Si para un escritor o periodista profesional, en determinadas ocasiones es difícil enfrentarse a la soledad del papel en blanco, no ya por la falta de ideas, sino por la necesidad de encontrar una nueva no vista hasta entonces por nadie, esa dificultad crece hasta límites dolorosos para alguien que no vive de ello y tan sólo pretende desfogarse intentando poner por escrito un par de conjeturas sueltas que deambulan por la mente.
Esa dificultad se acentúa mucho más cuando el tema (en este caso la película) sobre el que se debe escribir, está tan explotado, tratado y analizado que humildemente uno debe reconocer que lo más seguro es que a pesar de los esfuerzos, no encontremos ninguna brecha de esperanza ante un enfoque nuevo, un detalle no visto anteriormente, o un destello ante lo que puede ser una revelación nunca encontrada y reservada para ti. Pero la verdad es mucho más dolorosa y como reza el dicho, si no puedes con el enemigo, únete a él.
Y es que siendo honestos, no se me ocurre nada que no se haya dicho ya sobre Con la muerte en los talones anteriormente. Aunque este texto se englobe en un concreto estudio sobre el cine de la década de los 50, la película que nos ocupa, podría englobar de por si y por méritos propios, cualquier antología del cine, cualquier referencia al género del suspense o tomarse como claro antecesor y percusor del posterior cine de acción, dando lugar a continuos homenajes respetuosos y claros plagios que no han funcionado… ¿Y todo eso por qué? Quizás no sea porque el original siempre es el mejor, sino porque los ingredientes que mezcló con sumo cuidado el señor Hitchcock, dieron como resultado una de las piezas más redondas desde cualquier ángulo y aspecto que se le mire de la historia del cine, y eso, no es fácil… aunque a veces lo parezca.
A finales de los años 50, Alfred Hitchcock disfrutaba de un dulce momento profesional, alternando buenas películas (Extraños en un tren —Strangers on a Train, 1951— o —The Troube with Harry, 1955—) con verdaderas obras maestras del calibre de La ventana indiscreta (Rear Window, 1954), El hombre que sabía demasiado (The man who knew too much, 1956) y sobretodo Vértigo, De enrte los muertos (Vertigo, 1958), alcanzando con ésta última un nivel de profundidad y control difícilmente superable. Bendecido con el apoyo del público, el cineasta inglés cierra a década con una divertimento de suspense que se revela como algo mucho más serio que un ejercicio de género, más hondo que una película de aventuras, con la muerte en los talones se erige en una declaración de amor y principios sobre lo que es y como debe ser el cine.
A estas alturas no creo necesario repetir el argumento ni las peripecias por las que es sometido Roger Thornill (Cary Grant) cuando es confundido con Kaplan, sino de lo que éstas representan para el continuo avance dramático hasta la resolución de la historia, y como el orondo señor Alfred teje cuidadosamente una telaraña que le permite controlar los hilos de su marioneta desde una posición elevada sin que en ningún momento se le escape de las manos ni por un milímetro. Hitchcock ofrece una clase magistral de lo que debe ser el dirigir un largometraje. Ya desde su modélico guión donde los tres actos se encuentran claramente diferenciados, el primero con su presentación de personajes (Thornill, siempre en movimiento, lo que le ocurrirá durante toda la peícula, su carácter cínico, su afición a los martinis…) y su incidente inductor (es confundido con Kaplan y secuestrado por Vandamm), lo que nos empuja a un segundo acto donde empiezan a fraguarse todas las subtramas, la aparición de la mujer protagonista, su relación con el héroe y donde éste empieza su huída por demostrar su inocencia, hasta el acto final, donde gira la tortilla y Thornill decide enfrentarse a sus opresores y en un inolvidable clímax, consigue salvar la vida, vencer a los villanos y conseguir a la chica.
Ante semejante material Hitchcock se siente muy cómodo y se mueve como pez en el agua manipulando su más clásico y recurrido tema, el del falso culpable, un hombre que se ve envuelto en algo que no comprende, la suplantación de la identidad y la huída de este para demostrar su inocencia, ayudado con la inestimable colaboración de uno de sus dos actores favoritos, Cary Grant quien le brinda una actuación cínica, simpática y sincera de un Roger Thornill que se ve superado por los acontecimientos que le suceden. Ante tan jugoso material, ideal para el director inglés, era difícil que lo estropeara. En lugar de eso, Hitchcock nos entrega una cinta de tal fuerza, poderío y maestría que marcó las pautas para lo que luego derivó en el cine de acción pura y dura y comenzó a engendrar bastardos que se alimentaban de los logros conseguidos por éste copiando sin piedad secuencias o planos de la película.
Y es que como en la mayoría de largometrajes de su director, la maestría se encuentra en los pequeños detalles. Obviando secuencias tan famosas como la persecución de la avioneta en el campo, la grandeza de la película descansa en esos momentos que uno no los ve a primera vista pero quedan en la retina del espectador. Momentos como los créditos iniciales, moviéndose, como el protagonista durante toda la película, o como encuadra a Cary Grant al inicio en el restaurante metiendo en cuadro la copa de su compañero, dando a entender su afición a la bebida, o el mismo mural que decora ese fondo, que no es otra cosa que una huída. Estos pequeños detalles, o el hecho de alternar en la secuencia que Cary Grant y Eva Marie Saint bajan del tren y éste se disfraza de mozo para pasar desapercibido, como filma la secuencia, jugando con el espacio alternando planos reales, con transparencias sobre ellas, acentuando así la falsedad de su personaje en ese momento, son detalles que elevan a la película a un nivel superior al de película de aventuras. El picado cenital de Cary grant saliendo de las naciones unidas cuando se creen que él ha asesinado al disuado, o la resolución final en el monte Rushmore cortando del acantilado al camarote del tren con el plano final y su tan cacareada connotación sexual del tren introduciéndose en el túnel.
Durante dos horas justas, de manual, Alfred Hitchcock nos sienta en nuestro pupitre para, desde su atril ofrecernos una lección de cine, una lección tan básica, tan simple, tan pura y tan perfecta, que parece fácil lograrla una lección que respira por cada uno de los fotogramas de la película, y que Hitchcock demuestra que si fuera tan fácil conseguirlo habría muchas más películas como North By Nortwhest… y la verdad es que no las hay, da igual si es de los 50 o de cualquier otro año. Gracias señor Hitchock