Mr. Arkadin (Orson Welles, 1955)

Por Alejandro Díaz

Mundo futuro, mundo presente 

Últimamente se habla bastante poco de Orson Welles, o al menos esa es mi impresión, y es una pena además de una injusticia que su figura vaya cayendo en el olvido cuando se trata de uno de los cineastas más importantes que ha dado el medio en el siglo pasado. Su obra, pese a inaugurarse cronológicamente en pleno apogeo de lo que se ha venido denominando el “cine clásico americano”, tendió desde sus orígenes incontables puentes hacia la modernidad audiovisual sin renunciar a preservar o reformular de algún modo ciertas dramaturgias de tradición anglosajona que Welles siempre tuvo en cuenta a lo largo de su carrera. Después de ver truncada la privilegiada situación dentro de la industria americana que le permitió tener control total sobre Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941), Welles sufre dos importantes varapalos cuando ve cómo es adulterada la conclusión y el montaje definitivo de la, por otra parte, excelente El cuarto mandamiento (The Magnificent Ambersons, 1941-42), y se ve obligado a abandonar el proyecto documental It’s All True, que rodó en el Sur de América en 1942. A partir de ahí inicia su conocido período errante que le lleva a rodar intermitentemente en Europa, África y Norteamérica, y en el que deja muchos proyectos inconclusos y otros los completa como buenamente puede, casi siempre con problemas de financiación y de apoyo para levantarlos.  

Hay quienes consideran Mr. Arkadin (también conocida como Confidential Report), una suerte de “remake venido a menos” de Ciudadano Kane, la película más mitificada de la carrera de su responsable. Si bien es cierto que se aprecian notables diferencias de medios de producción entre ambos productos, lo cierto es que no sólo Arkadin no resulta nada despreciable (a no ser que a uno le cieguen los defectos técnicos a la hora de valorar una obra cinematográfica), sino que podría considerarse como una actualización de Kane o, incluso mejor, una suerte de visión profética orientada al futuro. Ambos films presentan, cierto es, varias semejanzas: Los dos parten de una palabra que sale de boca de un moribundo y que encierra una investigación; los dos tienen una puesta en escena netamente anti-teatral (Welles busca la verticalidad en contraposición a la horizontalidad del escenario, así hace uso del montaje frente a la continuidad del teatro) y anti-musical (sobre todo en comparación con la armonía visual de Campanadas a medianoche/Chimes at Midnight, 1965 o la mencionada El cuarto mandamiento); ambas están contadas en forma de flashback; y sobre todo, ambas giran alrededor de la figura de un magnate rico y poderoso. Pero en este punto hay una diferencia fundamental: Mientras el personaje de Charles Foster Kane nos revela las luces y sombras (más sombras que luces) del hombre americano que ha cumplido el sueño de hacerse rico en la tierra de las oportunidades, Gregory Arkadin responde a un perfil mucho más misterioso y multinacional: Alguien de enorme poder que se desplaza de país en país derrochando dinero y haciendo uso de todo tipo de máscaras (literalmente) para ocultar (o construir) su identidad. De ese modo, la figura del burgués poseedor de un enorme poder fáctico gracias al dinero, pero asentado en una cultura y nación determinas, da paso a un personaje mucho más ambiguo, inaprensible, inquietante...

El origen del personaje Mr. Arkadin resulta asimismo un tanto retorcido. Todo parte de El tercer hombre (The Third Man, 1949. Carol Reed), adaptación de la novela de Graham Greene en la que Welles daba una lección interpretativa haciendo suyo el personaje de Harry Lime, otra presencia oscura que realiza continuamente movimientos poco limpios. Gracias al éxito del film firmado por Carol Reed, Welles pudo acometer un serial radiofónico en el que ponía voz a nuevas correrías de aquel personaje, titulado The lives of Harry Lime. Fue el 11 de abril de 1952 cuando se emitió un episodio en el que aparece por ver primera el personaje de Gregory Arkadin (apellidado “Arkadian” en un principio), el cual se pone en contacto con Lime para ofrecerle un misterioso “trabajo”… Si Harry Lime opera clandestinamente, siempre huyendo y escondiéndose mientras saca provecho de las ruinas europeas poco después del final de la Segunda Guerra Mundial, Arkadin encarna a su sucesor natural: una persona de procedencia y actividades dudosas que, gracias al poder del dinero para favorecer la amnesia entre las personas, ha conseguido blindar su vida y sus negocios de modo que no necesita esconderse más de lo necesario y lleva una vida rezumante de lujos, fiestas y caprichos. Welles nos presenta los movimientos del personaje mediante un fraccionamiento narrativo extremo, yuxtaponiendo planos o secuencias a menudo difíciles de conectar y haciendo gala de una fascinante confusión espacio-temporal. Aunque la explicación de algunos de estos elementos pueda ser fruto de la forma discontinua en que fue rodada la película, de los numerosos re-montajes y cortes de los que fue objeto el film (sin control final por parte de Welles), y de la existencia de varias versiones del film con el concurso de distintos repartos en los que entremezclan actores de varias naciones (lo que, por otro lado, acrecienta la sensación de hallarnos ante un film premonitorio de la globalización socio-económico-cultural que vendría), lo cierto es que, formalmente, resulta plenamente vigente (y fascinante en su imperfección) desde un punto de vista actual.

Como si se tratase de una de las pesadillas del cine de David Lynch, Welles carga el ambiente de un indudable sabor noir y ofrece un laberinto de secuencias y personajes a los que fácilmente se podrían añadir más (o eliminar alguno de los existentes) sin que la película fuese necesariamente a resentirse por ello. La trama inicial se desdibuja, el relato se vuelve cada vez más abstracto y hermético, hasta alcanzar importantes cotas de misterio. Es difícil, como en las propuestas de Lynch, recordar el orden de los acontecimientos en la película, aunque sí se retienen muchos fragmentos concretos de la misma. Mr. Akadin es también un film sobre la búsqueda o el mantenimiento de la propia identidad, algo que guarda relación sin duda con la propia persona de Welles, un apátrida que nació justo en el período en el que el mundo comenzó veloces transformaciones muy poco beneficiosas para una personalidad artística como la suya, pero que con su capacidad de no ceder al desaliento supo sacar provecho de la época que le tocó vivir.

Pero el film, que admite infinidad de lecturas y acercamientos teóricos, tiene importancia sobre todo en tanto anuncia muchos aspectos de la sociedad de un futuro convertido ya en presente. Los movimientos internacionales de los poderosos que, sin ningún escrúpulo, hacen gala de una impoluta imagen social bajo la que se esconde una turbiedad que sólo podemos llegar a adivinar convertirían a Mr. Arkadin en un espejismo mítico de nuestro tiempo, y la película podría considerase una suerte de borrador remoto de un film como demonlover (íd, 2002. Olivier Assayas). Las acciones misteriosas y racionalmente incomprensibles (cf. el destino final de Arkadin) nos anuncian la llegada de la era de la sospecha mediática, e incluso de la violencia y los atentados aparentemente inexplicables (aquellos que Buñuel preveía sin inmutarse en Ese oscuro objeto de deseo/Cet obscur objet du désir -1977-). Mr. Arkadin también apunta a la creación de universos paralelos para el disfrute de unos pocos, a un mundo en el que algunos gastan cantidades millonarias en placeres exclusivos que son sostenidos por el resto de las personas, quienes en la inmensa mayoría de los casos nunca podrán acceder a ellos, si bien prefieren malvivir con esa esperanza que cuestionarse la validez del sistema. Algo no tan lejano a lo que proponía Stanley Kubrick dentro de su inagotable Eyes Wide Shut (1999)… ¿Y será demasiado arriesgado considerar Mr. Arkadin como un antecedente de la narrativa dislocada de un film enfocado ya hacia la decadencia en el marco global como L’intrus (2004. Claire Denis)?