The world in his arms (Raoul Walsh, 1952)

Por Antoni Peris i Grao

Imágenes–fuerza

Había una foca en una bañera, y un esquimal que repetía “¡voy, voy!”, y montones de peleas, y dos contramaestres que emborrachaban a la tripulación rival para secuestrarla y una impresionante carrera de dos bergantines sobre las olas en pos de la mejor caza de focas de la temporada y, por encima de todo, un rescate de la chica con todos los marinos reventando las cristaleras de la iglesia y salvándola para su capitán antes de una boda infame con el ruso malo. Soñé con aquella película después de haberla vista en la infancia, después de haber olvidado su certeza, pero siempre viviendo en su emoción, en su ritmo, en el trepidar de todas y cada una de sus imágenes (que superaban a una pareja estelar tan sosa como Ann Blyth y Gregory Peck). La recuperé años más tarde, con ansia, con temor a una obscena decepción. Con la sensación de que ante mí iban a desmoronarse mis sueños y caprichos de infancia. Pero no fue así, la magia se mantuvo y me arrebató de nuevo. Walsh me puso de nuevo el mundo en mis manos.

Era el mismo director que hiciera vibrar los años 20 a finales de los 30, el mismo que obsequió los 40 con una serie de obras maestras (de High Sierra a Murieron con las botas puestas, de Gentleman Jim a Objetivo Birmania, de Colorado Territory a White heat). Y eran el guionista Borden Chase y era Anthony Quinn y era John McIntire. Walsh, uno de aquellos autores inclasificables (si no fuera por que le cuadran perfectamente los adjetivos de maestro o de clásico) y todo un personaje que rodó centenares de cintas entre el silent y el sonoro. Alguien que se curtió como persona y como profesional del cine en el salvaje Oeste y que rodó en todos los sentidos (como pretendieran Huston o Welles) por muchos espacios y muchos mundos. Su cine, era un cine del vigor, de la inmediatez, pero sin carecer nunca de la profundidad, del instinto para acompañarse de buenos guionistas y zambullirse en los sentimientos de sus personajes. Así, más allá de las bromas que lucían las peleas entre el Hombre de Boston y el Portugués, Walsh dejaba claro su amor por el trabajo bien hecho, por la perseverancia, por la honestidad y la justicia social, un sentido ecológico avant la lettre y, sobretodo, su alta valoración de la amistad. El mundo en sus manos no sólo es una de sus obras maestras. Es, para mí, la encarnación de la aventura (junto a Los vikingos de Fleischer o al Far County de Mann) y representa un modo irrepetible de obsequiar al espectador imágenes y sentimientos. Es un director de imágenes–fuerza.

Mi entusiasmo sobre El mundo en sus manos me lanzaría a un extenso artículo de la misma, de duración superior a la recomendable. Les promete extenderme en ella tanto como quieran si así me lo hacen saber. Sin embargo, permítanme ahora una digresión no en torno a Walsh o a la película sino en torno a sus pretendidos herederos.

No hallaron el trazo de la canción de Walsh vanos artífices como Zemeckis. Lucas o Spielberg, quienes en sus mejores momentos no hicieron sino imitar al maestro. Pero, sin embargo, a años luz de Raoul, quien le admira actualmente es alguien que aparentemente se halla en las antípodas de su cine. Pedro Costa, autor de Juvemtude en marxa (obraadmirada y underground por lo que tiene de oculta en todos los sentidos, en su interior y a la par en la dificultad de acceso a un visionado), reivindica tanto la profesionalidad de autores como Walsh como muchos de sus argumentos vitales, de la amistad a la solidaridad y la justicia social.

Y ello me da pie a una insólita reflexión. Por que, de modo opuesto a otros años, al  confeccionar el listado de los 50, me he sentido arrastrado a confeccionar un listado que pretendía evitar, un compendio guiado más por los sentimientos que por la razón. Se puede valorar el cine, como la vida, con rigor y con criterios estéticos, con base científica o sociológica. Pero me he dejado llevar, abandonando a Casavettes, a Jean Rouch, al ímpetu de la Nouvelle Vague y a la gloria neorrealista italiana. He menospreciado a Dreyer y a Sirk, a Ozu y a Ray (a Satjarit; no olvidé a Nick), infravalorado a Hitch e incluso marginé la escalofriante historia de las vainas de Siegel y la reina africana de Huston. ¿Qué por qué? Por que los 50 representan para mí, son para mí, el referente inmediato de la capacidad icónica del cine, la esencia de la potencialidad de sus imágenes y de su imaginario. Un imaginario que se acerca,  más allá de melancolía y batallitas, más allá de que se tratase de las pelis vistas en la infancia y recuperadas en la adolescencia. Se trata de un imaginario que refleja mi inocencia como espectador. Un conjunto de escenas que eran vistas por mis ojos y sentidas por mi de modo primigenio. Y no hablo ya del vigor hollywoodiano de Walsh o de Ford. Hablo de imágenes – fuerza de Kurosawa (el funcionario en el columpio, misión cumplida, esperando la muerte), de Hitch (la planificación de los puntos de fuga durante la espera de Cary Grant, el hombre que nunca existió, en las llanuras del Medio Oeste), de Ophuls (el barroquismo de Lola Montes), de Buñuel (la miseria en blanco y negro de los rostros embrutecidos de Los olvidados), de Sirk (el frenesí colorista y doloroso en Written on the wind, Magnificent Obsesión o Tarnished Angels). Esa fuerza que surgía de las imágenes para dirigirse al punto más profundo del alma no dependía de una industria. Dependía de unos creadores que contagiaban su pasión con el uso de la cámara.

Y me pregunto ahora si, como dice el tango, 20 años no son nada y en ese tiempo seguiré sintiendo las mismas emociones. Y, por otro lado, me intriga saber si el espectador actual seguirá sintiendo la misma emoción, el mismo desasosiego, la misma rabia o el mismo dolor, dentro de 20 años, al contemplar las imágenes que ahora nos excitan y nos desbordan. ¿Nos acompañarán en 20 años, a mi mismo y a los espectadores más jóvenes, los sentimientos que nos despiertan ahora las imágenes de Pedro Costa, Jian Zhang Ke, Tsai Ming Liang, Wong Kar Wai o Gus Van Sandt?. Entendámonos, aun hoy emociona el vuelo en escobas de Milagro en Milán, la espiritualidad de Ordet, la complejidad de Hiroshima, mon Amour, el travelling final de los 400 golpes o el drama de Viaggio in Italia. Tanto como las carreras del Hombre de Boston o los duelos a contrapie de Johnny Guitar. Pero las idas y venidas solitarias de Ventura, el hombre tranquilo de Cabo Verde, que parece buscar una sobrina perdida a los indios, parece entregar su alma más a la memoria intelectual que a la memoria de la imagen. ¿Pervivirá? Quisiera pensar que sí, que el cine cambia pero que su magia pervive y nos contagia mediante nuevos mecanismos. Quisiera tener el placer de poder soñar en 20 años tanto con las carreras del Portugués como con el errar de Ventura.