Rio Bravo (Howard Hawks, 1959)

Por Carlos Zamarriego

Río Bravo (Río Bravo, 1959) es, además de una de las obras maestras de Howard Hawks (1896-1977), probablemente el mejor western rodado en la década de los 50, con permiso de Sólo ante el peligro (High Noon, 1952) y Centauros del desierto (The Searchers, 1956). Estas tres películas, tres clásicos imprescindibles, demuestran que el western, tal y como lo entendían en el Hollywood clásico, no era en absoluto un género uniforme. En Sólo ante el peligro el Oeste se muestra como un lugar deshumanizado y peligroso a través de un sheriff que pide ayuda sin encontrarla, mientras que en Centauros del desierto, la rudeza del paisaje y de los hombres lo domina todo. Pese a la épica, son dos filmes en cierto modo pesimistas, aunque con finales felices. En Río Bravo Howard Hawks complementa esa visión mítica de la colonización americana con una apología de la ley y del espíritu inquebrantable del hombre, que lo lleva a superar cualquier obstáculo que se le presente.

A pesar de ello, de estos tres clásicos de los años cincuenta Río Bravo es, quizás, la película con menos pretensiones. Al menos en el plano intelectual, que no en el comercial. Para empezar, su director no era un especialista en el western, como se jactaba John Ford. A lo largo de su carrera demostró su enorme capacidad para lidiar con cualquier género, ya sea comedia (Bringin Up Baby, 1938) cine negro (Scarface, 1932) o cine bélico (Sergeant York, 1941). Su primer western es Río Rojo (Red River, 1948), película en la que trabajó por primera vez con John Wayne, al que le seguiría Río de sangre (Big Sky, 1952), y no volvería a tocar el género hasta 1958, año de rodaje de Río Bravo, cuando ya es un curtido director con cuarenta y un filmes a sus espaldas. No es de extrañar, por tanto, que recurriera de nuevo al cotizado John Wayne para protagonizar su historia. Pero por si “el Duke” no era suficiente para ganarse el favor de la taquilla, le acompañan dos inesperados compañeros de reparto. Por un lado Dean Martín, que en 1959 era un cantante más conocido por ser la pareja cinematográfica del cómico Jerry Lewis. De hecho, hasta Río Bravo, había trabajado en 19 películas, 16 de ellas con Lewis. Sólo tras la ruptura del rentable dúo en 1956, Martín intentó demostrar algo más que su bis cómica. Sin duda en Río Bravo iba a tener una buena oportunidad. Completando el trío protagonista estaba Ricky Nelson, otra apuesta comercial para enganchar al público adolescente. Nelson, que cumplió los 18 años durante el rodaje de la película, era un cantante de rock and roll e ídolo juvenil de la época que afrontaba esta película como su primer trabajo serio en el cine.

Con este reparto tan divergente Hawks rodaría en Tucson (Arizona) una historia apasionante, pero tremendamente sencilla y nada original. John Wayne es  John T. Chance, el sheriff de una pequeña ciudad del Oeste que se enfrenta al poderoso terrateniente de la región, Nathan Burdette (John Russell) al arrestar a su hermano Joe por asesinato. “Oleremos todos a pólvora antes de que esto acabe”, pronostica Nathan. Chance contará sólo con la ayuda de su viejo y tullido ayudante Stumpy (Walter Brennan), el alcohólico Dude al que da vida Dean Martín y un joven pistolero llamado Colorado Ryan (Ricky Nelson). Estamos, por tanto, ante la típica trama sheriff contra el peligro que, en este caso, también evoca reminiscencias del histórico acontecimiento, tantas veces revisado en el cine, ocurrido en Ok Corral entre los Earp y los Clanton.

Son varios elementos los que hacen que esta historia no resulte una más. Para empezar, un guión formidable de Leigh Brackett y Jules Furthman en el que, a través de Chance, verdadero alma del film, nos deja conocer a unos secundarios maravillosos: Dude, un alcohólico que necesita recuperar la autoestima pedida en los bares; Colorado Ryan, un joven que a pesar de la seguridad en sí mismo demanda la aprobación casi paternal del sheriff; Carlos (Pedro González), un mexicano dueño del hotel que siempre aparece a rebufo de su mujer Consuela (Estelita Rodríguez), dando lugar a una divertida guerra de sexos; Feathers (Angie Dickinson), una jugadora de cartas y mujer de armas tomar que conquistará el duro corazón de Chance. Y, sobre todos ellos, Stumpy, un viejo cascarrabias con el que Walter Brennan consigue algunos de los momentos más memorables de la película. Stumpy, a pesar de estar lisiado, es ayudante del sheriff y este le ordena que no salga de la cárcel para tener vigilado en todo momento al prisionero, lo que provoca que esté quejándose constantemente de lo poco que sirve. “Los viejos inválidos servimos sólo para estorbar”, se queja con amargura. El humor y la humanidad que filtra el guión a través de Stumpy, junto con la extraordinaria caracterización de Brennan, son el contrapunto perfecto a las escenas de acción. Un ejemplo del cuidado estudio psicológico que es aplicado a todos los personajes que aparecen en Río Bravo.

La puesta en escena es ejemplar, y viene acompañada de una planificación muy detallista. Hawks busca el encuadre más útil, el que nos proporciona más información sobre lo qué está pasando sin perder la vistosidad estética. A pesar de que la acción se desarrolla íntegramente en el poblado, perdiendo por tanto la posibilidad de filmar los grandes paisajes característicos del cine del Oeste, Hawks nos deja planos muy bellos como el picado en el que vemos a Dude disparar a un forajido y a este caer de la parte superior del salón. También hay un poderoso contrapicado de Chance al principio del film, cuando evita que Dude coja una moneda de un escupidero para beber. O un discreto zoom que nos acerca el rostro de un Dude consumido por la sobriedad.

Otro aspecto fundamental es la música. Dejando aparte el inevitable dúo que forman Dean Martín y Ricky Nelson cantando un éxito de este último (My Rifle, My Pony, and Me), la banda sonora de Dimitri Tiomkin resulta imprescindible para el desarrollo de la acción. La música de Tiomkin, ganador tres veces del Oscar (una de ellas precisamente por la banda sonora de Sólo ante el peligro), entra incluso en la propia trama, cuando Nathan Burdette ordena tocar a unos mexicanos una canción presuntamente anunciadora de un ataque. “Esa música me trae recuerdos. Si continúan tocándola no volveré a olvidarla nunca”, dice Dude en un momento del film. Ese tema es Deguello, que pocos años después le serviría de inspiración a Ennio Morricone para revolucionar la música cinematográfica en Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964).

Todo esto se puede observar ya en los primeros minutos de la película, que tiene uno de los mejores comienzos de la historia del cine. Una introducción que sirve además para explicar el origen del conflicto sin desperdiciar metraje ni diálogos, ya que todo se desarrolla sin decir ni una palabra hasta que Wayne sentencia: “Joe, queda usted arrestado”. Y ya está montado el lío. Cine con mayúsculas.