Cada vez estoy más convencido de que la idea que sustenta la célebre frase «No se puede vivir sin Rossellini» —pronunciada por un personaje de la película Antes de la revolución (Prima della rivoluzione, 1964. Bernardo Bertolucci)— resulta más deseable (por necesaria) que nunca en la época en que nos encontramos. Aún recuerdo las palabras que pude escuchar de la boca de Antonio Buero Vallejo en una entrevista televisiva emitida en 2000 con motivo de su fallecimiento: El mundo actual es el más mezquino, malvado y cruel que haya habido jamás. Aunque no estoy del todo seguro de ello (la Historia humana está repleta de épocas marcadas por la irracionalidad y la barbarie), en lo que sí estoy de acuerdo es en que en la época actual se produce, más que nunca, una terrible escisión en la sociedad Occidental entre la apariencia de orden civilizado y respetuoso de las organizaciones sociales y el salvajismo y la brutalidad en el comportamiento humano respecto a sus semejantes que se esconde bajo dichas apariencias. Vivimos, en efecto, en un mundo perverso en el que todo intento de construir unos esquemas morales racionales que sirvan de guía en nuestro comportamiento y actitud ante los sucesos que nos rodean se ve amenazado por el peligro de resultar destruido por una sociedad en la que comportarse de un modo sincero, apasionado, desinteresado o noble resulta sumamente peligroso, y en la que, para poder progresar –o tan sólo para sobrevivir- es necesario renunciar a desarrollar la propia personalidad como ser pensante, o incluso a la propia dignidad como ser humano.
En uno de sus viajes a Estados Unidos, cuenta Roberto Rossellini que un día vio un cartel en el que podía leerse una frase que le impactó: “A brain is a terrible thing to waste” (“Desperdiciar un cerebro es algo terrible”). Efectivamente, al siempre lúcido director de Roma, ciudad abierta (Roma, città aperta, 1945) le preocupaba el declive de la intelectualidad en la sociedad que surge tras la Segunda Guerra Mundial, la falta de conocimientos de las nuevas generaciones, así como se mostraba muy crítico con las nuevas formas de vida basadas en el materialismo más irracional y destructivo, ajenas a toda espiritualidad. Tal vez por ello decide acercarse a la figura de Francesco d’Assisi en esta película de 1950, una de las favoritas del propio director y uno de sus trabajos menos valorados y reconocidos (salvo excepciones entre las que me veo obligado a mencionar a Miguel Marías, una de las personas que lleva más tiempo defendiendo activamente a Rossellini y particularmente a esta película). Y esto es así porque estamos ante una obra que muestra las andanzas de una orden de hombres religiosos que, comandados por Francesco, llevan una vida despojada, ajena a las ambiciones posesivas y de dominación. Es sabido que Rossellini decide, a partir de los años 60, ir abandonando el cine con objeto de incorporarse a la televisión (para la que, junto a personalidades como Jean Renoir, soñaba un futuro halagüeño como instrumento divulgativo —¡sigh!—), para la que decide realizar una serie de producciones de carácter didáctico con las que pretende, no formular un mero entretenimiento evasivo, sino instruir a la audiencia sobre diferentes momentos de la Historia que a él le resultaban particularmente interesantes desde un punto de vista práctico, como ejemplos a seguir de cara a conseguir algún cambio en el fuero interno del espectador. No es descabellado, pues, considerar Francesco como una temprana aportación de Rossellini a su “etapa didáctica”.
La película está constituida por una serie de episodios de duración variable protagonizados por los frailes, especialmente por el propio Francesco y Ginapro, y goza de una construcción modular (aparentemente sencilla pero bastante compleja, hasta el punto de que resulta difícil recordar el orden de los acontecimientos con posterioridad al visionado del film) que, personalmente, creo comparable a la de algunas de las mejores películas de Kenji Mizoguchi. Con todo, no se trata de una película moralizante, ni mucho menos un vehículo de propaganda de la maquinaria eclesiástica. Rossellini consigue esquivar cualquier atisbo de servidumbre cristiana para ofrecer un material de carácter humanista y loable intención pragmática. Cada uno de los sketches del film, un pequeño cuento en sí mismo, no llega a alcanzar el status de parábola bíblica, ya que no parece poder extraerse de los mismos ninguna lección moral determinada sobre cuestiones concretas (lo que acerca a este film mucho más a las aportaciones “religiosas” del cine de Luis Buñuel de lo que en principio podría esperarse de dos cineastas que no parecen tener grandes cosas en común). Antes bien, es la propia sucesión de escenas la que permite, paso a paso, extraer conclusiones que tienen que ver, más que nada y como ya se ha comentado, con llevar un modo de vida alejado de las apetencias corpóreas y de posesión material. La película aspira, pues, a servir como ejemplo ante el presente que se abre en el horizonte humano a mediados del siglo XX, pero no de un modo directo, es decir, sin aleccionar a nadie, sin formular plomizas teorías ortodoxas, sino más bien por inducción, tal vez buscando ser un referente imitativo más que, desde luego, un tratado ético.
En su película Honor de cavalleria (2006), el director Albert Serra adapta algunos episodios del Quijote haciendo uso de elementos mínimos: El film se construye básicamente con dos actores y el paisaje agreste por el que deambulan. Gran parte de la frescura que posee el magnífico trabajo de Serra se debe, en gran medida, al hecho de mostrarnos un mundo ajeno a las contaminaciones varias (incluida, por supuesto, la contaminación audiovisual) que el “progreso” humano ha traído consigo. En Francesco, Rossellini acude asimismo a las figuras humanas y su interacción con un paisaje de antaño como parte de un proceso de limpieza de ojos en el espectador, y realiza su película con aquellos elementos que han rodeado al ser humano durante siglos, reconstruyendo así vínculos con su entorno que hoy en día se han perdido y pueden resultar incluso extraños. El resultado es una obra ligera a la vez que profunda, en la que no tienen cabida las “imágenes bonitas”, las concesiones a “lo bello por lo bello”, las tentaciones esteticistas, en suma. Los incipientes años cincuenta ya no eran, para Rossellini, tiempos para recrearse ingenuamente (o lo que es lo mismo, inconscientemente) en las aparentes bondades del mundo existente o anunciadas para el futuro próximo, sino más bien para empezar a pensar en la manera de salvar el pensamiento humano de su completa disolución y actuar antes de dejar que las cosas lleguen a un punto de no-retorno. Sobre si lo consiguió o no podrá sin duda el lector de este artículo (si es que alguno ha llegado hasta aquí, algo que el autor agradece profundamente) formarse su propia opinión con un simple vistazo a la televisión, la prensa o las personas que le rodean.