Esto se acaba. Mientras escribo estas líneas se entregan unos premios que casi nadie recordará en apenas unos meses. El bajo nivel de los filmes a competición oficial y la escasa repercusión internacional que suele tener el palmarés de este festival no ayudarán demasiado. Y es que, más allá del buen ambiente y del puñado de películas atractivas vistas en las secciones paralelas, la 55 edición de San Sebastián ha acabado resultado decepcionante. Tampoco esperábamos una selección de películas extraordinarias —competir con Venecia, Cannes y Toronto no debe ser fácil— pero sí un poco más de riesgo de los programadores que, a veces, parece que seleccionan los títulos más por su temática que por su calidad. Algo que no sucede en la sección Zabaltegi —compuesta por perlas de otros festivales y obras de directores jóvenes— en la que casi todo lo que hemos visto ha resultado, como mínimo, interesante. Veremos que sucede el año que viene. Una apertura del festival hacia otros géneros parece inevitable. Aunque sea a riesgo de perder la seriedad temática que siempre ha caracterizado a San Sebastián.

Mientras tanto, nosotros seguimos viendo películas. Los tres últimos días han sido los más atractivos del festival. Contradiciendo un poco mi valoración pesimista, se han proyectado cintas arriesgadas, divertidas e incluso emocionantes. Aunque ninguna dentro de la sección oficial a concurso. Las dos mejores han sido Control de Anton Corbijn y Death at a funeral de Frank Oz. Esta última es una de esas disparatadas comedias a la inglesa en las que el humor negro prima sobre todo lo demás y en las que, tanto crítica y público, se parten de risa. La esperábamos con ganas y no nos ha decepcionado. El entrañable Frank Oz, creador de los teleñecos y voz de Yoda en Star Wars, ha vuelto a hacer una película notable tras las, ya lejanas, La pequeña tienda de los horrores e In&Out. Con un humor a medio camino entre el de Un pez llamado Wanda y el de la serie The Young Ones, Oz realiza una comedia teatral en la que casi todo sucede en un único escenario, una casa donde se celebra el funeral del patriarca de una familia burguesa. Esta situación, aparentemente tan solemne, dará lugar a una serie de equívocos cómicos que acabarán desvelando todas las miserias de los allí presentes. Un enano homosexual, un joven que toma una pastilla alucinógena creyendo que es valium o un paralítico muy gruñón son algunos de los personajes de este Death at a funeral. Un trabajo que, pese a los momentos de sal gorda, demuestra que con un buen guión, un reparto de actores competentes y poco presupuesto se puede llegar muy lejos. No será una obra maestra, pero se me antoja una versión desaforada e hilarante de la también brillante, pero más amarga, Los amigos de Peter de Branagh. Y esto, en los tiempos que corren para la comedia, no es moco de pavo.
Más seria es Control, una película que desarma por su honestidad y coherencia. Adaptar la vida de Ian Curtis, líder suicida de los Joy Division no era fácil. Pero, por una vez, se eligió para el proyecto a la persona más adecuada y el resultado es difícilmente mejorable. El realizador, el holandés Anton Corbijn, es quizás el fotógrafo más importante de la historia reciente del rock. Sus fotos y videoclips, casi siempre en un sugerente blanco y negro, han ayudado a crear la imagen de bandas tan reconocidas como Depeche Mode o U2. Sin la mirada de Corbijn, que se encuentra plenamente reflejada en Control, hoy veríamos a esos grupos de otro modo. Y es que la imagen es cada vez más determinante a la hora de vender un producto. Sólo hace falta ver las fotos de un disco como Joshua Tree, realizadas por Corbijn, para darse cuenta de ello. En Control, la desesperación, la incoherencia y la complejidad de Ian Curtis se ven retratadas en un blanco y negro opaco, distante. El director, pese a partir de un libro escrito por la esposa del vocalista, no se recrea ni en las disputas familiares ni en los terribles ataques epilépticos de Curtis. Tampoco es complaciente con sus éxitos. Corbijn, que llegó a conocer —y fotografiar— a los miembros de Joy Division, se decanta por una historia muy personal en la que todo se trata con tacto, sin que nada chirríe. La muerte del protagonista en off, la ausencia de música en toda la segunda etapa del filme o el sutil uso de la elipsis convierten Control en un retrato rico que va mucho más allá del muestrario de una época —como sucedía en la vitalista 24 hour party people de Winterbottom— y del biopic al uso.
Tampoco cae en los convencionalismos Talk to me, tercer trabajo de la directora Kasi Lemmons (Eve’s Bayou). Visto en la sección Zabaltegi, este filme parte también de una historia real. Y, como Control, escapa de casi todos los tics del género. La vida de Petey Greene, locutor negro que, tras salir de la cárcel y superar su adicción a las drogas, revolucionó una pequeña emisora de Washington —gracias a un discurso crítico con el sistema y próximo a los ciudadanos de su raza— daba para uno de esos telefilmes escabrosos de superación personal. Pero Lemmons prefiere realizar una película sobre la amistad. Amistad que surge entre Petey Greene y su manager. Y que se convierte en el eje central de una cinta filmada a ritmo de r&b y comprometida con su tiempo. Aunque la estructura de fondo sea la de siempre —ascensión, fama y descenso—, Lemmons cuida mucho los matices y consigue que dos formas casi opuestas de ver el mundo —las de los dos amigos— se conjuguen a través de su relación personal. Si además el relato es ágil y cuenta con una interpretación modélica como la de Don Cheadle, Talk to me da pocos motivos de queja. Es un filme contagioso y emocionante.

Si bien las mayores emociones de este San Sebastián, las sentimos con Meduzot y The Princess of Nebraska. Dos películas etéreas que apenas llenaron la mitad de la sala en sus proyecciones y que nos proporcionaron lo que hemos echado en falta en la competición oficial: riesgo. La primera, dirigida por Shira Geffen y Etgar Keret, es una producción franco-israelí que ganó la Cámara de Oro en el último festival de Cannes. Se trata de una suerte de fábula repleta de imágenes sugerentes en la que tres historias, que apenas convergen entre sí, se unen en una narración abierta. Tel-Aviv es el lugar que comparten una serie de personajes pequeños, cercanos. Sus problemas, tan insignificantes como realistas, se ven reflejados en un filme que flota más que fluye. Aunque el argumento sea, al fin y al cabo, más bien secundario. Los directores, que parecen buscar los instantes poéticos dentro de una realidad gris, dejan casi todo el peso de Meduzot en unas imágenes tan ligeras como gozosas. Y si bien hay algún detalle demasiado dulzón, personajes como el de la niña que sale del mar —en un papel similar al de la ninfa del último Shyamalan— dan a esta película un encanto especial.
Lo mismo sucede con The Princess of Nebraska, reverso libérrimo de A thousand years of good prayers. Wayne Wang, que se ha llevado la Concha de Oro con esta última, sigue en este otro trabajo caminos mucho menos trillados. Aunque el fondo de lo que cuente sea similar —el choque cultural entre su país y los Estados Unidos—, la forma resulta completamente distinta. The Princess of Nebraska es una película mucho más juguetona, propia de un director joven con ganas de abrir caminos con su cine. Wang parece inspirarse en el espíritu de la nouvelle vague —Godard es incluso homenajeado en unos carteles que aparecen en el filme— y realiza una cinta casi de corte experimental, con un cuerpo narrativo pero basándolo todo en los variados encuadres de su cámara digital. El director sigue a su musa —la bella actriz Ling Li— por las calles de San Francisco y la filma desde todos los ángulos posibles mientras recorre una ciudad en la que la subcultura china está muy arraigada. La riqueza de las imágenes, el uso embriagador de la música, la conseguida sordidez de ciertos ambientes e incluso la incorporación de imágenes grabadas por un teléfono móvil dan a The Princess of Nebraska una fuerza mayor a la de su hermana gemela. Y es que estamos ante un filme de una belleza similar al Wonderland de Winterbottom. ¿Por qué no se atrevieron a ponerlo en competición oficial?
Pero mejor no entrar en disputas estériles. Nosotros poco podemos hacer para cambiar un festival en el que, eso no se puede negar, nos han tratado estupendamente. Esperemos volver el año que viene y encontrarnos con una sección oficial más atrevida. El balance de esta edición, en la que incluso nos ha fallado un peso seguro como John Sayles —su esperada Honeydripper resultó ser inocua y previsible—, es bastante negativo. Pero en estas páginas hemos preferido hablar sólo de lo que nos ha interesado. Y, viendo el número de películas comentadas, tampoco podemos decir que nuestra visita no haya valido la pena. Hasta la próxima San Sebastián.
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Confiábamos en que pasase y al final ha sucedido. El festival se ha dispersado, se ha abierto a nuevos caminos. Más allá del irregular nivel de las películas, el cine social ha ido perdiendo enteros. Y terrenos que no existían en los primeros días están siendo ahora transitados. La selección de nuevos directores en Zabaltegi, las perlas repescadas de otros festivales e incluso un par de trabajos de la sección oficial han ayudado a ello. Ahora nos sentimos menos asfixiados, más liberados para ver los filmes que siguen los caminos que más nos interesan.

Y lo cierto es que, sin estar siendo un festival brillante en lo cinematográfico, ya hemos visto un par de películas importantes: Encarnación de Anahí Berners y Lady Chatterley de Pascale Ferran. La primera, pese a estar dirigida por una directora argentina, no se parece en nada al tipo de filmes que suelen llegarnos de Latinoamérica. Berners, que en el 2005 se llevó el premio Fipresci en el festival de Mar de plata con su ópera prima Un año sin amor, realiza una película de cuerpos y silencios. Su interés, al mostrar el retorno ocasional de una vedette venida a menos a su pueblo natal, no se encuentra ni en el choque de mentalidades con la familia que la desprecia ni en el reencuentro, tras años en la ciudad, con una forma de vida más convencional. Sino más bien en la forma en que la protagonista, que nunca ha llegado a ser la gran actriz que esperaba ser, intenta reafirmarse como mujer ante la evidencia que ha envejecido y que ya no puede aspirar a otra cosa que a salir en anuncios de bajo coste. El cuerpo es la gran preocupación de la directora y de una protagonista (interpretada por Silvia Pérez que, no casualmente, también es una actriz de éxito casi olvidada en su país) que intenta rehacer mentalmente su vida pasando unos días en un bungalow, en las afueras de su pueblo pero alejada de la casa familiar y de los posibles reproches. Allí intenta recuperar su sexualidad, pero también recibe las visitas de su joven sobrina, la única pariente por la que siente aprecio, pero también la única rival en sus intenciones. La aparición de este nuevo cuerpo dispara un sugerente choque generacional que, por momentos, recuerda al que orquestó François Ozon entre Ludivine Sagnier y Charlotte Rampling en Swimming Pool. Berners no llega tan lejos, pero en su forma de filmar los silencios y las miradas consigue que intuyamos el sentir de ambas mujeres.
De mujeres y sentimientos también habla Lady Chatterley, la excelsa y carnal adaptación del texto de D.H.Lawrence que se ha visto en la sección de Perlas. Aún sin haber leído la novela, creo entender las intenciones que han llevado a Pascale Ferran a realizar esta versión cinematográfica. La directora nos habla sobre el aprendizaje, sobre los pasos que se deben seguir para llegar a una relación plena a través del sexo. Aunque sitúe su obra en la naturaleza, no busca el lirismo de Malick ni pretende ser inocente como el último Rohmer. Tampoco creo que le interese hablar de la atracción animal entre dos cuerpos. Ferran usa la naturaleza como único lugar de encuentro posible entre los protagonistas —una aristócrata y un guardabosques—, como ámbito en el que es posible renacer e iniciar una nueva forma de vida. El amor se construirá en seis actos en los que siempre se avanza. Seis escenas de sexo y un cierre —a forma de viaje y desenlace— que ayudarán a los amantes a entenderse, a desligarse de sus miedos. A asumir el placer de su sexualidad, en el caso de ella. A no subestimarse por su condición social, en el caso de él. Todo se desarrollará con calma, sin estridencias. Y, al final, ambos podrán sentirse liberados e incluso felices en su nuevo descubrimiento.
Poca felicidad vimos, en cambio, en la otra buena película francesa que ha pasado por San Sebastián: L’Advocat de la Terreur de Barbet Schroeder. El director, que en su momentó ya realizó un interesante retrato sobre el sanguinario dictador Idi Amin, nos habla ahora de otro tipo inquietante: el abogado Jacques Vergés. Este personaje, de sobras conocido en Francia, empezó promulgando la independencia de Algeria y acabó defendiendo al peligroso terrorista Carlos El Chacal. Muchos dudan de su integridad, pero tiene sus defensores y hoy vive tranquilamente en su casa. Shroeder se acerca a él sin reparos y lo toma como pilar para recorrer las entrañas del mundo político y social de los últimos cincuenta años. Colonialismo, comunismo, terrorismo, revolución...Son muchos los conceptos que se manejan durante la película. Pero es al espectador a quien le corresponde interpretarlos. Y es que el director, actuando más como periodista que como cineasta, da voz a todos los personajes que giran alrededor de Vergés y consigue construir un documental de múltiples caminos. Su trabajo, denso, requiere atención y conocimientos pero acaba resultando fascinante. Sobretodo gracias a Vergés, estrella de la función y tipo siniestro donde los haya. En tiempos de discursos simplistas, la propuesta de Shroeder se nos antoja un atrevimiento riguroso. Si bien, en algunos momentos, se echa en falta un tono más didáctico para no perderse entre tantos nombres y personajes.
No tan difícil, pero igual de compleja resultó ser la hongkonesa Exodus, de Pang Ho-Cheung. Según me cuenta Beatriz Martínez, redactora de Miradas de Cine y experta en cine asiático, Ho-Cheung es un director joven muy peculiar que tiene en su haber una de las cintas orientales más interesantes de los últimos años, Isabella. Suyo solamente había visto A.V., una descacharrante parodia de las películas teen en la queun grupode jóvenes, con la excusa del rodaje de una película que no existía, contrataban a una actriz porno para irse a la cama con ella. Por lo que, leyendo el argumento de Exodus —un policia investiga la existencia de una organización mundial secreta de mujeres que quiere aniquilar a todos los hombres—, esperaba un filme de corte similar. Nada más lejos de la realidad. Tras el arranque más bizarro de toda la sección oficial de San Sebastián —con un cuadro de la reina Isabel II y unos tipos con gafas de bucear en pantalla—, a uno se le disparan las expectativas de una película que acaba defraudando un poco. Ho-Cheung se pierde en mitad de la narración y no hace avanzar una historia llena de posibilidades. Rueda con elegancia y hace un uso adecuado de la música, pero parece no tener claro lo que quiere contar. Sólo en la parte final recupera el pulso y cierra la película de forma magistral con grandes dosis de humor negro. Sea como fuere, Exodus es un trabajo extraño en un festival sin rarezas y Ho-Cheung se perfila como un director a seguir.

Lo mismo sucede con el coreano Han Jae-rim que presentó en la sección Zabaltegi The show must go on, su atractiva segunda película. Tras ver este trabajo, Han se nos antoja un alumno aventajado del ya consagrado Bong Joon-ho (Memories of a murder). Su filme mezcla con gracia todo tipo de géneros sin que el armazón narrativo se vaya por los suelos. Tras una historia de mafiosos, protagonizada —sólo podía haber hecho él este papel— por Song Kan-ho (The Host, Sympathy for Mr. Vengeanze), Han construye un drama familiar en el que un capo se ve superado por los acontecimientos y es incapaz de conjugar su doble vida. La película bascula del thriller a la comedia y acaba configurado un relato sobre los entresijos de la vida moderna en la que las relaciones entre padres e hijos son cada vez más complejas.
Tal complejidad también se ve reflejada en A thousand years of good prayers, el último e interesante filme de Wayne Wang. El director chino, tras varias producciones alimenticias, rueda una película pequeña, de pocos escenarios, que cuenta el viaje de un hombre ya mayor que viaja desde China para visitar a su hija que vive en los Estados Unidos. El choque del viejo chino con, la para él incomprensible, sociedad occidental aportará los mejores momentos de la película. Una primera media hora que roza el humor absurdo, surrealista incluso. Luego la cinta seguirá por los caminos más concurridos, y mucho menos interesantes, del melodrama y mostrará la imposible reconciliación generacional entre padre e hija. Algo que, muchos años antes, ya había realizado con más gracia Ang Lee en películas como Manos que empujan y El banquete de boda. Pese a ello, la cinta de Wang es un trabajo digno que se agradece entre tantas películas pretenciosas.
Y aquí nos quedamos por hoy. Podríamos seguir llenando la crónica con otros filmes, pero hemos preferido limitarnos a las películas que más nos han agradado. La mayoría de ellas puede que nunca vean la luz en España y dada su calidad merecen ser comentadas en estas páginas. Mejor dejemos el —más bien flojo— cine español y a películas intrascendentes como Emotional Aritmetic o The Inner life of Martin Frost para una mejor ocasión. Aún queda un Volumen 3 desde San Sebastián. Pronto volvemos a estar aquí.
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El festival no ha comenzado del todo bien. O al menos no tanto como algunos esperábamos. Tras tres días de proyecciones, aún no hemos visto un film que realmente justifique nuestra visita a San Sebastián. Y eso, teniendo en cuenta que ya se ha pasado la ganadora del último Festival de Cannes y el nuevo trabajo de David Cronenberg, es un poco decepcionante. Pero no desesperamos. Las cosas prometen mejorar en los próximos días. Y mientras confiamos en que la perla aparezca, no nos queda más remedio que seguir consumiendo —entre pincho y pincho, todo sea dicho— ese cine social que tanto abunda por estos lares. A ver si hay suerte y, entre la pretenciosidad y los escombros, vemos la luz.
Pero antes de hablar de Irak, Afganistán o Rumania, centrémonos en Londres. Ése es el lugar que Cronenberg ha elegido para su nueva e interesante película, Eastern Promises. Un trabajo original en un terreno donde es casi imposible serlo: el cine de gángsteres. El director canadiense sabe hacerse suya la azarosa relación que une a una familia de la mafia rusa londinense con una humilde enfermera local. Bajo el armazón de una película convencional, Cronenberg consigue que sus señas de identidad sigan latiendo. Y tal como sucedía en la magnífica Una historia de violencia, sabe conjugar el clasicismo con los temas que le han obsesionado durante toda su carrera. Casi todo Cronenberg sigue estando aquí. Desde la violencia hasta la ambigüedad moral. Lástima que los resultados en Eastern Promises queden lejos de los de su anterior trabajo. La realización algo plana, la falta de sobresaltos en el guión y la aparición de ciertos tópicos propios del melodrama lastran este thriller de autor que funciona, pero que prometía más.

En la misma situación que la de Cronenberg se quedó 4 luni, 3 saptamani si 2 zile, el alabado trabajo con el que el desconocido director rumano Christian Mungiu se llevó la Palma de Oro de este año. 4 luni, 3 saptamani si 2 zile es un filme de denuncia inteligente. Más cercano al cine de los hermanos Dardenne que al de Ken Loach, muestra con rigor y sin virtuosismos la lamentable situación que vivía Rumania en su pasado más reciente bajo la dictadura de Nicolae Ceausescu. Y lo hace sin discursos, registrando el penoso proceso que una mujer debía seguir para abortar en la ilegalidad. Mungiu sabe que la fuerza de lo que tiene entre manos es suficiente y apenas mueve la cámara dejando a las actrices todo el peso de la desasosegante narración. Una narración honesta en la que el director no cae en el panfleto pro-aborto y muestra el tema con toda su crudeza. Pese a ello, me temo que 4 luni, 3 saptamani si 2 zile no merece todos los premios que ha recibido. Es una buena película, sí. Incluso notable, también. Pero Mungiu no hace más que aplicar al caso rumano lo que otros ya han hecho antes y mejor. Eso no le quita méritos, pero de aquí a ganar en Cannes y llevarse el premio de FIPRESCI a la mejor película del año va un buen trecho.
Brando, en cambio, sin armar tanto revuelo se ha convertido en una de las producciones más reivindicables del festival. No se trata ni de un trabajo arriesgado, ni tan siquiera de una película pensada para ser proyectada en la gran pantalla. No es más que un apasionate documental televisivo sobre la vida del mítico actor. Y es magnífico. Básicamente, sólo son entrevistas a amigos del actor, escenas de sus películas e imágenes de archivo. Pero lo que se cuenta es tan interesante, está tan bien montado —¡la película dura casi tres horas y no se hace pesada!— y contiene tanta documentación que uno no puede más que aplaudir el proyecto. Un trabajo que, si bien es benevolente con la figura que retrata, ayuda a entender el cine desde dentro. Y nos descubre esos pequeños detalles —lo de Brando mirando al techo, en la escena cumbre de El último tango en París, porque no se sabía su papel es memorable— que siempre se nos pasan por alto. Esperemos que un día programen Brando en alguna cadena de televisión de España.

Aunque mucho me temo que, antes de que eso pase, se emitirán algunas de las muchas películas de temática social que se proyectan diariamiente en este festival. Algo, que como novato en San Sebastián, aún escapa a mi comprensión. ¿Acaso es tan difícil separar el grano de la paja? Yo no tengo nada contra este tipo de cine. Es más, me parece necesario. Los cineastas no pueden aislarse de los problemas del mundo y deben asumir su responsabilidad dentro de su medio. Si no todos, al menos unos pocos. Pero, últimamente, se ha disparado el número de directores comprometidos que pretenden adoctrinarnos. Y esto no hay quien lo aguante. Siempre los mismos temas y siempre los mismos discursos. Entiendo que los programadores seleccionen la nueva del oscarizado Paul Haggis —que, sin ser una maravilla, aporta ideas interesantes y una gran interpretación de Tommy Lee Jones— o la de Nick Broofield, Battle for Haditha, que pese a ser demasiado discursiva tiene una parte central muy bien recreada y reconstruye un hecho real sin paliativos tal como hacía Pete Travis en la apreciable Omagh. Pero ante cosas tan pequeñas e insignificantes como la iraní Buda explotó por vergüenza de Hana Makhmalbaf, me siento superado. Y, por momentos, dudo que esté asistiendo a la sección oficial de un festival de clase A.
Suerte que en esta ciudad hay películas para casi todos los gustos y a quien no le guste este cine siempre puede seguir las retrospectivas de Henry King o Philippe Garrel. O probar con propuestas como la tailandesa Ploy de Pen-ek Ratanaruang, una obra interesante, rara, diferente. Que quizás no nos ha convencido como en sus trabajos interiores —las notables Seis Nueve y Last life in the universe— pero que ha resultado un soplo de aire fresco entre tanta programación monotemática. Veremos que nos deparan los próximos días. Los nuevos trabajos de Paul Auster, John Sayles, Frank Oz, Gracia Querejeta o Barbet Shroeder están a la vuelta de la esquina. El optimismo que no falte. Aún hay mucho cine por delante.
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