Fellini. Fellini. Fellini. ¿Quién no ha oído hablar de este hombre? Lo fue todo en su vida. El cineasta más grande de su época, el personaje más perseguido por los focos, el más respetado por crítica y público. Amó a su profesión tanto como a su mujer. Y además dispuso de grandes presupuestos para hacer lo que quería. Fue, lo que hoy diríamos, un artista libre. Aunque esta libertad —que generó obras tan extraordinarias como Y la nave va o Amarcord— no siempre fue beneficiosa para el espectador. Pues la segunda etapa cinematográfica del director italiano, la que le convirtió en una estrella de masas, acabó resultando menos fértil que la primera. Fellini, personaje esencial dentro del neorrealismo, pareció ir olvidándose de sus principios y acabó cometiendo excesos como Satyricon o Roma. No perdió el talento, pero sí la senzillez de sus primeros trabajos. Ésos que, inmunes al paso del tiempo, siguen vigentes para el cinéfilo de hoy. Un cinéfilo que no conoció la faceta pública del maestro y que sólo puede valorarlo por lo que dejó: sus películas.
Entre ellas ocuparía un lugar de honor Las noches de Cabiria (Le Notti di Cabiria), excelente cierre para la primera etapa felliniana. Un trabajo que resume todo lo que el director italiano dio al cine. Magia, pureza, dignidad, emoción, realismo. Y que sobretodo demuestra que una visión muy personal de la vida —como la que mostró Fellini en toda su filmografía— no tiene porque estar enemistada con una buena historia que, además, retrate la desoladora situación de una época. En 1957, Italia seguía estando jodida. Pero ésa no era razón suficiente para que Fellini limitase el uso de su imaginación. Por mucho que molestase a algunos [1], la visión subjetiva del italiano —con personajes tan memorables como peculiares en cada uno de sus trabajos— fue tan o más válida que la de sus compañeros de generación. Y hoy, sus primeras obras, siguen siendo un fiel reflejo de un país miserable, destrozado por la guerra y sin apenas esperanzas.
La mezquindad y la pobreza, sin embargo, no parecen afectar a la protagonista de Las noches de Cabiria. Una prostituta pizpireta y sin glamour que, bajo su carácter rudo, esconde una inocencia casi infantil. Una inocencia de la que todos se aprovechan, pero con la que la consige seguir adelante en una Roma devastada por la miseria. Cabiria es la Amélie del neorrealismo. Una soñadora incomprendida por su entorno que, pese a las adversidades, sigue confiando en la aparición del amor. El premio parecerá llegarle en el último tramo del filme. Tras el sufrimiento, el milagro. Pero el apuesto caballero que le propondrá matrimonio resultará ser el enésimo farsante. No hay Dios que proteja a Cabiria. Y es que en la Italia de posguerra, bien lo sabían De Sica y Rossellini, no hay lugar para un final feliz paseando en bici por Montmartre.
Aunque soñar, tal como se ve en la maravillosa última escena, sea lo último que le quede a Cabiria. Una aventurera con un rostro —el de una encantadora Giuletta Massina—, que como el de su homóloga francesa, centrará toda la atención del filme. Con su mirada y de su mano, Fellini recorrerá los bajos fondos de Roma. Y no encontrará nada que huela bien. Ni la vida en las cuevas, ni el espérpentico fervor religioso, ni los espectáculos de magia que el italiano tanto amaba. Será un viaje hacia los infiernos por etapas. Un trayecto en el que la visión inocente de Cabiria —emblema de todas las prostitutas a las que Fellini tanto admiraba— no esconderá el estado de un país aún por reconstruir tras la II Guerra Mundial. Y es que puede que La Dolce Vita estuviese a punto de llegar —una memorable escena en casa de un actor ya parece indicarlo— pero iba a dejar atrás a los de siempre. Los pobres, los olvidados. Ésos que hoy aún viven en los suburbios de nuestras ciudades. Y a los que Fellini homenajeó con personajes como el de Cabiria o la Gelsomina de La Strada. Pensemos en ellos, al menos una vez. Aunque sea escuchando la melacólica música de Nino Rota que todo lo relativiza, todo lo transforma. Incluso el rostro de una Cabiria destrozada en un inolvidable paseo final.
[1] Tras el estreno de La Strada (1954), Federico Fellini ironizó sobre el mal recibimiento de sus trabajos por parte de la prensa italiana. «En Italia me han criticado por culpa de los excepcionales rasgos de mis personajes. Me parece ridículo. Podría haber utilizado a trabajadores y decir exactamente las mismas cosas. Pero cada uno de nosotros es excepcional. Tú eres Zampano, yo soy Zampano...pero los sentimientos son universales». El director italiano, que hizo estas declaraciones en una entrevista con Yves L'Her publicada en 1955 en Telecine, bromea con uno de los personajes que aparecen en La Strada. Y viene a decir que, para describir una realidad, no es necesario utilizar actores no profesionales o mostrar personajes corrientes sin rasgos muy característicos.