Desde la bien recibida The Crying Game (1992), en lo que había sido hasta entonces una carrera tenue pero con cierto ascenso, Neil Jordan (Irlanda, 1950) se ha dedicado a rodar largos débiles, que no dejan de decepcionar y de brindarnos más de una duda respecto de la poca preocupación que existe en Jordan por entregar una película antihegemónica, o siquiera penetrante. The Brave One, su más reciente film, es otra manera de repetir a los cuatro vientos que su visión cinematográfica es fláccida y poco creativa. A pesar de rellenar la película con ángulos aberrantes para intentar darle un aire “moderno” (como si la elección del eje de la cámara fuese un sinónimo de lo nuevo), Jordan, en esta etapa de su carrera, carece sin duda de una voz de autor y de un espíritu inclinado hacia su propia obra. Parece decirnos, sin mucho apego por el arte del cine, que no tiene nada que decir, nada que argumentar.

Erica Bain (Jodie Foster) es la seria heroína y el objeto principal del film, una personalidad radial que conduce el programa Street Walk en una emisora pública de la ciudad de Nueva York. Durante su programa de radio, Bain se dedica a mirar con nostalgia el pasado arquitectónico reciente de la Gran Manzana y las leyendas de sus celebridades de ultratumba. Con su voz semi poética y locución perfecta Erica Bain recordará las andanzas del mítico Sid Vicious de los Sex Pistols, las columnas del Hotel Plaza y el aliento nocturno de Edgar Allan Poe. Bain, además, está a punto de casarse (los pocos momentos en los que mostrará un halo de felicidad serán precisamente en conversaciones dedicadas a su matrimonio y a la preparación de los partes de boda) con un médico de raíces indias llamado David Kirmani (Naveen Andrews), quien, por lo general, suele pasar de las reuniones sociales y de las amistades de Erica.
Los primeros 20 minutos del filme intentan sumergirnos en el transcurso de una tarde-noche en el cotidiano de estos dos personajes (el mundo radial y el mundo médico) para darnos una visión general de las marcas de cada uno y cómo estas se entrelazan componiendo el universo de una pareja de clase media neoyorquina de principios del siglo XXI. Tanto Erica como David cumplen con los estándares occidentales de normalidad en la metrópolis: monogamia, profesionalismo, urbanidad, el status quo que, obviamente, debe quebrarse para que la narración se desencadene y el filme empiece a tener un sentido real. Este primer punto de crisis argumental se da un poco más tarde, esa misma noche, cuando la pareja saca a pasear a su perro a Central Park. Ahí, en circunstancias comunes que se transforman en escenas de horror, la pareja es primero humillada verbalmente y luego físicamente por un trío de muchachos de origen latinoamericano que retienen al perro de Erica (argumentan que lo han rescatado) tratando de obtener una recompensa monetaria. Quien se llevará la peor parte en esta disputa será David; rápidamente y en inferioridad de condiciones, será reducido por dos de los tres muchachos, mientras el tercero graba la sangrienta paliza, que incluye puñetazos, golpes al cráneo con un tubo de metal y puntapiés, con una cámara casera de vídeo (aquí se yuxtaponen insertos digitales y fotogramas de 35mm, otro intento de novedad por parte de Jordan, lamentablemente utilizado en demasía por los directores contemporáneos; asimismo, la alusión al fetichismo audiovisual, quienes gozan con las imágenes, no se maneja de manera productiva en el resto del filme para sacar ventajas dramáticas o simplemente para ahondar en las desviaciones de los personajes, quedando solamente como pobres accesorios). Erica Bain, por su parte, recibirá una golpiza similar a la de su novio pero, a diferencia de este, sobrevivirá a la brutalidad, y no precisamente para reordenar su vida sino para oscurecerla, convirtiéndose primero en una mujer insociable, sin la normalidad que le brinda el compromiso matrimonial y el trabajo, y después en una vigilante nocturna (una elección fortuita al inicio pero que luego se hará una práctica simplificada). Tras comprar ilegalmente una pistola de 9 milímetros para su protección, una serie de eventos tornarán a Erica en una justiciera con guantes negros que respira agitadamente pero que no siente remordimiento alguno cuando mata. A diferencia de sus atacantes en el parque, Erica no se excita grabando una golpiza sino que necesita asesinar a los “malos” para resolver su histeria y paranoia, y de eso modo recuperar parte de su normalidad. La gran contradicción surge cuando esta vía hacia la normalidad es en realidad excéntrica y periférica. Erica, aunque no es el punto crítico del filme (algo penoso, y otra de las líneas que pudo explotarse pero que Jordan no supo cultivar), se ha transformado en aquello que combate, una versión rubia y tal vez sofisticada del templado Paul Kersey (Charles Bronson) en Justicia callejera (Michael Winner, 1974).

Toda esta construcción narrativa, lamentablemente, se desploma cuando Erica Bain conoce al detective Sean Mercer (Terrence Howard), quien hará los papeles de confesor y conciencia, un personaje que argumentalmente sólo responde al capricho (y poco riesgo) de los guionistas: Roderick y Bruce Taylor y Cynthia Mort, quienes utilizan a Mercer como un libro de bolsillo de ética y moral, deteniendo la degeneración completa de Erica Bain y provocando un clímax sentimentalista, pusilánime (en contraste con el nombre de la película), que nos quiere hacer creer que la salvación de Erica Bain se ha dado o está próxima, como para dejar contenta a la audiencia que reclama una justiciera validada, cuando el filme en sí rechaza cualquier tipo de purificación real del personaje. Erica Bain, sin duda, sigue errando por las calles, no ha purgado sus culpas, pero los guionistas y el director prefirieron una heroína cobarde, y le llamaron The Brave One (La Valiente), no sabemos si por puro sentido irónico o sencillamente porque ninguno tuvo el tino necesario para evitarlo.