La filmografía del sueco Ingmar Bergman fue hasta su reciente desaparición una obra en perpetuo crecimiento, en un proceso de evolución y perfeccionamientos continuos, que en los años 50 entró en un fructífero periodo de maduración que dio obras tan rotundas como Juegos de verano (Sommarlek, 1950), Noche de circo (Gycklarnas Afton, 1953), Sonrisas de una noche de verano (Sommarnattens Leende, 1955), El séptimo sello (Det Sjunde Inseglet, 1956), Fresas salvajes (Smultronstället, 1957) y El rostro (Ansiktet, 1958) —y que en los 60, con el punto de inflexión que supone Como un espejo (Sasom I En Spegel, 1961), llegaría a las imprescindibles cotas alcanzadas por la magnífica Persona (1966)—, contando, claro está, con la película que nos ocupa, Un verano con Monika (Sommaren med Monika, 1953).
Uno de los grandes intereses temáticos de Bergman, y que tuvo un peso fundamental en su obra durante los 50, es el de las dificultades de las relaciones amorosas. En lo que llama la atención Un verano con Monika es en que, en lugar de abordar las relaciones adultas, como en la mayoría del cine de su director, en esta ocasión se lanza a abordar un romance adolescente. Por supuesto, arrebatándole esas inaguantables dosis de irrealidad con la que las películas suelen tratarlo, mostrando en cambio el amor quinceañero en toda su intensidad, con sus momentos buenos y sus momentos malos, con todo el dolor y las consecuencias negativas de los comportamientos hormonales. Y es que, igual que no pone cortapisas a la hora de mostrar toda la sensualidad y el arrebatado deseo sexual que se produce en una relación de este tipo —en su momento, los fugaces desnudos de Harriet Andersson levantaron una tremenda polémica, provocando la prohibición del film en algunos países—, tampoco maquilla los resultados de la desaparición del deseo, cuando la cruda realidad cae como una auténtica losa sobre esa especie de mundo paralelo que crea el enamoramiento juvenil. En esa época, dice Bergman a través de sus personajes, todos jugamos a ser adultos, pero cuando la vida nos obliga a dar un paso adelante y serlo de verdad, no todo el mundo es capaz de asumir la pérdida de la ilusión juvenil.
Como suele ser habitual en muchos de sus films, el director usa el contraste entre la ciudad y el campo como metáfora de la relación en ciernes entre los dos protagonistas, definiendo la liberación de barreras sociales que supone mediante ese cambio de entorno, concretado en ese viaje en barca que nos va mostrando la mutación del escenario, paso a paso, de forma progresiva. Así, por un lado la ciudad es visualizada con frialdad, con cierta distancia, definida como un lugar donde es imprescindible cumplir una serie de normas y de roles sociales previamente asignados; en cambio, el campo nos es mostrado con tono idílico, cálido, imbuido de una belleza salvaje e indomable que se va adueñando de la relación entre los protagonistas, al ir empapando a la ya rebelde Monika. Sólo hay que ver cómo, una vez liberada de las imposiciones de comportamiento por parte de su entorno familiar, la chica se vuelve cada vez más y más primitiva pero, a la vez, también más sensual. La escena clave para dicho proceso de transformación es aquélla en que Monika, hambrienta, roba un trozo de carne estofado de una casa habitada, mostrando el aspecto y el comportamiento de alguien criado en plena selva. Nada que ver con Harry que, pese a la liberación personal que supone el viaje y a las necesidades básicas que se ve obligado a cubrir sin recurso económico alguno, no pierde en ningún momento la compostura ni, claro está, no deja atrás su comportamiento cívico, correcto y también algo almidonado.
Precisamente, a medida que avanza el metraje de Un verano con Monika, Bergman va incidiendo cada vez más en las diferencias entre los protagonistas, lo que en principio —y, en parte, porque el entorno social consigue que sean menos evidentes— hace que se sientan atraídos el uno por el otro pero, al final, a medida que se agudizan, acaban separándolos de forma definitiva. Monika es una chica ardiente, apasionada, criada además en una familia numerosa donde siempre recibía la atención de alguien y, por eso mismo, al final de la película se ve incapaz de estar sola, de asumir el no sentirse deseada y tener que prestar atención, pero no recibirla. En cambio Harry, criado solamente por su padre y su estiradísima tía, ha heredado una frialdad interior que le hace mucho más desapasionado que su pareja, menos exigente, siendo capaz de renunciar a sus sueños y sus deseos para hacer feliz a la gente que tiene alrededor. Una actitud, a primera vista, más encomiable que la de Monika; en realidad, más ajustada a la sociedad materialista en la que vivimos, y por eso mismo mucho menos humana, más conformista, menos vital.
Claro, que para transmitir la evolución interior de los personajes resulta imprescindible que los actores ofrezcan una capacidad tan encomiable de reflejar su evolución interior, que les permite pasar sin solución de continuidad de la ilusión un tanto adolescente del principio a la adulta melancolía de la parte final del film. En ese sentido, son especialmente significativos los últimos primeros planos, sobre fondo negro, que Bergman dedica a cada uno de los protagonistas: en el suyo, Harriet Andersson muestra un abismo de melancolía, un dolor irremediable que, parece anticiparnos el director con su habitual sutileza, no va a encontrar alivio en el resto de su existencia; cuando es Lars Ekborg el protagonista, en cambio, hay una tristeza resignada por el paso del tiempo que, aun así, está teñida de cierta esperanza que no deja de ser típica de un conformista como él. No hay final feliz cuando se trata de madurar, nos dice el director, con sarcástica tristeza.