Salt of the Earth (Herbert Biberman, 1954)

Por Ramón Alfonso

Martin Ritt con su magnífica The front (1976) realizó una de las más lúcidas reflexiones sobre la época del McCarthysmo, o la caza de brujas. De la mano de un soberbio Woody Allen, que realizaba la que fácilmente puede ser su mejor interpretación, al que acompañaban Blacklisted's como el actor Zero Mostel o el guionista Walter Bernstein, el cineasta nos narraba las peripecias de un sinvergüenza que accede a ser el testaferro de amigos escritores que no pueden trabajar por estar precisamente incluidos en la lista negra.

Muchos fueron los artistas que sufrieron la paranoia que surgía de la Guerra fría y que fue impulsada por el  Senador republicano Joseph R. McCarthy. Se denominó Los 10 de Hollywood a cineastas o escritores que se negaron a declarar bajo la ridícula acusación de simpatía por el partido comunista, y que fueron encarcelados y repudiados por la industria; entre ellos podemos encontrar a Edward Dmytryk, Adrian Scott, Dalton Trumbo, o al  hasta entonces anodino director-guionista  Herbert J. Biberman. Joseph Losey, Charlie Chaplin,  Robert Rossen, o John Berry, entre otros, también sospechosos de simpatías pro-soviéticas tuvieron que emigrar y continuar con sus carreras en países como Inglaterra o Francia.

En 1950, Joseph Losey dirigió The lawless, uno de sus mejores trabajos en EEUU. En este film, y desde una aparente perspectiva de cine negro, inclusive melodramático, realizaba una dura condena del racismo en una pequeña comunidad estadounidense. Desde un punto de vista eminentemente humanista y desde la mirada de un desencantado periodista, interpretado por McDonald Carey, Losey nos hablaba de un pueblo en el que convivían mexicanos y estadounidenses, y la invisible frontera creada desde el miedo y la intolerancia que los mantenía separados. Una pelea durante un baile desencadenará  los hechos que convierten a un joven muchacho mexicano en prófugo. A partir de aquí, todo sucede demasiado deprisa, y no tardaremos en descubrirnos frente a un pueblo enloquecido, victimas precisamente de ese miedo y esa ignorancia que dio paso a la Lista negra y personajes como McCarthy, frente a la comisaría de policía exigiendo que le entreguen al muchacho para lincharlo. Cargada de imágenes inolvidables, como aquella en que muchos de los vecinos destrozan la oficina del periodista por haber intentando desde las páginas de su publicación ayudar al joven,  y una profunda sabiduría narrativa, pese a ciertos excesos genéricos, y un tan emotivo como inevitable happy end, que incluye a una importante personalidad de la comunidad comprometiéndose a ayudar en todo lo posible  al mexicano, que quizá acaban restando, sobre todo para el espectador contemporáneo, parte de la fuerza de la propuesta, resulta indudablemente todo un precedente de esa obra maestra, que nos ocupa en estas líneas, que dirigió Herbert Biberman y  se llamó La sal de la tierra (Salt of the earth, 1954).

La condesa redentora (One-Way ticket, 1935), supuso el debut de Biberman en la dirección, después de una extensa trayectoria en el teatro. Sus siguientes films no pasan de una relativa corrección y no obtuvieron demasiada notoriedad, así que se ve obligado a trabajar como guionista en producciones de bajo presupuesto. Hacia  1950 fue encarcelado durante varios meses por su negativa a prestar declaración frente a la Comisión de actividades antiamericanas. Su nombre, como ya señalaba, fue uno de los que formaba la lista de los 10 de Hollywood. A partir de aquí comienza, o al menos nos situamos en el capítulo más afamado e inclusive emocionante de la trayectoria del cineasta. Cargado de pasión y profundas convicciones políticas, y con la inestimable ayuda de su esposa, Gale Sondergaard, actriz que también fue víctima del MacCarthysmo, Biberman, despreciado por la gran industria decide filmar casi en la clandestinidad un film que denunciaba las duras condiciones vitales de los mineros en Nuevo Mexico. Las dificultades para la realización de la película, con graves obstáculos para encontrar financiación,  la detención de la actriz Rosario Revueltas durante la filmación, y los problemas de distribución ya parecen pertenecer a la leyenda, a una suerte de film paradójicamente realizado en Hollywood durante supongamos los años 70. Años después, Karl Francis realizó Punto de mira (One of the Hollywood men, 2000), protagonizado por Jeff Goldblum interpretando al realizador que precisamente suponía esa hipotética película que narraba las circunstancias que rodearon a la creación de La sal de la tierra.

La anécdota del film es cuanto menos emocionante, un grupo de mineros decide ponerse en huelga debido a la discriminación que sufren respecto a sus compañeros estadounidenses, después de un grave accidente. La huelga conforme los días se suceden se torna más dramática. En el camino las mujeres de los trabajadores empezarán a exigir también la igualdad, la necesidad de no quedarse en casa, ir a ayudar a sus maridos, luchar todos juntos. Después de las reticencias iniciales los hombres pronto comprenderán lo justo de la exigencia, y lo absurdo de la diferenciación entre género o clases.

Pese al transcurso de los años, ya más de 50 desde su producción, la empresa de Biberman nos sigue resultando cuanto menos romántica, casi un acto desesperado de heroico individualismo, que no deja de recordarnos a gente como Roberto Rossellini o Serguei M. Eisenstein, quienes tuvieron que endeudarse y sufrir diversas penurias para poder terminar sus trabajos. No es fruto del azar mencionar a estos dos cineastas, creo que la mirada de Biberman, al menos la del cineasta que filmó La sal de la tierra, está muy próxima a la del italiano y el soviético. La película creo que sabe encontrar su camino en cierta mirada soviética, en los postulados del neorrealismo, y no es difícil pensar en quizá Lo viejo y lo nuevo (Staroe i novoe, 1929), o algunos fragmentos de ¡Qué viva México! (1931)  como verdaderos precedentes.  Con ambos cineastas comparte  la necesidad de dar voz a los desheredados, a los necesitados, sacar las cámaras fuera del estudio, tratar de plasmar alejándose de cualquier floritura o impostura estética eso que podríamos denominar realidad sabiendo de antemano de la imposibilidad de filmarla. Su mirada esta llena de desgarro, de dolor pero también de una profunda esperanza, su sintaxis es absolutamente sobria, cada plano es el que la  narración precisa, cada mirada, cada gesto, cada palabra, nada parece producirse por casualidad; y sin embargo, y de ahí la importancia de estos autores, en ningún momento tenemos la sensación de asistir  a una historia previamente desarrollada, a unas acciones predefinidas, a una precisa planificación fílmica, al meticuloso trabajo de un grupo de actores que no son actores. En pantalla vemos a gente que en muchas ocasiones se interpretan a  si mismos, y que nada tienen que ver con el cine, los escasos actores profesionales son dirigidos hacia una suerte de emotivo anonimato, y con todos ellos los cineastas consiguen una especie de extraño equilibrio fascinante; creo que resulta imposible no emocionarse, aún a día de hoy, viendo a Esperanza, siempre detrás de Ramón, en silencio, cuidando a los niños en casa, y junto a las demás mujeres, casi como invisibles espectadoras, asistiendo al día a día de sus maridos en huelga frente a las minas. Biberman, Rossellini, Eisenstein, comparten además de la pureza estética, y unas profundas convicciones humanistas cierto didacticismo muy bien asumido, si bien pienso que el italiano y sobre todo el soviético poseen además una profunda mirada teórica, sus películas están llenas de conocimientos, formulaciones, inclusive hipótesis, y sus posteriores trayectorias nos muestran una más que notable evolución sintáctica, hablar de la obra completa de ambos es hacerlo de un irrefutable capítulo de la historia del cine, ¿podría entenderse a día de hoy el cinematógrafo si no se hubiesen filmado Roma, ciudad abierta (Roma, ciudad aperta, 1945) o El acorazado Potemkin (Bronenosec Potemkin, 1925)? Hay algo casi sacro en las filmografías de ambos realizadores, la trayectoria de Biberman resulta mucho más irregular, casi más incoherente, por eso resulta fascinante.

En EEUU la película no fue distribuida en salas comerciales hasta 1965, en Europa había obtenido un notable triunfo. Durante los años 60, Biberman se convierte en uno de los nombres míticos de la militancia fílmica, sin embargo, el poder catalogarle, casi controlarle, su mirada en los años 60,  profundamente políticos, se pierde fácilmente entre Shirley Clarke,  Marco Bellocchio o Chris Marker. Después de La sal de la tierra,  tuvo que esperar quince años para realizar una nueva película, Slaves (1969), también profundamente social y reivindicativa,que si bien en cierta medida trataba de continuar el camino emprendido, buscando recuperar los hallazgos de 1954, no dejaba de ser una reinterpretación de La cabaña del tío Tom excesivamente irregular. Tampoco en realidad en sus anteriores trabajos encontramos las huellas de un notable cineasta, por eso hay algo casi sobrehumano, mágico, en La sal de la tierra, un algo, unas circunstancias vitales, políticas, una necesidad de expresar un profundo mensaje humanista, pleno de progresismo. Reducir, sin embargo, los valores de este film a un contexto determinado me parece absurdo, posiblemente jamás Biberman había tenido tanta libertad, y nunca más la encontró-después del rodaje se arruinó y durante varios años trabajó como  arquitecto-nunca pudo filmar con tanta fidelidad a si mismo y a sus convicciones como en esta ocasión, y todas las dificultades que fueron presentándose en el camino lejos de desanimarle parecían darle más fuerza para cada nuevo día de rodaje. La utopía no está tanto en la libertad de los realizadores para construir durante las filmaciones sus películas, la utopía está en que esas obras consigan existir, y que La sal de la tierra exista me parece casi utópico.