La Isla del Lago de Innisfree
Me levantaré y me pondré en marcha, y a Innisfree iré,
y una choza haré allí, de arcilla y espinos:
nueve surcos de habas tendré allí, un panal para la miel,
y viviré solo en el arrullo de los zumbidos.
Y tendré algo de paz allí, porque la paz viene goteando con calma,
goteando desde los velos de la mañana hasta allí donde canta el grillo;
allí la medianoche es una luz tenue, y el mediodía un brillo escarlata
y el atardecer pleno de alas de pardillo.
Me levantaré y me pondré en marcha, noche y día,
oigo el agua del lago chapotear levemente contra la orilla;
mientras permanezco quieto en la carretera o en el asfalto gris
la oigo en lo más profundo del corazón.
W.B.Yeats
Ver de nuevo este clásico es siempre un placer renovado. Es, por decirlo con rotundidad, una obra maestra y un canto a la vida y al amor, tal como describe el poema que encabeza estas líneas. Pero no es sólo una película sobre el amor si no también sobre el regreso al hogar y sobre los conflictos de la vida en comunidad. El final ya se vislumbra desde los primeros minutos de metraje pero eso no impide que disfrutemos de cada una de las escenas de esta fascinante película, salpicada de un cierto aire sobrenatural (por su ambiente idílico y pastoral), con una puesta en escena invisible, como escribiera Truffaut [1], y apuntalada por una fotografía soberbia de Winton C. Hoch, quien —como escribe Javier Coma—, fue el mayor especialista en la “visualización cromática” [2] de la época.
La historia no puede ser más sencilla: cuando Sean Thornton regresa a su pueblo natal en Irlanda, Inisfree, huyendo de su conciencia para intentar recomponer su vida, no sabe aún que va a encontrar en sus raíces la auténtica felicidad. Es el padre Lonergan el que se encarga de relatarnos esta historia sobre la integración de Sean Thornton en esta pequeña localidad cargada de sutiles —pero también de contundentes— costumbres e idiosincrasias. Toda la estructura narrativa parece hacer referencia al viaje homérico de Ulises al regresar a Ítaca para reconquistar el amor de Penélope, como nos ha sugerido la inteligente lectura de nuestro amigo José María López Ruiz. Prueba de ello es la siguiente escena: Michaeleen (el casamentero, chofer y recaudador de apuestas), al ver la cama del héroe después de la noche de bodas con la díscola Mary Kate Danaher (una espléndida e inolvidable Maureen O’Hara), exclama, refiriéndose a éste: “impetuoso, homérico”. Quedando así expresado el gusto de John Ford por los clásicos y su intención de fusionar la nostalgia por su tierra con una historia de formato tradicional y resonancias míticas [3].
John Ford nos va desgranado, de esta manera, el difícil proceso de casamiento de Sean Thornton, quien debe seguir escrupulosamente, para regocijo de los habitantes del pueblo —y también de los espectadores—, las costumbres y los hábitos del lugar. Y es que en una comunidad tan pequeña y cohesionada, uno no puede dar un paso vital sin la aprobación de sus semejantes Este hecho da pie a Ford para presentarnos las escenas más jocosas de la película, aquellas que mejor definen su pasión por el cine: las fiestas y reuniones en un bar, las discusiones infinitas, los bailes y las peleas. Pero es también la prueba de que Ford no solamente está contando una historia, sino que está presentando un sueño: el suyo propio, en el que se presenta volviendo a la tierra de sus ancestros.
Recordemos el argumento para los que no hayan tenido ocasión de disfrutar este clásico: Sean Thornton, ex-boxeador profesional, regresa a su tierra natal con el propósito de rehacer su vida y de superar su trauma por haber matado a un hombre accidentalmente. Podemos encontrar aquí, por ejemplo, cierto paralelismo con el excelente drama de Sean Penn, Cruzando la oscuridad (1995), en relación con los problemas de conciencia que provoca el homicidio involuntario causado por los protagonistas de ambos filmes. Pero Sean Thornton, lejos de la obsesión que consumía al protagonista de Cruzando la oscuridad, es un luchador: no se va a rendir, no va a dejarse llevar por el tormento, sino que va a intentar integrarse en la comunidad y va a descubrir el amor y el efecto terapéutico de luchar por conservarlo. Este espíritu de superación está retratado en otras películas de John Ford: Cuna de Héroes (1955) y Escrito bajo el sol (1957) serían dos señeros ejemplos. Fuera de la filmografía fordiana también hay varias películas que tratan del esfuerzo personal por cambiar de vida y del espíritu de superación implícito en dicha empresa. No vamos a enumerar todas pero sí nos gustaría destacar Sin perdón (Clint Eastwood, 1992), Atrapado por su pasado (Brian de Palma, 1993), o Una historia de violencia (David Cronenberg, 2005), en las que no sólo se les interponen obstáculos a los protagonistas —obstáculos que les dificultan su propósito y que ponen a prueba su voluntad de cambio—, sino que, precisamente, sólo a través del retorno a su violento pasado, pueden emprender una nueva vida.
A pesar de ser una gran historia de amor, ésta se diluye en una fábula coral donde todos los personajes tienen cabida e importancia en la trama. El forastero pronto hace amigos dentro de esta población, debido a su carácter pacífico y sociable. Además, se une el hecho de tener como enemigo, desde el principio, a uno de los hombres más temidos y respetados del pueblo: el hermano de su amada, Will Danaher. Y es precisamente este personaje el epicentro de esta historia de amor [4], el que da sentido y provoca buena parte de la trama, pues es él el que va a intervenir y poner todo tipo de reparos al enlace.
La película ofrece, además, una estampa maravillosa de personajes y caracteres secundarios, magníficamente interpretados por algunos de los habituales de la filmografía de este irlandés: Ward Bond como el narrador Lonergan, Victor McLaglen como el iracundo Will Danaher —el hermano de Maureen O´Hara en la cinta—, y Barry Fitgerald como el simpático borrachín Michaeleen Flynn). Todo el largometraje está salpicado con los colores del costumbrismo, que humedece la estética irlandesa de la cinta con un evidente espíritu burlón (lo que la emparienta con, por ejemplo, La fierecilla domada), producto en parte, como no podía ser de otra manera, de las costumbres bebedoras de tan combativo pueblo: el irlandés. Es este aspecto lo que permite a Tasende establecer una comparación con la comedia musical [5]. Comparación que, a nosotros, nos parece muy acertada, pues ¿qué diferencia existe entre coreografiar una pelea o un baile? Son estos los ingredientes fundamentales para una buena comedia irlandesa, tal y como los enumeró Chesterton: ingenio, chismorreo, sátira, peleas familiares y algunas dosis de orgullo.
Toda la película es, pues, un canto a las tradiciones irlandesas [6]. Además, muchas cintas reflejan el drama de la inmigración (tanto italiana como irlandesa en USA), pero pocas reflejan la inversa, la vuelta a las raíces, y éste es el caso de El hombre tranquilo. Este acogedor y apasionado cuento está lleno de pequeños detalles que lo hacen irrepetible. Sin lugar a dudas, es una de las mejores películas de la historia del cine ya que, además de estar realizada con sumo cuidado, con una puesta en escena perfecta, con unos diálogos ingeniosos, unas interpretaciones brillantes, y una música genial del siempre excelente Victor Young, nos permite alegrar cualquier velada que, en un principio, hubiera estado abocada a la desidia o a la melancolía [7].
Esta nostálgica fábula aboga por la vuelta a lo rural, a la vida sencilla, a la verdadera vida sencilla, de la que tanto han hablado los escritores de fuerte raigambre social. El guión es una adaptación de Frank S. Nugent de una historia de Maurice Walsh titulada Green Rushes, y mereció la nominación al Oscar. Como nos recuerda Javier Coma, el ascenso expresivo de Ford tras la Segunda Guerra Mundial, con su productora Argosy, no se puede explicar sin la colaboración de talentos como el de Frank Nugent, «uno de los grandes guionistas del periodo clásico de Hollywood» [8]. Por otro lado, Ford y Nugent tuvieron que trabajar duramente la historia original de Walsh para transformarla en una comedia, como afirma en la imprescindible entrevista que concedió a Peter Bogdanovich [9].
Por todo ello, este largometraje, qué duda cabe, ha dejado una huella considerable en la historia del cine y numerosos directores han reconocido sentirse influidos tanto por él como por su director. Como Clint Eastwood, que rindió tributo a John Ford con la dramática Million Dollar Baby (2005), en la que, en boca del personaje interpretado por él mismo, evoca el poema de W.B. Yeats La Isla del Lago de Innisfree. No podemos olvidar que John Ford era hijo de irlandeses (su padre era original de Spiddal, en el condado de Galway, y su madre de las Islas de Aran). Hay varias semejanzas, pues, entre la vida relatada por el protagonista y la del propio director. Así, podemos observar que Sean Thornton estuvo viviendo en Inisfree hasta los doce años mientras que John Ford, por diversos problemas, tuvo la existencia dividida entre Portland e Irlanda hasta esa misma edad. De ahí que realizara varias películas en honor de su ascendencia irlandesa: El delator (1935) o La taberna del irlandés (1963) entre otras, si bien cabe apreciar un cambio sustancial en el tratamiento de su mitificada Irlanda: de los primeros filmes combativos, más históricos, sobre Irlanda [10], Ford se desliza hacia una posición mitológica o, mejor dicho, Ford mitifica el sustrato histórico de sus filmes, consiguiendo alimentar las necesidades épicas del espectador.
No nos sorprende que Orson Welles aclamara que sus tres directores preferidos eran “John Ford, John Ford y John Ford”, ya que es uno de los grandes directores de toda la historia del cine, y tiene en su haber más de diez obras maestras dentro de su extensísima filmografía, en la que abarca todos los géneros cinematográficos. Así, tenemos joyas como: Las uvas de la ira (1940), Que verde era mi valle (1941), El delator (1935), Mogambo (1953), Centauros del desierto (1956), El sargento negro (1960), Dos cabalgan juntos (1961), El hombre que mató a Liberty Valance (1962), Pasión de los fuertes (1946) [11]. No es de extrañar que, además del Oscar del propio Ford —como mejor director—, la película recibiera sendas nominaciones de la Academia: mejor película, mejor actor de reparto (Víctor McLaglen), y mejor guión (Frank Nugent), entre otras, además del Oscar conseguido por el trabajo del director de fotografía (que recibió junto con Archie Stout).
Culminamos suscribiendo la interpretación que, de El hombre tranquilo, presentan dos de los mejores analistas de la filmografía fordiana, Joseph McBride y Michael Wilmington: «El hombre tranquilo es una forma de enfrentarse al dolor, a la ignominia y al caos de la vida. Es la más convincente y hermosa afirmación de Ford» [12]. No podemos sino confesarnos cómplices ante tan certera síntesis de este poderoso y hermoso fresco cinematográfico.
[1] Truffaut, F., Las películas de mi vida, Mensajero, Bilbao, 1976, pág. 83.
[2] Coma, J., El esplendor y el éxtasis. Historia del cine americano. (1930-1960), Alertes, Barcelona, 1993, pág. 128.
[3] Vid., también, Torres-Dulce, E., “Homero en Texas: The Searchers”, en Nickel Odeon, nº 26, primavera 2002, págs. 54-63.
[4] El mismo Ford la definió como «la primera historia de amor que he intentado hacer, una madura historia de amor» y como «la película más sexy que se ha hecho» (McBride, J. y Wilmington, M., John Ford, JC. Editores, Madrid, 1984, pág 113-114).
[5] Tasende, J.M., Acción! Memoria de un espectador. El cine de John Ford, Polígrafa, Barcelona, 2007, pág. 141.
[6] Así, nos describe al típico bebedor contumaz —un espléndido y tierno Michaeleen—; el dualismo religioso entre católicos y protestantes —aquí bien avenidos—; el problema del IRA; el hermano terrateniente de Mary Kate…
[7] Joseph McBride y Michael Wilmington explican así la situación: «no existe un gobierno oficial en esta comunidad, ni un alcalde, porque el orden surge de forma natural a partir de la aceptación de los papeles tradicionales por parte de los habitantes del pueblo», (op. cít., pág 122). Es de destacar también la similitud entre esta película y alguna de las convenciones del western, pues donde en las cintas del oeste hay saloons y whisky, aquí encontramos pubs y cervezas. Estaríamos, pues, ante otro western de Ford pero trasladado a la verde Irlanda.
[8] Coma, J., El esplendor…, op. cít., pág. 57.
[9] Bogdanovich, P., John Ford, Fundamentos, Madrid, 1991, pág. 89.
[10] Vid. Essenberg, E., “El irlandés luchador”, en Nickel Odeon, nº 26, primavera 2002, págs. 75-78.
[11] En el número especial sobre John Ford de la revista Nickel Odeon (nº 26, primavera 2002, pág. 224), se eligieron las mejores películas de este director. La cinta más votada fue El Hombre Tranquilo, a la que siguieron Centauros del desierto, El hombre que mató a Liberty Valance, La Diligencia, por número de votos.
[12] Coma, J., El esplendor…, op. cít., pág 128.