Romeo, Julieta a tma (Jirí Weiss, 1959)

Por Ramón Alfonso

De la memoria, ese concepto entre filosófico y abstracto, del que tan bien nos hablaron en cine ese par de chiflados que eran, y son, Chris Marker y Alain Resnais, podríamos concluir que acaba siendo una caprichosa mezcla que se construye entre la subjetividad y la amnesia. En el terreno artístico, resulta indiferente hablar de literatura, pintura o cine, esta compleja arbitrariedad puede advertirse notablemente. No es extraño que un, pongamos por ejemplo, pintor goce del beneplácito de crítica y público, si es que un pintor puede realmente disfrutar de  seguidores anónimos que sigan su trabajo, y pocos años después ya nadie sea capaz de recordar su nombre o alguna de sus obras. Los curiosos vaivenes estéticos, los diferentes cambios político-sociales si no de forma concluyente resultan indispensables para tratar de comprender los diversos giros, evoluciones, contradicciones que el mundo del arte, de la  crítica sufre y que, y siempre hablando desde la teoría, ayudan a que los medios expresivos se reformulen, se construyan. Sin embargo, esta evolución por otra parte tan necesaria como  inevitable, y por supuesto, sin dejar de hablar del terreno artístico, tiene el problema del olvido, incluso el rechazo. Hay un ejemplo muy claro, a finales de los años 50 muchas cinematografías vivieron un momento irrepetible que no sólo trajo nuevas miradas si no que a muchos niveles cambió la forma de entender el cine. Francia es posiblemente el paradigma más obvio pero también más importante. Gente como Godard, Rivette, o Truffaut, partiendo de determinados modelos morales-estéticos supieron, tuvieron la oportunidad, de encontrar su propia mirada, primero desde las páginas de diversas publicaciones, después desde las cámaras, y quizá por azar, revolucionar el concepto de realizar-entender el cine. En el camino muchos realizadores que no estaban dentro del camino estético tomado, definido, por los jóvenes autores, fueron rechazados, y con el paso de los años su nombre se ha ido perdiendo. Ya nadie recuerda a cineastas tan interesantes como Yves Allegret, Julien Duvivier o Jean Delannoy quienes sufrieron las iras y los ataques de los nuevos directores.  Aún así quizá pueden llegar a beneficiarse de su nacionalidad. El cine francés continua siendo posiblemente el más importante de toda Europa, y acceder a sus clásicos, incluso los más olvidados, no resulta demasiado complicado, tampoco es aunque sea de forma accidental tan difícil encontrarnos en mitad de la lectura de cualquier libro de cine con alguno de estos nombres a los que el paso del tiempo ha condenado al anonimato. Estamos hablando de Francia, mucho más compleja es esta cuestión de desmemoria en otros países. A lo largo de los años 60, Brasil, Checoslovaquia, Inglaterra entre otros viven unos movimientos parejos a la Nueva ola francesa. Centrémonos en Checoslovaquia. El cine checo durante los 60, incluso después de los acontecimientos del 68, con el férreo control político, produce varios de los más sobresalientes largometrajes de la década. Pasados los años, a no ser un público muy concreto, nadie recuerda ni  la importancia de la cinematografía checa ni a sus más representativos directores. El paso de generaciones, el devenir de la memoria se muestra tan injusto como implacable. Para muchos de los nuevos espectadores los nombres de Jiri Menzel, Juraj Jakubisco, o Jaromil Jires,  títulos  como Las frutas del paraíso (Ovoce stromu rajskych jíme, V.Chytilova, 1969), El incinerador de cadáveres (Spalovac mrtvol, J.Herz, 1969) o La historia que nunca ocurrió (Az prijde kocour, V. Jasny, 1963) y por supuesto la propia república checa como productora de cine, si exceptuamos curiosamente el pornográfico, no significan nada. Aún así, Menzel, o Vera Chytilova, son nombres fácilmente localizables en una enciclopedia, otra historia ya es poder acceder a sus trabajos. ¿Qué sucede sin embargo con los autores que surgieron antes de este movimiento, de la generación del 56, y que son mucho menos populares? Si en demasiadas ocasiones encontrarse con el nombre de autores franceses o italianos resulta casi un  milagro no digamos el de un checo que empezó a dirigir en 1935, y que nunca ha gozado del prestigio y la proyección internacional de sus colegas. En este caso que la memoria colectiva retenga su nombre parece una suerte de doble pirueta mortal.

 Jiri Weiss empezó como documentalista y a su regreso a Praga, trabaja en Londres durante la guerra, comienza con Uloupená hranice (1947) su trayectoria en el terreno de la ficción. Weiss es un cineasta eminentemente clásico, en el mejor sentido de la expresión, brillante narrador, cargado de una hermosa sensibilidad y melancolía, que sabe dar a sus obras, en muchas ocasiones naturalistas evocaciones de los años de la Segunda Gran Guerra, un curioso tono poético que las hace casi entrañables. Romeo, Julieta y las tinieblas (Romeo, Julia a tma, 1959), a partir del relato de Ján Otcenásek, es su film más popular, al menos fuera de sus país de origen, entre nosotros llegó a estrenarse en versión doblada fuera del circuito de Arte y ensayo, y tal vez el más conseguido de todos los que conforman su filmografía.

La tragedia  de los dos amantes de Verona inmortalizados por la pluma de Shakespeare, en la que el absurdo enfrentamiento entre dos familias separaba a los jóvenes es paralela a la triste historia de Pavel y  Hanka, situados en el contexto de la aberrante ocupación nazi. El arranque del film no puede ser más desesperanzador, por unos instantes el plano nos muestra el pequeño espacio que los dos jóvenes han compartido. La puerta se abre y el joven Pavel roto por el dolor camina casi como un autómata, casi como si lo único que le restase fuera cerrar los ojos y aguardar a  la muerte, la muerte que parece llegar cuando descubre una maleta olvidada y se abraza a ella desconsolado. Pavel frente a una pared parece querer despertar de una pesadilla. Pavel frente a la tragedia. Es entonces cuando en un hermoso movimiento la cámara, la mirada de Weiss, busca la de su protagonista y arranca el viaje a su memoria, comienza el recuerdo de lo que fue la historia de Pavel y Hanka, y que nosotros espectadores descubriremos mientras el muchacho recuerda, e iremos sintiendo conforme avanza  una profunda tristeza al  saber que no podemos tener  un final feliz.

El inicio de la historia es brillante, en unos pocos planos el director nos sitúa a la perfección en el microcosmos en que se desarrollara la acción, nos mostrará a los diferentes personajes con apenas unas pinceladas que aún así ya serán casi definitivas  y nos mostrará la terrible cotidianeidad  de la ocupación. En un bloque de viviendas, prácticamente el único escenario en que se desarrollara la película, los vecinos contemplan en silencio como una familia judía con la que han convivido siempre tiene que abandonar su hogar. Ocultos detrás de las ventanas algunos habitantes del inmueble miran atemorizados, en silencio, intentando que nadie les descubra, que nadie pueda quebrar su anonimato, otros no dudarán en ofrecer su mano al padre de familia y desearle una utópica y desesperanzada Buena suerte. La familia desciende las escaleras del que hasta hace unos instantes era su hogar, y observa desde la mirada baja, como sus vecinos casi todos sus vecinos los observan muertos de miedo. La irrupción del joven Pavel en la acción es muy interesante para esbozar ya su carácter, inteligente,  un tanto melancólico, decepcionado. Situados en un hermoso plano, la familia avanza por una larga calle, Pavel los observa  sin comprender una escena a la que posiblemente ya ha asistido en demasiadas ocasiones. La familia continúa su camino y el pequeño Jirka corre hasta el muchacho, del que indudablemente es amigo, le susurra algo al oído y le ofrece su mano, posiblemente ya no volverán a encontrarse. Mientras que Romeo conoce a Julieta en una fiesta de disfraces organizada por los Capuleto, y en el inmortal balcón de la muchacha se enamoran, los dos personajes del film se encuentran en una situación mucho menos idílica. El muchacho sube hasta el piso vacío y descubrimos que es lo que Jirka le ha dicho, que recoja y cuide a su roedor, entonces Hanka aparece en plano, junto a la puerta, desamparada, con un viejo abrigo y una maleta en la mano. Pregunta por los Wurms y descubriremos entonces que han marchado por esa calle empedrada hacia el transporte. La joven se marcha, y en un hermoso primer plano atisbaremos unas pocas lágrimas sobre su rostro y como el miedo irrumpe de pronto al ver como tres personas, entre ellas un oficial nazi, suben las escaleras en dirección al piso vacío. Aparecerá entonces la estrella cosida a su ropa y comprenderemos todo. Pavel no dudará en ofrecer su ayuda, y Hanka desconfiada no tendrá más remedio que confiar en el desconocido. Llegamos entonces hasta el ático, una suerte de balcón de los amantes Shakespearianos, que servirá de escondite para la joven durante unos días. A partir de esta secuencia, el cineasta nos mostrará a los diferentes personajes que rodean a los protagonistas, la familia de Pavel, la madre, una humilde mujer para quien su hijo significa todo y que no quiere verse envuelta en ninguna  situación comprometedora, el entrañable abuelo, un chiflado vejete que pasa las horas delante de una mesa tratando de hacer funcionar sus descacharrados inventos, del que todos piensan que está medio chiflado y que apenas sabe lo que sucede a su alrededor. La nueva vecina, la amante del oficial, nueva habitante del piso de los Wurms, todo soberbia y malicia, y que no tarda en revelarse como una mujer tan mediocre como aterrorizada. Conoceremos a Pavel, joven estudiante, aficionado a la fotografía, utiliza el ático como improvisado laboratorio. Conoceremos a Hanka, convertida en una fugitiva, en una prisionera, en una maldita. La historia de amor entre los dos muchachos pasará pronto a ser el centro del relato, y cada  visita nocturna  para llevar comida y pasar unos breves instantes traerá una nueva mirada, confesiones cada vez más profundas, sonrisas mas enternecedoras, caricias, hasta un tan inevitable como esperado beso. Sueños, ilusiones, enamorarse en mitad de una pesadilla, tratar de luchar contra la hostilidad, estupidez del mundo que los rodea, las cada vez mayores sospechas de la madre, los intentos de seducción de la vecina en los casuales encuentros con Pavel mientras se escabulle para ver a su amada, las situaciones de peligro-terrible la secuencia en que el perro de precisamente la amante del oficial comienza a ladrar al descubrirlos, y el muchacho se ve obligado a matarlo asfixiándolo con una manta-. Finalmente, decidirán romper con todo y fugarse, una huida a ninguna parte, pero el destino, al igual que en la obra de Shakespeare, se mostrará injusto. La gente no tardará en darse cuenta de la existencia de la muchacha, así que la madre de Pavel subirá hasta el ático, y después de  sentir un escalofrío al atisbar la estrella, le espetará Todos saben de ti, qué piensas hacer, a lo que Hanka sólo podrá responder Me marcharé. Comienza el último acto. Ajeno a todo esto, Pavel prepara la huida, y va a hablar con un maquinista al que días antes ayudo. Al regresar al ático, la joven se niega a seguir con él, no quiere que le suceda nada, no quiere que le pase nada a gente inocente. Él la abrazará y le dirá Tú también eres inocente. Todo se desarrollará ya demasiado deprisa. El último beso, las últimas caricias. Desde la ventana la madre y el abuelo verán a los soldados alemanes llegar a la plaza, a la solitaria calle empedrada, ha habido un asesinato. La vecina, que ya sabe de la existencia de Hanka, aterrorizada al encontrarse en la escalera con la madre, que va avisar a los dos muchachos, amenaza con denunciarla, gritando por su culpa nos matarán a todos. Todo se precipita, hasta llegar a Hanka bajando las escaleras corriendo, llorando, y Pavel detrás de ella incapaz de alcanzarla. El portero cerrará la puerta después que la muchacha salga del edificio, y tras escuchar unos monstruosos disparos, Pavel se derrumbará desconsolado, encerrado en el portal, pidiendo una y otra vez que le abran, que le abran. El plano se funde con el ático vacío y la cámara llegará hasta un pequeño libro. Las tinieblas han atrapado a Romeo y Julieta.

Tal vez Romeo, Julieta y las tinieblas, no sea una obra maestra, y teniendo en cuenta que en 1959, arrancaban en Francia la Nouvelle vague, Antonioni estaba a punto de filmar La aventura (L´avventura, 1960), y sin abandonar Checoslovaquia, Menzel, Chytilova, o Nemec estaban a muy pocos años de comenzar sus trayectorias, con la perspectiva del espectador contemporáneo, podría caerse en el error de pensar que es un film bien narrado, muy clásico, y con una hermosa historia de amor. La película de Jiri Weiss, quizá no es demasiado original en planteamiento, la historia de un amor prohibido, un retrato de un determinado país durante la ocupación, mostrar la barbarie de la guerra, durante esos años ya muchos films habían hablado de esto mismo; sin embargo, hay algo especial en estos Romeo y Julieta checos. La mirada de Jiri Weiss está cargada de delicadeza, de melancolía, sabe captar perfectamente las emociones de sus protagonistas, su cámara captura  cada gesto, cada caricia. Equilibra perfectamente los momentos emotivos, con los más dramáticos, los más políticos, los más terribles, por ejemplo la detención del compañero de Pavel en la escuela. Poco importa que no sea una rotunda obra maestra, es uno de esos títulos especiales, que te atrapan desde el primer fotograma y hasta pasados unos minutos después de la conclusión eres incapaz de reaccionar. Sus imágenes se repiten una y otra vez en la memoria y no se puede dejar de pensar en la triste historia que se ha visionado.  Weiss  por encima de todo es un brillante narrador, un constructor de historias, un gran creador de atmósferas, y como he señalado Romeo, Julieta y las tinieblas quizá sea su mejor trabajo.

 Ahora si echamos otro vistazo a la memoria, sabemos que nadie recuerda a Hanka, su sonrisa, su mirada. Tampoco nadie conoce ya a Jiri Weiss, así que de pronto poder jugar una mala pasada a la memoria y reencontrarse  con el cineasta checo resulta cuanto menos indispensable.