera vez”. Dista mucho de ser un error algo que rompe, deliberadamente, la lógica de lo que estamos visionando. Por el contrario, es un elemento más (junto a la ausencia de sonido en las pisadas de Drácula o la total eliminación de diálogos del vampiro a partir del segundo encuentro con Harker) que acentúa el cariz subjetivo, psicológico de la obra, encaminándolo hacia unos niveles de perfeccionamiento inimaginables en el devenir cinematográfico.
Para acabar, concluiré éste artículo (el más personal que un servidor ha redactado en los seis años que llevo escribiendo sobre cine) mencionando otro visionado de la película. En éste caso fue en la Filmoteca de Valencia en el año 2004. Con la sala abarrotada, se proyectaban las impresionantes imágenes del film siendo, incomprensiblemente, recibidas con risas por el público, sobretodo en los momentos en que los efectos especiales tomaban protagonismo. Público compuesto en su gran mayoría, dicho sea de paso, por niñatos “culturillas” de poco más de veinte años. En el fondo, para el que suscribe, ésto fue una ratificación del valor de la obra de Fisher. El hecho de que el lamentable auditorio en el que me ví mezclado únicamente atisbara los rasgos superficiales (y no todos) de la película, dejando escapar su esencia, la contundencia temática que esconde en su interior y su deslumbrante complejidad que invita a ver el film, una y otra vez, y siempre descubrir detalles y sensaciones hasta el momento inexploradas, me hizo comprobar que los más insondables secretos del Drácula de Terence Fisher sólo están al alcance de unos pocos privilegiados. Si alguno de vosotros profesa la misma admiración que yo por ésta obra maestra absoluta, sabrá a qué me estoy refiriendo.
[1] Un verdadero modelo de adaptación literaria que debería ser analizado en las escuelas como ejemplo paradigmático de cómo adaptar y personalizar una novela. Sobretodo una de la extensión y complejidad de la de Bram Stoker. Es cierto que las licencias que el guionista se toma son constantes y que pocos de los hechos narrados en el libro se mantienen en el guión. No obstante, la esencia del relato permanece intacta, así como el punto de vista subjetivo (la novela está narrada mediante los diarios personales de sus protagonistas), el ritmo interno de la obra y, sobretodo, su clima pesadillesco. En términos generales, el Drácula de Terence Fisher es mucho más fiel a su modelo literario que la mamarrachada perpetrada por Coppola en el 92.