La violencia es congénita al ser humano. David Cronenberg la analiza en todos sus filmes de una u otra forma, y no deja de plantearse este terrible interrogante que encabeza este artículo: ¿Tiene la violencia alguna justificación?
A pesar de estar ante una cinta desgarradora, no por ello debemos dejar de alabar la siempre interesante puesta en escena del controvertido director canadiense. Después de Una historia de violencia (2005) [1], Cronenberg vuelve a contar con Viggo Mortensen para relatarnos otra historia de violencia [2], esta vez sobre la mafia rusa en el Londres actual. Y consigue un filme maduro y sobresaliente, del que podemos extraer toda una filosofía crítica con los tiempos actuales de falta de moral, identidad y finalidad. Con un desenlace que no es en absoluto tramposo, nos lleva por los engaños, escarceos y negocios de una de las familias más importantes del crimen organizado, la Vory V Zakone (inspirada en la homónima que existe en la realidad). Y de cómo cualquier persona normal (Anna) puede involucrarse en la vida privada de unos negociadores que convierten la muerte en profesión. Ella (Anna) es Naomi Watts, quien ya demostró sus dotes interpretativas a las órdenes de David Lynch –otro rara avis en el Hollywood contemporáneo- en Mullholland Drive (David Lynch, 2001) y hace creíble la conexión, en un principio inverosímil, entre la gente corriente y el hampa. Él (Viggo Mortensen), el ambiguo Nikolai, va a provocar que la relación que establezca con Anna (Naomi Watts) no esté clara hasta el final. Sobre si hay o no historia de amor no revelaré nada, pues pertenece al desarrollo de la trama. Lo que sí puedo adelantar es que entre ellos existe una gran atracción filmada con una fascinante fotografía que despide un halo nostálgico especial. Lo acompaña un guión escueto pero preciso que define la relación entre estos dos personajes principales, obscurecida ésta por la extraña conexión entre ella y el jefe del clan, Semyon. Este actor es el padre nazi de Jessica Lange en La caja de música (Costa-Gavras, 1989), el actor Armin Mueller-Stahl, que realiza una interpretación magistral de un personaje frío y calculador para los negocios, a la vez que atento para su familia y amigos. Siempre este tipo de personajes son presentados como astutos, pero que sustentan una descendencia que no está preparada para continuar su legado, en este caso el impulsivo e inepto Kirill (Vincent Cassel). Por eso nos evoca a las espléndidas El clan de los irlandeses (Phill Jounau, 1990) y a la trilogía El Padrino (1972, 1974 y 1990), donde los jefes de ambas familias planifican su sucesión pensando en otra persona ajena al lazo de sangre.
Inauguró el pasado Festival de Cine de San Sebastián (Zinemaldia 2007), que el cronista Carles Matamoros comenta en esta revista, aunque ya sabíamos todos que ésta es la clase de largometrajes que no ganan en este certamen, ya que suele premiar un cine más intimista. Aún así, fue una de las cintas más aplaudidas por la crítica, pese a ganar la Concha de Oro Mil años de oración, de Wayne Wang (amigo, recién reconciliado, del presidente del jurado Paul Aster), y también ganó David Cronenberg el premio del público en el recientemente celebrado Festival de Cine de Toronto.
A pesar de que la historia no nos es grata, desprende un fulgor especial, una fotografía y un guión muy cuidados. La historia nos recuerda a la trilogía de El Padrino (1972, 1974 y 1990), pero aquí la violencia es más explícita (no hay que olvidar que Cronenberg es uno de los genios del llamado horror corporal, el cual explora los miedos humanos ante la transformación corporal y la infección) si bien no es gratuita [3]. Y este tema lo ha desarrollado a través de los géneros fantástico, ciencia ficción y terror, aunque en sus últimas cintas se acerque más al drama: Spider (2002) y Una historia de violencia (2005). Y es que David Cronenberg tiene tras de sí unas cuantas películas notables, pese a no estar todavía considerado por la crítica seria: Scanners (1981),Videodrome (1983), La mosca (1986), Inseparables (1988), y las últimas mencionadas.

Esta huella del horror más explícito queda patente en varios sucesos imposibles de olvidar. Son portentosas las escenas que dejan transmitir la cultura rusa y sus rituales, aunque son especialmente inquietantes las del prostíbulo (donde se ve todo el horror por el que pasan estas chicas que sólo anhelan un futuro), y la escena de la sauna, que nos recuerda a la envolvente Yakuza (Sydney Pollack, 1975). Y es que la sociedad del bienestar esconde violencia en su subsuelo [4], una violencia que no queremos ver o que nos da miedo conocer. Pero esto no impide que pululen por las calles seres al margen de la ley que no les importa comercializar con personas (aquí se analiza la cantidad de casos de tráfico sexual), asesinar o vender incluso a sus propios hijos con tal de salir beneficiados de la operación entre manos. El guionista Steve Knight dice al respecto: “La realidad es tan extraña y dura que preferí suavizarla a la hora de escribir el guión. La esclavitud existe en barrios absolutamente normales; no se ve, pero está ahí. También me sorprendió descubrir cómo las diferentes nacionalidades, rusa, china y turca, funcionan cada una a su manera, pero con conexiones entre sí. La policía se enfrenta a grandes dificultades para penetrar en esos submundos que tienen su propia policía e intentan pasar desapercibidos fuera de su ambiente”.
Están también tratadas con credibilidad las rivalidades entre las familias mafiosas y la bondad intrínseca de una persona corriente (encabezada por Naomi Watts y toda su familia) que se va a entrometer en sus vidas. Estamos, por tanto, ante ese vasto número de películas que quedan grabadas en la memoria, llena de escenas que contraponen la disparidad entre el mundo de la gente ordinaria y el de estos delincuentes que utilizan la violencia y el miedo cotidiano como arma para sus complejos asuntos.
Y entre estos dos mundos está Nikolai. Ella confía en él pero no sabemos, hasta bien avanzada la trama, si ese instinto responde a la verdad o sólo a la atracción sexual, si bien no debemos subestimar a la protagonista femenina. Porque la heroína sabe enfrentarse a sus miedos y actuar según le dicta su corazón en todos los sentidos, ¿actuaríamos los demás igual?, ¿estamos todos dispuestos a tanta integridad y consecuencia entre nuestros pensamientos y nuestra acción?
[1] Viggo Mortensen dice a propósito de los dos largometrajes: «Promesas del Este es una continuación lógica de Una historia de violencia; ambas estudian el problema de la identidad, exploran la estructura de la familia tradicional, muestran a personas enfrentándose a situaciones peligrosas y a dilemas morales, y plantean la pregunta: ‘¿Tiene la violencia alguna justificación?’». Recogido de la rueda de prensa que dio el equipo de la película en el Festival de Cine de San Sebastián.
[2] «He mostrado la violencia de manera extrema. Quiero que el público vea la violencia real, tal cual es. No es una postura estética, ni estadística. Me interesa la violencia como hecho humano y no cinematográfico. Insisto en lo que de verdad es un asesinato, en lo que supone de destrozo de una vida. La violencia es la destrucción de un cuerpo», en palabras del propio realizador en la citada rueda de prensa.
[3] Porque, como explicó David Cronenberg en la rueda de prensa del Festival Internacional de Cine de San Sebastián: "Para ellos, la violencia es una forma de vida, más allá de la venganza o el sadismo. Es algo más que un negocio y eso es lo que yo encuentro fascinante". Ídem
[4] El guionista dice: “La realidad es tan extraña y dura que preferí suavizarla a la hora de escribir el guión. La esclavitud existe en barrios absolutamente normales; no se ve, pero está ahí. También me sorprendió descubrir cómo las diferentes nacionalidades, rusa, china y turca, funcionan cada una a su manera, pero con conexiones entre sí. La policía se enfrenta a grandes dificultades para penetrar en esos submundos que tienen su propia policía e intentan pasar desapercibidos fuera de su ambiente”. Ídem.