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Por VV.AA.

Volumen 4: hacia el final del camino...

Acaba la 40 edición de Sitges, a falta solamente de las maratones del domingo, en las que la organización selecciona lo más interesante de lo visto los diez días anteriores, dejando un sabor de boca nuevamente sabroso, a ratos excelso, deseosos de volver el año que viene. Y como es norma al final se entregan premios, que también siguiendo el guión suelen repartirse equitativamente entre las películas más significativas o aquellas que mayor despliegue han tenido. Aquellos interesados en consultar el palmarés pueden hacerlo en la web oficial del festival: cinemasitges.com enlace externo.

Mientras elaboramos la crónica final con el repaso al resto de pelícuals que hemos podido ver durante el certamen y entre las que se encuentran algunos de los títulos más interesantes de la programación (REC, Halloween, A l'intérieur, Boarding Gate, Kaidan, American Crime, Los cronocrímenes...) os dejamos con una avanzadilla de lo más heterogénea: la película de clausura, 1408 —que fuera comentada hace unos meses en esta revista por el compañero Salvador Raggio en su "Flashforward", y cuyo estreno en España está previsto para diciembre—, los últimos (y decepcionantes, como adelantabamos ayer) De Palma y Miike, dos producciones españoles a concurso en la sección Fantàstic y la última joya del irrepetible Guy Maddin (que hace cinco años se llevó el premio con una estimable adaptación de Drácula, Dracula: Pages from a Virgin's Diary, y ahora aparece en 'Seven Chances', aspecto poco alentador la verdad).

1408, de Michael Hällstrom (EE.UU., 2007)

La naturaleza fantástica de la mayoría de historias de Stephen King las presenta como candidatas idóneas para ser trasladadas a la gran pantalla. La enésima adaptación, que este año ha servido como apropiada clausura del festival, corre a cargo de Mikael Häfstrom, al que ya conocimos hace un par de temporadas en nuestras salas gracias a una historia no del todo mal dirigida pero bastante mediocre y menos presupuestada titulada El fantasma del lago. Un siempre solvente John Cusack es el encargado de encarnar al escritor (¿acaso podía dedicarse a otra cosa en una historia de Stephen King?) protagonista. Mike Enslin escribe sobre casas embrujadas, desmitificándolas, pues el no cree en ningún tipo de fenómenos paranormales. En la habitación 1408 del hotel Dolphin descubrirá que los fantasmas de la mente no son los únicos peligrosos. En esta ocasión Häfstrom realiza una encomiable labor tras la cámara; En toda la parte que se desarrolla en el hotel existe un predominio de los planos medios montados con inquietud, pero no de modo frenético, que nos desvinculan del (casi único) protagonista, atendiendo más al entorno que le rodea, que durante la mayor parte del tiempo es una habitación donde los espejos, ventanas, puertas, cortinas y armarios resultan elementos más que propicios para cualquier encontronazo con el miedo. A esto sumamos unos buenos golpes de efecto como la excursión por la cornisa o la perversión del gag más recordado de Sopa de ganso, y unos ya clásicos, en el terror psicológico actual, giros argumentales, que no por esperados resultan menos eficaces, y que en definitiva no nos quitan el buen sabor de boca que en líneas generales nos ha dejado el festival.

Sergio Vargas

Sukiyaki Western Django, de Takashi Miike (Japón, 2007)

Afirmar que una película de Takashi Miike sea convencional puede ser el mayor ultraje que reciba su cine. Pero afirmarlo de una que pretende ser atrevida y bizarra convierte el resultado final en una impostura. Sukiyaki Western Django, este artefacto nipón que fagocita el spaghetti-western y lo regurgita en pleno Japón del período Tokugawa imbuido en ambientación kitsch y en decorados de cartón-piedra, nos presenta al Miike más condescendiente y pagado de sí mismo, una versión todavía más complaciente que la de Imprint, es decir, a Takashi Miike haciendo de Takashi Miike. Muy alejado de su bestialismo cinematográfico, el japonés nos presenta un trabajo tan edulcorado como infame, histriónico y vacío de carisma, donde ni siquiera se atreve a experimentar sobre cómo ciertos patrones narrativos y estéticos ya enterrados puedan ser reinterpretados a ojos orientales. Takashi Miike siempre ha sido un mercenario, pero ha logrado imponer con éxito su salvaje mirada por encima del material de partida. Miike ya no eyacula sobre el celuloide, simplemente orina sentado mientras Quentin Tarantino sujeta fuertemente la correa que el primero tiene atada a su cuello.

Roberto Alcover Oti

El rey de la montaña, de Gonzalo López-Gallego (España, 2007)

Previsible salto de uno de esos (nuestros) directores marginales al cine para todos los gustos que tanto se estila últimamente y que los americanos compran para hacer remakes aún más para todos los gustos si cabe. Ésta (su tercera película tras la interesante Nomadas y la invisible Sobre el arco iris) transita con desidia y agotamiento por un camino cercado por la sensación repetitiva de deja vù constante. La sombra de lo hecho es tan alargada que ocupa casi toda la historia del cine desde Deliverance a La caza o a la demasiado reciente Ellos, incluyendo aquí cualquier otro zaroffiano safari humano. Pero esto no sería un problema tan grave si no latiera en su interior una lectura simplista, lamentable y moralista que desvirtua su incuestionables valores formales (que los tiene) y que proporciona al visionado un giro hacia aguas que ya huelen. Lo hizo Van Sant en Elephant y tuvo gracia, pero en López-Gallego no tiene ni pizca ni originalidad (y van...) lo que hace que desconectemos con rapidez y fruicción. Si a eso le unimos unos diálogos que confunden naturalidad con nadería (entre Medem y Ozores tiene que haber algo) y unos actores que parecen mirar a cámara constantemente pidiendo un "¡corten!", no tendremos dudas de que nos hallamos ante uno de los fiascos de un festival que en su apuesta por el cine español nos ofrece películas (La habitación del fermat, El último justo, etc) que en otras muestras no tendrían cabida.

Manuel Ortega

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Brand Upon The Brain!, de Guy Maddin (EE.UU., 2007)

Como en La hora del lobo —programada curiosamente dentro del escueto homenaje a Ingmar Bergman—, en Brand Upon The Brain! hay una isla maldita habitada por espectros que no nos dejan descansar. Si en aquella Bergman se desdoblaba en un personaje atormentado por sus demonios, en ésta Guy Maddin se hace a él mismo un personaje que viaja a reencontrarse con ellos para liberarse de sus estigmas. Y a partir de aquí convierte este trayecto autobiográfico en una trama de expiación, narrada en doce episodios a modo de serial de principios del s. XX. La aparente ligereza de lo contado, ese perpetuo juego infantil —donde flota la influencia de J.M. Barrie—, no impide que la aventura se densifique y Maddin, casi en voz baja, nos invade con madres castradoras que vigilan a los niños desde un omnipresente faro, padres-científicos a los que el trabajo ha arrancado su último pedazo de humanidad, o triángulos amorosos que confirman que el romance adolescente nunca fue ingenuo y sí doloroso. Nunca el trabajo estético de Maddin fue tan necesario, ya que las texturas del Super8 evocan un tono ensoñador, de fotogramas/recuerdos perdidos o difuminados, de presencias que desaparecen, o de siluetas fantasmáticas que se cuelan por las grietas de los fotogramas. Resulta imposible reducir a la dicotomía buena/mala la obra de este insobornable artista, siempre en work in progress: puede que Brand Upon The Brain! no sea su película más redonda, siempre examinada bajo el prisma de un ideal helénico, pero es una experiencia hermosa —otra más— de un cineasta único en tiempos de nulo compromiso con lo trascendente.

R.A.O.

Redacted, de Brian de Palma (EE.UU., 2007)

A diferencia de otros miembros de su generación, Brian De Palma ha sido criticado —entre otros aspectos— por su (aparente) renuncia a abordar los entresijos sociopolíticos de su nación. De ahí que cuando se haya enfrentado abiertamente a tal coyuntura, los resultados hayan sido tibios. Y a propósito de la 40 edición del Festival de Sitges, esta puntualización es la que separa a De Palma de su compatriota George A. Romero, porque donde uno tiene ya sucias las manos de meterlas en la mierda, el otro no sabe muy bien como pringárselas. De Palma no ha querido esperar tanto como con Corazones de hierro —una película sobre Vietnam quince años después de su conclusión—, y firma un largometraje sobre el candente conflicto de Irak donde denuncia la violación y asesinato de una familia iraquí a manos de soldados norteamericanos. Para ello, ficcionaliza toda clase de formatos audiovisuales —diarios de combate, reportajes televisivos, vídeos de YouTube— con el propósito de articular una reflexión acerca de la transformación de la realidad a través de la imagen. Y seguramente esto sea lo más interesante de un trabajo de dramaturgia barata y formularia narrada, según dicen, de forma atrevida (¿?) pero que no tiene nada de valiente. El posicionamiento político del norteamericano es deleznable tal y como señalan las fotografías reales que cierran el film. Si solo se trataba de un juego metaficcional sobre la construcción de la realidad mediante retazos icónicos, De Palma debería saber que no está tratando con melaza estética y que para payasos ya tenemos a Michael Moore; a no ser que todo se trate en el fondo de una gran broma y nosotros la estemos interpretando demasiado en serio.

R.A.O.

La habitación de Fermat, de Luis Piedrahita y Rodrigo Sopeña (España, 2007)

Propuesta atípica en el cine español, que en cambio se ajusta a parámetros distintivos del thriller y derivados contemporáneos fabricados en Hollywood, este primer largometraje realizado a cuatro manos por dos jóvenes directores, curtidos en la televisión (escribiendo guiones, realizando programas; Piedrahita además es un excelente cómico y mago bien conocido por el aficionado), apenas supera su curioso planteamiento (cuatro prestigiosos matemáticos son invitados a un caserón para resolver un gran enigma, pero pronto descubren que se trata de una trampa en la que su vida depende de su destreza para resolver los juegos de ingenio que se les proponen) debido al pobre desarrollo narrativo (el argumento no da más de sí y se alarga repetitivamete; sin contar que algunos juegos son elementales y resultan un tanto ridículos teniendo en cuenta, que se supone, están destinados a las mentes más inteligentes del país), a la impericia expositiva (el relato está descargado —por mor de una realización parca, meramente funcional— de atmósfera, devaluando el misterio, la sorpresa), a las obviedades y trampas visuales (la arbitraria utilización de la PDA para enviar los resultados —a veces se muestra como uno de los personajes introduce la respuesta, pero otras no, coincidiendo con aquellas que necesitan explicación—; los innecesarios insertos aclarativos de lo sucedido anteriormente), al escaso bagaje del reparto (solamente Santi Millán parece entender el sentido de la historia y de su personaje, un mero arquetipo). A pesar de todos estos defectos, muchos de ellos normales para un ópera prima, La habitación de Fermat logra entretener hasta cierto punto y se ve sin agobios, incluso tiene algún detalle interesante: pienso en el plano cenital que muestra como el coche de uno de los personajes se desploma por un acantalido; la escena precedente, causa del accidente, está eficazmente formulada siguiendo las líneas maestras definidas por Alfred Hitchcock; la pequeña elipsis que deja en off cómo Fermat se las ingenia para salir de la gasolinera, ya que ha perdido la cartera y no puede pagar...

José David Cáceres

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Volumen 3: humor (negro) y fantasía

La mayoría de asistentes al festival, ya sea prensa, invitados, organización o público, están esperando ver los films de Rob Zombie, Park Chan-wook, Takeshi Kitano, Johnnie To, Nacho Vigalondo, Brian de Palma y Takashi Miike. Las de estos dos últimos, Redacted y Sukiyaki Western Django, ya se han podido ver y la respuesta ha sido bastante tibia, algo que no debería sorprender si se acepta, de una vez por todas, que ambos cineastas son tremendamente irregulares. En todo caso, no conviene ceñirse siempre a aquello que mejor se conoce o de lo que más se espera (me refiero a partir de la propia valoración personal que tiene cada uno y no en relación a lo que comentan otros, por mucho que nos pueda parecer valiosa su opinión); la calidad y el atrevimiento se puede encontrar en aquellos títulos menos publicitados o sencillamente poco vendibles, caso de la francesa À l'intereur, una película brutal en todos los sentidos. Por nuestra parte nos detenemos, momentáneamente, en seis películas —tres 'premieres', una 'fantàstic', una 'orient express' y una 'noves visions'— que se acercan a la fantasía y/o al humor con planteamientos y resultados dispares.

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Stardust, de Matthew Vaughn (EE.UU. / R.U., 2007)

La imaginación del escritor Neil Gaiman, autor de la serie de comics The Sandman, puede convertirse en una nueva fuente de inspiración para el género fantástico. Ahora que los magos de los efectos digitales son capaces de recrear cualquier escenario o criatura, la producción del británico es un caramelo a las puertas de esta industria. Por fortuna, Stardust no es la enésima orgia de efectos especiales sin trama ni personajes a los que agarrarse. La segunda película del británico Matthew Vaughn (Layer Cake) salva la tentación de olvidar la historia en beneficio de la espectacularidad y se presenta como una aventura fantástica para toda la familia que recupera el espíritu desenfadado y naif de las producciones de género de los ochenta. Más cercana a Willow, Krull o La princesa prometida que a los empachos pixelados de Eragon o Las crónicas de Narnia, Stardust se apoya —no depende— en las nuevas tecnologías para proyectar la dimensión fantástica del relato de Gaiman. Sólo unos puntuales movimientos de cámara al estilo Señor de los Anillos (tomas aéreas que giran y giran y giran…) afean un entretenidísimo cuento que, además, enseña la versión más hilarante de Michelle Pfeiffer y Robert De Niro.

Raúl Álvarez

Hot Fuzz, de Edgar Wright (Reino Unido, 2007)

La segunda película de Edgar Wright, director de Zombis Party (Shaun of the Dead), es una buena prueba de que nos hallamos ante un director con verdadero talento en general y para la comedia en particular, certificando que aquel primer gran éxito no fue fruto de la casualidad. Las aventuras de un policía modélico en un pueblecito que lo es solo supuestamente, le sirven a Wright para realizar un recorrido por diversos géneros (polis-colegas, western, slasher), pero tomando siempre como base la comedia, y apoyándose en continuos guiños a todo tipo de cine, desde el muy respetable de Sam Peckinpah, hasta el algo menos, pero todavía, respetable de Richard Donner, pasando por el directamente execrable de Michael Bay, entre muchos otros. Tan divertida como Zombis Party, y a la vez mucho más elaborada, con un guión más completo que gira sobre sí mismo una y otra vez y que nos lleva de la sospecha a la confirmación, para después llegar hacia la sorpresa, termina desembocando en un final tan delirante y extenso como satisfactorio.

S.V.

Cassandra's Dreams, de Woody Allen (Reino Unido / EE.UU., 2007)

Afirmar, a estas alturas, que Woody Allen es un genio, un maestro de la narración cinematográfica que nunca cae en la frivolidad, que siempre aprovecha sus metrajes para contar historias cargadas de significado y reflexión, parece una obviedad o una simpleza (tantas veces ha sido repetido). Pero nunca está de más recordar el valor que tiene desde siempre (y especialmente hoy en día) la originalidad del director neoyorquino, su experimentación con gusto que siempre desprende un suave y sabio aroma a lo clásico, que nunca se desvincula del espectador, aunque practique un humor a veces tan negro que puede llegar a despistar. A este respecto, Cassandra´s Dream se compone como una nueva apuesta que completa en díptico (ojalá se convierta en trilogía) el camino ya iniciado con una de las películas que puede calificarse, sin duda, de obra maestra de nuestros días: Match Point. Y efectivamente, prosigue en ciclo, pues transita caminos parecidos, aunque enfocando la temática desde prismas contrapuestos: si en la película protagonizada por Scarlett Johansson, Allen ahondaba en la culpa injustamente evitada gracias a los caprichos del azar; ahora estudia la circunstancia contraria: el remordimiento inevitable, la causa efecto que no puede esquivarse aunque la suerte acompañe, la vinculación determinista de la fatalidad a un hombre torturado por sus actos. Magistralmente interpretada por Colin Farrell y Ewan McGregor (secundados por un elenco de apoyo de auténtico lujo), no hay fisuras en sus certeros y afilados diálogos, en su cuidada puesta en escena: un conjunto tan sólido y poderoso como sólo su director sabe regalarnos.

Alicia Albares

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Héros, de Bruno Merle (Francia, 2007)

De témpano y riendo, caliente y con lágrimas, nos deja la ópera prima de Bruno Merle, una fábula donde la moraleja, como en toda narración desmitificadora que se precie, está al principio y los principios al final. Eso no impide, más bien todo lo contrario, que el joven realizador nos ofrezca una aproximación certera y desnuda que, a pesar de estar trufada de unas pocas demasiadas referencia obvias, nunca deja de sorprendernos en su empeño de salir indemne de batallas teóricamente perdidas (justo lo contrario que le sucede a Assayas en la también francesa —también película— Boarding gate.) Merle transita entre un Scorsese con ascendencia francesa (Godard le fou, of course) y un Wyler revisitado por Noé e interpretado por Groucho Marx y Donnald O´Connor. Hacer reir parece más fácil que hacer llorar pero tiene más merito y el personaje al que da vida , cuerpo y locura, Michel Youn lo sabe y lo lleva a la práctica transformando la aparentemente ya vista trama en un "tour de force" donde el único ciclista va de endorfinas hasta las cejas. El equilibrio entre lo que se es y lo que se espera ser le lleva hasta el caos sin solución de continuidad y eso hace que Héros no sorprenda contándonos algo que ya sabíamos antes de coger el tren a Sitges: Kill your idols para salvar tu vida.

M.O.

Tie saam gok / Triangle, de R. Lam, Tsui H. y J. To (Hong Kong, 2007)

Los poetas surrealistas solían jugar al “cadáver exquisito”, un entretenimiento que consistía en armar un poema entre varios autores, con la particularidad de cada autor escribía su parte a partir de lo que le sugería la última línea de otro colega. El tiempo ha convertido este juego en una técnica creativa que admite palabras e imágenes. En cine, el resultado puede dar un puzzle tan desarmado como Triangle, dirigida a seis manos por Johnnie To, Ringo Lam y Tsui Hark según esta peculiar técnica. Hay buenas ideas, como el personaje del mecánico pastillero o el intercambio de bolsas en la escena final, pero los atisbos de genio se diluyen porque no hay un discurso narrativo que las de coherencia y, en consecuencia, el ritmo es muy irregular. Al final el invento se queda en otro juego, éste para el espectador, consistente en averiguar quién es el autor de cada secuencia. Es fácil. El talento no puede disimularse y Johnnie To sirve los mejores momentos de un capricho que se olvida a los cinco minutos.

R.A.

The Fall, de Tarsem (India / R.U. / EE.UU., 2006)

La celda (2000), ópera prima de Tarsem Singh, se movía entre lo turbulento y lo ligero, entre la densidad y la superficialidad, sin demasiado éxito en términos globlales, aunque es un film que estimula e inquieta (cfr. son imborrables la descripción del asesino, interpretado brillantemente por Vincent D'Onofrio, su espeluznante rito para obtener placer, la composición de algunos sueños...): en absoluto es ese bodrio que vió buena parte de la crítica de este país en el momento de su estreno. Ahora el realizador indio firma su segundo largo con esta aproximación al mundo de los cuentos, de la fantasía. El formato de la propuesta se asemeja a lo visto en su anterior trabajo, tanto por la narración que alterna saltos espaciales entre la realidad y la ficción como por determinados recursos estéticos (abundancia de planos generales, muchos de ellos tomas áereas; importancia de los colores...), sin embargo la función de estos es bien distinta porque en esta ocasión pesa mucho más la historia que la atmósfera, y lógicamente, teniendo en cuenta el planteamiento de cuento, se descarga o minimiza cualquier aspecto turbador. El resultado es atractivo sólo a ratos y principalmente en el terreno de lo visual: es innegable que Tarsem (firma sin su apellido) sabe construir imágenes bellas, incluso tiene habilidad para introducir cierta simbología. La contradicción es obvia y el interés de la película se diluye porque, al fin y al cabo, la historia no podía ir mucho más allá y el director no consigue potenciarla por encima de lo rutinario y monótono. Quedan para el recuerdo algunas escenas brillantes: la muerte de Benga tumbado sobre las numerosas flechas que han impactado en su espalada; la persecución por las calles de la ciudad repleta de tomas e insertos generales; los magníficos créditos previos al comienzo del film...

J.D.C.

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Volumen 2: paranoia americana

Los habituales en los últimos años a Sitges ya están al tanto de la poca claridad en la elección de sección para determinados títulos. Somos conscientes que se trata de una tarea ardua, incluso ingrata, el colocar cada una de las películas que se han seleccionado en el apartado propicio. Hay que buscar una medida equilibrada y no siempre es fácil ya que hay que tener en cuenta que se tienen tres secciones a concurso (sin contar la dedicada a animación y la denominada Midnight Express, cuyo mejor film es premiado por el jurado joven), Fantàstic, Noves Visions y Orient Express. Esto que puede ser una ventaja en ocasiones se convierte en una arma de doble filo. Otra causa que condiciona mucho las decisiones al respecto es que un buen número de películas, cada año me da que son más aunque no llevo la cuenta, son recogidas por la organización para presentarlas en primicia en España, antes de su inmediato estreno en salas y/o dvd. Con todo, se agradece siempre, y no nos cansaremos de insistir en ello, de la vocación de este festival por proyectar el mayor número de películas de todo tipo y condición.

Contradiciendo un poco esta filosofía, desde luego ignorando la cronología de la programación, y adoptando las maneras de una sección un tanto arbitraria, hemos decidido comentar en esta crónica exclusivamente films americanos, cinco en concreto, que se han proyectado desde el pasado viernes. Quizás rizando el rizo, hemos advertido en ellos un punto en común que tiene que ver con la paranoia que siempre ha atenazado al pueblo americano: conviene resaltar que aquella no se restringe al periodo post 11 de septiembre o a planteamientos terroríficos: late en los fascinantes relatos futuristas del gran Philip K. Dick y se encuentra también en las fronteras de la imaginación (siempre capaz de elidir las represiones impuestas desde fuera).

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The Last Winter, de Larry Fessenden (EE.UU., 2006)

A la conclusión de este largometraje se hablaba mucho de La cosa (The Thing. John Carpenter, 1982) —el cual se ha proyectado dentro de las sesiones de clásicos del festival, curiosamente solapándose con uno de los pases de The Last Winter—, puesto que los parecidos son elocuentes, no ya solo por las similitudes del espacio donde se sitúa la acción (el Ártico aquí, la Antártida en la adaptación carpentariana del espléndido relato de John W. Campbell) sino sobretodo por determinadas soluciones visuales y narrativas (cfr. las tomas áreas que muestran la estación; los planos subjetivos, los travellings exteriores, algunas elipsis...). La conclusión inicial en este sentido es poco alentadora ya que realmente Larry Fessenden parece incapaz de desprenderse de la presencia del célebre film y termina cayendo en cierta complaciencia, incluso cuando a través de los movimientos de cámara o el concurso de grabaciones de vídeo busca diferenciarse y mostrar, tal vez, su propio estilo. Sin embargo, el mayor problema de The Last Winter, cuarto largometraje en el terreno de la ficción del realizador newyorkino —Wendigo (2001), Habit (1997) y No Telling (1991), además de Automatons (James Félix Mackenney, 2006; Fessenden actor y productor) se han recuperado para el correspondiente homenaje— es que descarga en exceso de densidad y rigor la interesantísima historia que plantea: la alteración climática existente en el planeta está propiciando, probablemente, la liberación de gases o sustancias tóxicas que alteran de alguna manera el organismo humano, el cual ve afectado sobretodo sus funciones cerebrales, llegando a dar pie a brotes de locura, aunque en ocasiones ataque físicamente. Argumento con bastantes posibilidades dramáticas, sociales y fantásticas, que se bifurca hacia el relato de horror ad-hoc (incluso opta por mostrar la supuesta amenaza —con unos efectos especiales mediocres—, una decisión más bien negligente al anular la estimulante ambigüedad y turbulencia presente hasta el momento), progresivamente menos intenso y más ligero, poniendo de manifiesto su falta absoluta de emoción. Al contrario que la magistral The Last Wave (también citado por compañeros tras la proyección), el film que Peter Weir realizó hace treinta años y que también se acercaba al fenómeno meteorlógico desde una perspectiva fantástica.

J.D.C.

Blade Runner: The Final Cut, de Ridley Scott (EE.UU., 1982-2007)

En 1997, con motivo del estreno en cines de una nueva edición de la primera trilogía galáctica, George Lucas declaró, citando una frase de Jean Renoir, que “las películas nunca se terminan, simplemente se abandonan”. Esta obsesión por revisar una obra fílmica hasta lograr la perfección ha impulsado ahora a Ridley Scott a presentar una nueva versión de Blade Runner. Es la sexta vez que el cineasta británico se mete en la sala de montaje para retocar la cinta (véase el libro Futuro en negro: Cómo se hizo Blade Runner, de Paul M. Sammond). Las novedades afectan sobre todo a los apartados formal y técnico, con nuevas escenas de Deckard en las calles de Los Ángeles, retoques digitales (por ejemplo, en la escena de la muerte de Zhora se ha insertado la cara de la actriz Joanna Cassidy en el cuerpo de la doble que la sustituía para que no se note el cambio) y mejor calidad de imagen y sonido. En el plano narrativo, se mantiene la escena del unicornio, el final con Rachel y Deckard en el ascensor y la eliminación de la voz en off que aparecen en la versión disponible en DVD. El poder hipnótico de la película sigue intacto. Blade Runner es una obra maestra de tal calibre que soporta sin secuelas cualquier actualización técnica, nueva escena o añadido digital que pase por la cabeza de Scott. Las ideas visuales y musicales concebidas hace 25 años conservan todo su vigor e intemporalidad; y la reflexión sobre la condición mortal de la vida —humana o sintética— sigue siendo una de las más conmovedoras que ha dado el séptimo arte. Blade Runner jamás se perderá como lágrimas en la lluvia.

R.Á.

Bug, de William Friedkin (EE.UU., 2006)

A pesar de lo irregular de su carrera y tras una larga temporada embarcado en proyectos muy personales pero de escasa repercusión, el cine de terror con sabor a ciencia ficción da la bienvenida con avidez al renovado talento del director de uno de los grandes clásicos del género, El exorcista (injustamente ignorado e infravalorado desde entonces). Excelentes críticas acompañan a esta cinta que camina con seguridad entre el más puro terror psicológico y la pesadilla fantástica, logrando con hábil mezcla de estilo y género una consecuente película que revaloriza y reinventa las constantes fílmicas que tan bien sabe explotar su responsable. Porque a pesar de lo sencillo de su planteamiento y de su escueta puesta en escena (se trata de una adaptación teatral, circunstancia que lejos de restar valor cinematográfico al conjunto consigue incrementar y perfeccionar su fuerza dramática), el resultado logra espeluznar al espectador gracias a la soberbia interpretación de sus protagonistas (especialmente una extraordinaria Ashley Judd) y a la contenida atmósfera de claustrofobia y locura que se establece en el apartamento opresivo donde tiene lugar la acción (fiel continúa el director a su pasión por los espacios reducidos donde se desgranan las pesadillas). Una vez más, Friedkin desarrolla la temática del pánico que proviene desde lo profundo del ser humano: si en la película que le dio la fama era el poder sobrenatural del demonio el motor del filme, el desorden del subconsciente se encarga ahora de construir un infierno a la medida de dos personas, en una vorágine de autodestrucción cuyo final coquetea con una ambigüedad sutil, cercana a la ciencia ficción, pero sin abandonar el certero objetivo que persigue el filme (y que, indudablemente, consigue, más allá de cómo se quiera interpretar su significado).

A.A.

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Diary of the Dead, de George A. Romero (EE.UU., 2006)

El último acercamiento del mítico realizador a los muertos vivientes que tantas satisfacciones nos han regalado en su trilogía previa, es una aproximación adaptada a los tiempos que corren, que son bastante peliagudos. Los medios de comunicación son tanto o más cuestionables que nunca, y el mundo de internet, con sus blogs, sus vídeos caseros y su inmediatez puede permitir mostrar miles de verdades diferentes, y por supuesto más verdaderas que las mentiras disfrazadas de noticias. Otra vez el fin del mundo de la mano de los no muertos, y Romero, alejándose del camino fácil, y poniendo los huevos sobre la mesa, nos lo muestra de principio a fin en primera persona, desde detrás de la cámara de unos estudiantes de cine (con cierto trabajo de postproducción bien justificado por un estupendo guión) y que implica al espectador como lo pretendía El proyecto de la bruja de Blair, pero a diferencia de aquella, consiguiéndolo. Y como siempre con un enorme sentido del humor y unos brillantes efectos especiales al servicio del gore y a la altura de las circunstancias.

S.V.

This is fine, everything is fine, de Crispin Glover (EE.UU., 2006)

Todo festival de Sitges que se precie tiene una o varias películas como esta. Lo que para unos es inmoral para otros es simplemente minimal, y habrá quien dirá que es provocación gratuita y quien pensará que no es para tanto. Y todo viene porque el ya fallecido Steven C. Stewart, aquejado de una parálisis cerebral que le mantiene postrado en su silla de ruedas y que dificulta su comunicación oral amén de otras desgracias, protagonista y guionista de la nueva marcianada dirigida por Crispin Glover, se pasa prácticamente toda la película (sus setenta y cuatro minutos) peinando a (con cierta dificultad), acostándose con (sin escatimar en pornografía), y estrangulando a (por este riguroso orden) cinco o seis mujeres que podrían haberse escapado de cualquier película de Andrew Blake (bueno, no todas). Visualmente tan cuidada como las pelis de este último y tan arrebatadora en este aspecto que podría considerarse un híbrido entre Mullholland Drive, Corazonada y Dogville, a pesar de contar con un guión bajo mínimos (pero no olvidemos que lo ha escrito alguien con una difícil enfermedad), logra conmover, divertir y emocionar por igual a algunos (entre los que me cuento), mientras el resto se escandaliza, se lleva las manos a la cabeza y, en ocasiones, se marcha de la sala indignado, algo que, aunque esté mal decirlo, añade diversión al asunto. Una pequeña gran película.

S.V.

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Volumen I: diarios y obsesiones

De todas las características que definen en la actualidad al festival de Sitges la que más suele gustar es su amplia oferta en la programación, que incluye, aun cuando es el fantastique aquella más relevante, una agradecida variedad de estilos, géneros, tendencias, orígenes, formatos… Sin embargo, lo que hace especial a Sitges no es un aspecto tangible como puede ser este sino una cuestión de carácter, de tonalidad,  incluso de sentimiento si se quiere, en relación al hecho cinematográfico. Porque no basta solamente con proyectar numerosos títulos cada día, modelar secciones para todos los gustos, o tener la presencia de invitados representativos. Es necesario desplegar, en paralelo a todo el núcleo que compone un evento de esta clase, un tono determinado, que en este caso siempre se ajusta a una visión dúctil, flexible y escalable del cine. Sitges, verdadero paradigma de la cinefagia, continúa año tras año mostrándose como un certamen de fuerte personalidad que congrega a todo tipo de espectadores, entusiastas y especialistas como probablemente ningún otro. Un festival que cumple su 40 cumpleaños en su mejor momento, sexto año consecutivo con Angel Sala a la cabeza, insistiendo en este planteamiento con una apasionante programación en la mayoría de secciones. Buena muestra de ello es una selección rápida (e incompleta) de algunos de los nombres que han protagonizado estos primeros días de festival: William Friedkin, Larry Fessenden, Olivier Assayas, George A. Romero, Crispin Glover, Greg McLean, John Carpenter, Paco Plaza, Edward Wright, Woody Allen, Tarsem Singh, Ridley Scott, Jacques Tati, Angel Bettis, Katsuhiro Otomo…

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Resulta interesante para empezar acercarse a las películas presentadas por tres cineastas veteranos que desvelan audazmente ciertas claves sobre la sociedad actual. La estimable nueva incursión del homenajeado George A. Romero con Diary of the dead al terreno de los muertos vivientes se caracteriza, en primer instancia, por abandona los derroteros de la precedente Land of the dead para indagar en los límites de la representación, manteniendo una arriesgada posición subjetiva y filtrando un malicioso sentido del humor que la sitúa, en cualquier caso, entre el escepticismo y la desesperanza. Características presentes también en la inquietante y espléndida Bug de William Friedkin, el cual también recibió el premio La Máquina del Tiempo (hace unas semanas en su casa de Los Angeles al no poder acudir al festival), una visión desde el interior, sustentada en posturas más bien conservadoras, de la degradación mental y física, de la pérdida de identidad (tema vector de la reivindicable La presa, su film inmediatamente anterior), y de la amenaza exterior. La mayor sorpresa quizá sea el último Woody Allen terminado (bien es sabido que está completando un nuevo trabajo que ha venido rodando entre Barcelona y Asturias como localizaciones principales) ya que se trata de una de sus películas más brillantes: Cassandra’s Dreams es un nuevo estudio en negro alrededor del bien y del mal, en el que profundiza de forma demoledora sobre la culpa, en su escenario favorito de los últimos años, Londres. No parece tanta coincidencia que tres cineastas tan alejados entre sí en todos los sentidos, y que muy probablemente se encuentran en el tramo final de sus carreras, hayan entregado relatos tan marcadamente pesimistas con conclusiones parecidas en torno a la moral, la individualidad y la existencia. Es bastante significativo que tratándose de aproximaciones subjetivas (aunque en el caso del trabajo de Allen sea una narración en tercera persona) la puesta en imágenes se construye en los tres casos como prolongación de las obsesiones de sus autores y no a partir del estado anímico de los personajes. Se diría que son gritos de auxilio por lo que está por venir, conscientes de que aun puede ser mucho peor o que ya no hay solución posible.

Volveremos sobre estas películas y muchas otras en los próximos días, completando progresivamente (no siempre guardando el orden cronológico de proyección) el seguimiento especial que MIRADAS está dedicando a esta nueva edición del festival, que promete aun más intensidad en su parte final: Stuart Gordon, Guy Maddin, Park Chan-wook, Takeshi Kitano, Lodge Kerrigan, Takashi Miike, Brian de Palma, Hideo Nakata, Rob Zombie, Johnnie To, Ingmar Bergman, Nacho Vigalondo…

J.D. Cáceres

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