La llegada del extraño personaje sorprende en la fiesta; vestido con elegancia, con una máscara que le cubre el rostro, el desconocido, semejante a una figura de cera, baila enérgicamente hasta caer desfallecido. Cuando le quitan la máscara, los invitados descubren el rostro de un anciano. Poco después, lo acompañan a coger un carruaje para que regrese a casa. Ophüls acerca la cámara a la rígida máscara que sujeta el anciano en el interior del vehículo; el brusco partir del carruaje crea un desgarro temporal en ese objeto que ha pretendido detener el paso del tiempo.
En el segundo episodio de Le plaisir, un grupo de prostitutas trabaja de noche en la mansión Tellier, local con las ventanas cerradas a fin de que “los pecados de la carne” queden ocultos. Un día, deciden acudir a la comunión de una niña en un pueblo vecino, provocando con su ausencia el desasosiego de los burgueses, clientes habituales, y de los marineros, clientes ocasionales. En su viaje, estas “flores de interior” entran en contacto con el sol y el campo, y sus “colores brillantes” son admirados por el pueblo. En la iglesia, las muchachas, acostumbradas a ocultarse, asisten a la exhibición del ser íntimo, de la espiritualidad: se trata de una estructura invertida según la cual en la burguesía el interior es exterior y viceversa. Esta exposición a la luz tiene unos maravillosos efectos de irisación y metamorfosis, es una experiencia de revelación. He ahí la conmovida unión del cine con su teoría. ¿Qué es el cine sino el tiempo que pasa y a la vez el tiempo que nos traspasa?
© Gonlazo de Lucas y Paidós. Publicado originalmente en "Vida secreta de las sombras. Imágenes del fantástico en el cine francés", pp. 223-224 (Paidós, 2001).