Durante los años 1946 y 1947 Jean Rouch se encontraba en Nigeria rodando cuando el trípode de su cámara se rompió; en otras fuentes, parece ser que se perdió. Sea como fuere, la cuestión es que tal suceso, en aquellos momentos de aprendizaje como cineasta, le obligó a rodar cámara en mano, procedimiento que prácticamente no abandonó desde entonces hasta el año 2004, cuando falleció en un accidente de coche en el mismo país africano que le viera nacer como cineasta. De alguna manera, el espacio al que se acercaba por entonces, y al que acudió de manera constante, el paisaje africano, le impuso una manera de acercarse a él. Para rodar sus formas, sus gentes, sus costumbres, su historia, era necesario hacerlo de manera directa, con movilidad, atendiendo a una técnica mucho más dinámica. También era necesario hacerlo a través de una nueva mirada, una nueva manera de acercarse a unos mundos que, con anterioridad, apenas habían tenido importancia lejos del más tópico exotismo. Así Jean Rouch se convirtió en el pionero del llamado cinema verité que, desde entonces, tantos seguidores ha tenido. Un cine de base documental que, sin embargo, Rouch en ocasiones transgredió para incluir ficción en él, haciendo de los documentales algo más; películas que no sólo buscaban el dar una imagen lo más fidedigna de la realidad, si no también persuadir al espectador, impactarle, crear confrontación. Cuando Rouch rueda en África, el mundo colonial que comenzara su derrumbe a finales del siglo XIX todavía posee una cierta presencia en el continente; de ahí que sus obras sean todo un canto contra esa presencia que se manifiesta tanto en tierra africana como en tierra europea.
«Las artes visuales han existido siempre dentro de un cierto dominio; originalmente este dominio era mágico o sagrado. Pero también era físico; era un lugar, la cueva, el edificio, en el que, o por el que, la obra era hecha. La experiencia del arte, que al comienzo era la experiencia de ritual, estaba separada del resto de la vida, precisamente para poder ejercer poder sobre ella. Más tarde, el dominio del arte se convirtió en social.»
Ver Les Maitres fous (1955), como todo el cine de Jean Rouch, es toda una experiencia. A Rouch el cine le interesa no sólo como un documento preciso de aquello que muestra, sino como un medio para llegar al espectador (sea cual sea) y crear unos sentimientos muy concretos en él. Por un lado se encuentran las imágenes en sí mismas; por otro, aquello a lo que apuntan, o, mejor dicho, a quienes van dirigidas. Son documentales cuyo etnografía no se basa tan sólo en dar cuenta de rituales o costumbres que en el mundo occidental se desconocen, si no también en posicionar a los espectadores, incomodarles incluso, hacer que se replanteen muchas de sus ideas, la mayoría preconcebidas. Cuando se enfrentan a unas imágenes que impactan tanto por lo que muestran como por aquello que significan, entonces, surge algo en el interior de cada uno; y en ese sentimiento nace esa experiencia que es tan ideológica como sensitiva. Sus documentales siguen siendo modernos hoy en día incluso cuando han perdido el impacto que podrían ocasionar dentro de un contexto político y social preciso. Si lo son es posible que se deba a que en ellos se percibe una veracidad en las imágenes que, aun pudiendo no ser tal, hace que se alcen como documentos de gran valor en su contenido y, sobre todo, porque siguen acercándonos a una realidad que, pasados los años, sigue siendo bastante desconocida.
«No sólo experiencia personal, sino también la esencial experiencia histórica de nuestra relación con el pasado: esto es, la experiencia de la búsqueda para dar un significado a nuestras vidas, del intento de comprender la historia de la que hemos llegado a ser agentes activos».
En el año 1925, como respuesta a la presencia colonial en África, en lo que hoy es Ghana, se formó un culto llamado Hauka. Rouch se acerca a una de las ceremonias, en concreto a una de posesión. Al hacerlo, no busca el crear un documento exótico, sino constatar una forma de resistencia que, aunque posiblemente incomprensible para una mirada occidental, se alza como necesaria para un pueblo que desea expresarse por sí mismo, alejar al invasor. Las imágenes pueden llegar a resultar brutales en algunos sentidos, incluso habrá quien no las digiera, a pesar de que en la actualidad se hayan visto en telediarios imágenes que las superan en brutalidad. Sin embargo, la forma en que Rouch se acerca al rito, atendiendo a los cuerpos en movimiento y sin buscar el dar una detallada idea de lo que sucede sino más bien transmitir una atmósfera, la que rodea al rito, hacen que en hoy en día aún sus imágenes posean una enorme fuerza. Porque no son imágenes meramente informativas, sino más bien de búsqueda, investigando qué es aquello que sucede bajo esos rituales, qué es lo que les mueve a hacerlo, qué consiguen con ello. Por qué tienen que regresar a sus más ancestrales costumbres como manera de combatir al intruso.
La historia (porque esos ritos son parte de su historia) para los nativos africanos se convierte en la forma de resistencia. Anteponer su regionalismo supone el anteponer su identidad sobre la que se quiere imponer por la fuerza. Y eso, hoy en día, acaba poseyendo una gran importancia al revisar películas como Le maitres fous, porque aunque el colonialismo tal y como se entendía entonces desde el siglo XIX haya caído, sigue existiendo otras formas, otros medios, y, sobre todo, África sigue padeciendo muchos de los males que ya estaban presentes hace medio siglo. Y esto, desde luego, es lo más preocupante, porque la película de Rouch ya no es un testimonio de un momento pasado, sino un testimonio de la actualidad.
Citas: John Berger, Walls of Seeing. Penguin, Londres, 1972