Nazarín, basada en la novela de Pérez Galdós, es un film que Buñuel quiso hacer, pero que resultaba demasiado caro para el tipo de producción que a él le encargaban. Únicamente tras el éxito de Archibaldo y después de las dos películas francesas, Barbachano, el más importante de los productores mexicanos, decidió producir Nararín. Nazarín es la primera película directamente religiosa de Buñuel. Plantea la odisea de un sacerdote que cree que imitando el comportamiento de Cristo, irá resolviendo los problemas que se planteen, por intrincados que parezcan.
De lo que verdaderamente trata Nazarín es de las consecuencias de los actos del protagonista. La buena voluntad de Nazarín se revela finalmente como absolutamente inútil cuando no contraproducente. La escena clave de la película es cuando el cura tiene la conversación con el buen ladrón y este le asegura que Nazarín del lado bueno y él para el lado malo, son absolutamente inútiles. Un travelling de acercamiento al rostro del protagonista, recurso estilístico que Buñuel no utiliza más que en muy escasas oportunidades y siempre en escenas claves de sus films, muestra hasta que punto la desolación invade al sacerdote cuando comprende que las palabras de su compañero son ciertas y que su inutilidad está fuera de toda duda. Por eso tenía razón Buñuel cuando decía que era un film optimista, porque partíamos de un cura —que para Buñuel no es un hombre, porque es alguien que abandona y desprecia a los hombres en nombre de Dios, y la postura del director es exactamente la contraria, tratar de buscar a Dios en los hombres— y al final se ha transformado en un hombre.
Nazarín fracasa en todo lo que intenta. Fracasa tratando de ayudar a Andara, cuando la recoge en su casa y sólo consigue que todo el mundo crea que además de encubrir a una crimina, él, un hombre consagrado a Dios, ha convivido con una prostituta. Fracasa a la hora de tratar de salvar el alma de la mujer agonizante del pueblo del pueblo de los apestados que no solo se niega a recibir el consuelo espiritual del protagonista —“no cielo, Juan”, repite incesantemente— sino que cuando llega su amante, la muchacha pide a Juan que eche de allí a Nazarín. Desolado, el cura confiesa a Beatriz en el umbral de la casa, la magnitud de su fracaso. Fracasa igualmente en su intento de separar a Beatriz de El Pinto, y en el desenlace de la película vemos como ambos se cruzan pero no llegan siquiera a verse.
Pero el ejemplo más claro de las consecuencias de la actitud de Nazarín es la escena de la cantera. Creo que es extraordinariamente importante detenerse en esta secuencia porque además es de las pocas que no tienen su equivalente en el relato de Galdós, y fue el propio Buñuel el que se la inventó entera.
Nazarín llega a la cantera y pide limosna. El capataz le dice que siendo joven y fuerte debería trabajar. Nazarín acepta. Pero los obreros comentan que les está perjudicando ya que a otros no los contratan porque piden salario, y no se conforman con la comida, como Nazarín. Se lo dicen. Nazarín acepta y le dice al capataz que se va. Este, se burla de Nazarín que no hace caso, y va en busca de los obreros. Pregunta quién le ha echado, y uno de ellos se identifica. Trata de pegarle y otro obrero le da con la pala en la cabeza. El capataz echa mano a la pistola. Vemos a Nazarín que se detiene y coge un rama de olivo. Suenan disparos. Nazarín sigue su camino con la rama de olivo en la mano sin poner atención a lo ocurrido. Conviene poner de manifiesto que si la actitud de Nazarín es personalmente intachable, sus consecuencias no pueden ser más perniciosas y acaban provocando un incidente en el que el sonido de los disparos hacen suponer que se han producido muertos.
Señalar también que además, por ser sincero consigo mismo —aunque equivocado— Nazarín será rechazado por la sociedad, por sus superiores, y por las fuerzas del orden. Por eso la aparente contradicción que en el film se puede plantear entre la simpatía que indiscutiblemente siente el realizador por el protagonista, y su absoluta condena de las consecuencias de su actuación. Porque Buñuel siempre tiene buen cuidado de distinguir entre el comportamiento individual de una persona y las consecuencias sociales de sus actos individuales. El film demuestra un enorme respeto por el comportamiento individual de Nazarín, pero constata a la vez los desastres sociales a los que conducen sus actos. En esta contraposición se basa la extraordinaria virulencia del film, pero cada vez parece más evidente que lo subterráneo de semejante planteamiento, no parece que resulte del gusto de los amantes de la obviedad.
Pero quizás sea conveniente, para dejar definitivamente las cosas claras de una vez por todas, hace una pequeña recapitulación de la situación en la que se encuentran los personajes del film al concluir este. El resultado no puede ser más descorazonador. Todos los personajes de la película, al final, están mucho peor que al comienzo, si exceptuamos a Nazarín que se supone en el plano postrero, mientras de nuevo los tambores de Calanda resuenan en nuestros oídos, ha conseguido que la duda se imponga en su mente, y que nazca un ser humano donde antes sólo había un servidor de Dios. Si nos detenemos en el plano material, está preso, se la ha prohibido decir misa, y ha perdido su casa, sus botas, su libertada y hasta las dos mujeres que durante tanto tiempo le han acompañado. Pero, además, todos los demás personajes acusan las consecuencias de sus actos. Andara se pudrirá en la cárcel sola, y Beatriz ha caído para siempre en los brazos de El Pinto, a pesar de los esfuerzos del sacerdote por evitarlo.
El problema de Nazarín —como el de todos los servidores de Dios— estriba en que dice amar a todos sus semejantes, pero como le ocurrirá igualmente a Simón, el amor a las cosas del cielo le impide fijarse en la cosas de la tierra. Mientras Andara y Beatriz le están pidiendo ayuda, Nazarín únicamente es capaz de fijarse en un caracol. Su incapacidad humana le lleva a prestar más atención a un pobre caracol que a los dos mujeres, a la vez que asegura que todas las cosas de la tierra son depositarias de su amor.
En esta película y durante lo que se supone una alucinación de Andara como consecuencia de la fiebre, la prostituta ve a Cristo, —en la presente oportunidad un ecce-homo— riéndose a carcajadas. Buñuel afirma sentirse muy orgulloso de haber sido el creador de esta imagen y lo cierto es que aparece en el cine de Buñuel veinticinco años más tarde de que en la duodécima mancha de la jirafa se hable ya de “una hermosísima foto de la cabeza de Cristo coronado de espinas, pero riéndose a carcajadas”.
Buñuel dice que esa imagen ha sido muy utilizada posteriormente y aquí quizás convenga recordar el cuadro de Clovis Trouille, “El gran poema de Amiens”, en el que, en el interior de la catedral, aparece un ecce-homo de medio cuerpo, riéndose a carcajadas. Como se puede demostrar una vez más, las imágenes que obsesionan a Buñuel permanecen en su cabeza, y antes o después acaban por salir para hacer su aparición en la pantalla.
© Antonio Castro. Publicado originalmente en el volumen "Obsesion(es) Buñuel" (coordinador por A.C. Ocho y medio, 2001).