Cuando Jean Renoir se decidió a adaptar la novela de Rumer Godden El río, llevaba diez años fuera de su Francia natal. Con el inicio de la Segunda Guerra Mundial había emigrado a Estados Unidos en donde rodó cinco largometrajes: en 1941 Aguas pantanosas (Swamp Water), en 1943 This Land Is Mine, en 1945 The Southerner, en 1946 Memorias de una doncella (The Diary of a Chambermaid) y The Woman on the Beach. Su estancia en Estados Unidos se tradujo en un dispar enfrentamiento con los productores y la forma de trabajo en cadena propia de los grandes estudios. Cansado de este modelo de trabajo y de que en Estados Unidos esperaran de él películas al estilo de La gran ilusión (La Grande Illusion, 1937) o La regla del juego (La régle du jeu, 1939)cuando a él no le interesaba nada volver sobre una forma de narración que, aunque adelantada para su época, poco le interesaba entonces. Renoir necesitaba un respiro, un renacimiento, casi tomando prestadas las palabras del capitán John en El río "En cada cosa que os sucede, en cada persona que os encontráis que adquiere importancia ante vuestros ojos, o bien morís un poco, o bien renacéis" o las de Harriet en la novela de Rumer Godden, cuando el capitán John le regala un ejemplar del periódico La voz de Calcuta, en donde aparece publicado un cuento suyo y afirma: "Será como el día de mi segundo nacimiento" [1].
La lectura de la novela de Rumer Godden, publicada por primera vez en 1946, le indujo a pensar en una posible adaptación y un rodaje de la misma en la propia India —una India recién independizada de la corona británica—, que pudo conocer durante dos años antes de iniciar el rodaje. Tras varios y lógicos problemas de financiación para un proyecto que nadie quería, aunque él pudiera pensar que era una película apetecible para los grandes estudios, se encontró con un encadenado de negativas, debido a la “ligereza” de la trama, en donde no existen grandes dramas, ni aparecen cacerías de elefantes. La fortuna se alió con Jean Renoir cuando en 1949 un comerciante de flores, Kenneth McEldowney, enamorado de la novela, quiso comprarla para producirla. Cuando se enteró de que los derechos estaban en manos de Jean Renoir, se puso en contacto con él. El director de La regla del juego aceptó dirigirla con cuatro condiciones «que me ofreciera un viaje de reconocimiento a la India, que pudiese escribir el guión en colaboración con al autora de la novela, que no hubiera cacería de elefantes y, por último, que tuviese la última palabra en el montaje» [2]. Para Renoir, además, iba a suponer su primera película en color.
A pesar de que la novela de Rumer Godden se basó en experiencias autobiográficas, la escritora y el director colaboraron en la redacción de un guión que, aún manteniendo la estructura episódica de la novela, elimina algunos episodios, crea otros diferentes, reduce la aparición de algunos personajes, amplia la de otros, en un ejercicio que muestra que Jean Renoir tenía en la cabeza una película muy particular, incluso una forma personal de entender la historia.
La novela de Rumer Godden, de poco más de 150 páginas, mantiene la presencia de una voz que relata un pasado, en cierta manera idílico, en una tierra alejada de “la guerra..., de esta guerra..., de la guerra pasada..., de cualquier guerra..., no importa que guerra.” Es en un periodo de unos meses en los que se desarrolla el arco de la novela, en el que se produce el cambio en una joven, quien durante los meses de invierno -el Diwali de la India- pasa por un proceso de cambios físicos y madurez, percibida por la forma de entender el entorno.
Pero las diferencias con la película son notorias. Anotaremos las principales:
• El personaje del capitán John está presente desde el principio; no es, como en la versión cinematográfica, un personaje venido de fuera. Cuando la novela finaliza, el capitán John piensa en irse pero todavía no lo ha hecho.
• La presencia de Bogey es más constante en la novela, hay una mezcla de niño juguetón y de niño con enorme curiosidad y entusiasmo en la búsqueda de una cobra para amaestrarla. Sí es cierto que apenas añade nada a lo que aparece elípticamente retratado en la película.
• El personaje de Melanie en la novela apenas tiene fuerza, no es más que un pequeño apéndice a los personajes de Henrietta (Harriet en la película) y Beatriz (Valerie en la película). En cambio, en la película mantiene mucha mayor fuerza y es partícipe de una de las mejores escenas de la misma, aparte de ejercer una mayor influencia sobre el capitán John.
• En cuanto a diversas situaciones variadas es de destacar que la relación entre el capitán John y Harriet se encuentra más condensada en la película que en la novela. Sin afectar al desarrollo final sí habría que añadir que las lecturas de los poemas de la adolescente al capitán John no producen rechazo instantáneo por parte de éste incluso, como ha quedado señalado anteriormente, el propio capitán John admira la facilidad de la joven para escribir y consigue que uno de sus poemas sea publicado en el periódico “La Voz de Calcuta”.
Esto nos lleva al mayor cambio acontecido entre película y novela: el final. En la película, tras la muerte de Bogey, Harriet huye en una barca, que efectúa la forma de viaje catártico, de verdadera resurrección. El capitán John irá en su búsqueda y la devolverá al hogar paterno. Pero en ese encuentro se produce la aceptación del capitán de que solo tiene una pierna y que deberá vivir con ella el resto de su vida y que deberá aceptar en ocasiones la ayuda de quienes le rodean; en esta situación concreta, la de Harriet para acercarle el fuego y encender un cigarrillo y, más tarde, para levantarse. El capitán John besará la frente de la joven en un beso que ella considera un beso como el que le dio a Valerie, un beso de adulto, pues ha comprendido que ya es una mujer. Una elipsis nos lleva a la primavera y con ella el nacimiento de una niña y las primeras cartas del capitán John a las tres jóvenes, que éstas arrojarán al suelo ante la llegada de la nueva niña.
En cambio en la novela, la última escena presenta al capitán John y a la joven cuando la niña ya ha nacido. Ambos dan un paseo de noche en el que la joven va a enseñarle al capitán las luciérnagas. Antes de salir, se despiden del bebé. Pasean por una aldea, antes de llegar a otra, en lo que parece un largo paseo, en donde los aldeanos todavía trabajan moliendo el arroz. De regreso a la casa, le pregunta al capitán las razones de su próxima marcha, antes de leerle un poema y que el capitán parta definitivamente afirmando: “No podemos detener los días ni los ríos”. Después, ya sola, Harriet se acerca a un árbol y saca de una hendidura una bolita de estaño que representaba su mundo.
Hay dos pequeñas apreciaciones más a señalar. La conversación entre la madre y Harriet sobre la maternidad, en la novela contiene la presencia de Valerie, lo que resta ese aire de intimidad que tiene la conversación madre e hija en la película. Por último señalar que la continua presencia de Marco Antonio y Cleopatra como citas ensoñadoras de Harriet es producto del guión, no apareciendo para nada en la novela.
La película de Jean Renoir comienza con una presentación-invitación, que creo central sobre lo que le director pretende, que no es otra cosa que lo que Bazin señaló acertadamente para encuadrar El río: «El problema de la confrontación entre Oriente y Occidente no está estudiado bajo el aspecto de la evolución económica y política, ni siquiera bajo el de la historia, sino exclusivamente desde el punto de vista de la espiritualidad religiosa. La India no ha desempeñado más papel que el de de un decorado, pero de un decorado moral más que geográfico. Su presencia silenciosa, a la que los protagonistas no prestan más que una atención distraída y familiar, influye secretamente sobre su espíritu como un campo eléctrico que desvía la aguja de la brújula» [3]. Este prólogo anterior a los títulos de presentación dice: "En India, en ocasiones especiales, para honrar a los visitantes, las mujeres decoran el suelo de casa con arroz, harina y agua. Con este 'rangoli', les damos la bienvenida a esta película, filmada enteramente en la India, en Bengala, donde tuvo lugar la historia". Vemos pues, que Renoir busca, desde el principio una invitación a sumergirse en la India, no a mostrar las diferencias sino que su búsqueda sea la conjunción de dos miradas. Así, mientras la película viene narrada desde los recuerdos de una mujer adulta sobre unos momentos vitales en su vida, Harriet, Renoir se inmiscuye muchas veces en la narración para mostrar escenas de rituales indios dejando claro que «El río no debe considerarse una película sobre el panteísmo hindú, sino una obra sobre la atracción que el panteísmo ejerce sobre la mentalidad occidental» [4]. El inicio de la película muestra al río y a sus habitantes y trabajadores navegando en él, uno de ellos es el niño amigo de Bogey, Kanu, y solo la voz en off señalará: "Para los hindúes, todo el universo es Dios. Y como Dios está en todas partes, es normal adorar árboles, piedras, ríos... Todos manifiestan la presencia del Supremo", idea remarcada después al señalar las propiedades de la diosa Kali como "diosa de la eterna destrucción y de la creación, creación que es imposible sin destrucción (...) A través de la destrucción de los elementos del mal, nace el bien".
La familia protagonista de la película —los padres, cuatro niñas, una adolescente, un niño, a los que hay que sumar la presencia de Valerie y de Melanie, principalmente— vive en una suerte de limbo con el que observan su alrededor sin comprenderlo en su totalidad, pues no forman ni quieren formar parte de él, pero sin molestarlo. Tanto Harriet, como sus padres, y como Valerie, son personajes inmaculados hasta la aparición de un personaje herido —no sólo físicamente—, el capitán John, que ejerce de contrapunto necesario para que el dolor aparezca como forma de superación y de inmersión en el ritual vida-muerte-vida, al que hace referencia Renoir con la larga secuencia del ritual de la diosa Kali.
El capitán John ejerce de vórtice para las tres jóvenes, Harriet, Valerie y Melanie. Las tres dudarán de sus sentimientos hacia el capitán, dudarán de si realmente le aman. Pero sólo Melanie hará titubear al capitán John, y le hará comprender que tiene que aceptarse como es. Pero hasta llegar a comprender el universo de la India, el capitán pasará por una serie de pruebas sintetizadas en el cuento que narra Harriet en presencia del capitán y de Valerie. La joven preguntará, tras su lectura, "¿Cómo se escribe 'conclusión'?", el capitán responderá "¿Por qué no 'fin'?", y Valerie rematará "No es el final, no tiene fin. Vuelve a empezar con el nuevo bebé", remarcando que el capitán apenas ha comprendido nada del cuento, nada de una realidad que le es completamente ajena. A continuación, el capitán John y Valerie jugarán a lanzarse el aro y el capitán caerá al suelo, remarcando su carácter de lisiado, rechazará la ayuda de la joven Valerie, negación de su situación, solo superada cuando Melanie le haga comprender su situación y aceptar sus limitaciones. El capitán —en una secuencia espléndida, planteada como un juego— la seguirá, mientras Harriet y Valerie observan desde distintos ángulos una persecución de la que serán parte. Señala la voz de una Harriet adulta: "El encantamiento empezó y terminó en el jardín. De repente huíamos de la infancia, precipitándonos al amor". El capitán persigue a Melanie. Harriet se esconde tras unos arbustos para dejar pasar a Valerie. El capitán, cansado, se sienta, y observa a Melanie, mientras vuelve la voz de Harriet. " Melanie, como una coneja... Vacilante, desconcertada... ¿Se arrepentía de haber huido? El capitán, taciturno y afectado de nuevo en su torbellino de dudas. Yo con mi sofisticado ramo... Esperando mi oportunidad. Valerie... Tan impetuosa...". En ese momento Valerie se acerca al capitán y se besan, beso que ven Harriet y Melanie. "Fue mi primer beso, solo que lo recibió otra. No lo pude soportar". Se quedan solos los dos, Valerie llora. El capitán cree que llora porque él se va a ir. Ella le dice: “No lloro porque te vas. Lloro porque se va.” “¿El qué?”, pregunta el capitán. “Este.... estar juntos... En el jardín. Todos felices y tú aquí con nosotros. No quería que cambiara... Y ha cambiado. No quería que terminara.. Y lo ha hecho. Era como un sueño. Ahora lo has hecho real... No quería que fuera real”, comprendiendo la joven que ese beso supone la apertura de una puerta nueva. Hay una aceptación de esta situación en todos los personajes intervinientes. Habrá que esperar a la escena final de la película para que sea Harriet la que sienta lo mismo, cuando el capitán John solicite su ayuda para levantarse, ella sabrá que el beso en la frente que le acaba de dar el capitán es un verdadero beso, como el que le dio a Valerie, completando ese proceso.
Pero si hay un personaje que camina entre dos mundos, que busca explorar y experimentar con una identidad ajena, es el único hermano de Harriet, el pequeño Bogey. Al principio de la película, la niñera le dice a Bogey. “Ven a aprender ortografía como Elizabeth”. El niño contesta: “No me gusta. Me gustan las tortugas”, mostrando que quiere ser diferente, en un iniciático proceso de verdadera inmersión en la cultura india, mostrado por su obsesión en acercarse a las cobras para poder amaestrarlas, tal cual ha visto hacer a los encantadores de cobras. Es el único que logra salir del caparazón en el que vive toda su familia, que logra tocar otra realidad, aunque ello le cueste la vida en una escena realmente modélica en la que Jean Renoir muestra las peripecias de Bogey, con un tazón de leche, su flauta y su inseparable amigo Kanu. La cobra hace aparición y en un limpio corte Renoir muestra a Harriet durmiendo, luego a la madre, a continuación a las cuatro hermanas en tres planos diferentes, para volver a Harrieet que acaba de despertar. La muerte de Bogey ha aparecido entre esa sucesión de planos, una muerte compensada por el nacimiento meses después de una nueva niña, en una sucesión de vida-muerte-vida, remarcado por un plano final en el que la cámara supera a las tres niñas para integrar y armonizar dos realidades diferentes en un único punto, el río.
[1] Rumer Godden, El río, versión española de León Felipe, Ediciones Grijalbo, 1976, p.94
[2] Jean Renoir, Mi vida, mis films, Fernando Torres Editor, 1975, p. 191.
[3] Andre Bazin, Jean Renoir. Periodos, filmes y documentos, 1999, Paidós, Barcelona, p. 104.
[4] Ángel Quintana, Jean Renoir, Cátedra, Madrid, 1998, p. 237.