La extraña que hay en ti

Por Antoni Peris i Grao

La venganza de Iris

Las cosas cambian… ¿o no? En el cine de Hollywood, de la época Nixon a la época de Reagan y de ésta a la de Bush, no parece haber demasiados cambios. Si más no, en este subgénero de vengadores y justicieros. De hecho, aunque había numerosos antecedentes, (de los vengadores tràgicos de Mann a los atormentados de Lang), fue en los 70 cuando florecieron los justicieros de la noche. América se desmoronaba tras Vietnam y el sueño americano se desvanecía en calles violentas. Las fuerzas de la ley, ejército y policía, estaban desacreditadas y la ley del Talión fue asentándose en escena. Harry Callahan fue el héroe más reputado pero abundaron estrellas como Bo Svenson (futuro protagonista para Tarantino) y, sobre todo, Charles Bronson. Éste encarnó repetidamente al Justiciero de la Noche en Deathwish , sus secuelas y las imitaciones correspondientes. De ahí a las peripecias de Steven Seagal o Van Damme no hay más que un aumento de presupuesto y de destrozo (de coches, de decorados, de argumento…)

Hay que plantearse pues qué sentido tiene incidir en esta época de Bush y su eje del mal en un patrón usado mil veces y gastado hace tiempo, basado en el enemigo interno. Ninguna justifiación hay, a mi parecer, en The brave one (La extraña que hay en mí), la historia de una mujer que pretende vengarse de los hombres que la asaltaron y mataron a su pareja. No hay nada de nuevo. Pero tampoco hay un criterio o un discurso claro. El guión cambia el carácter de los personajes principales a su antojo, llevándoles del temor o la prudencia a la ira y el riesgo. Los secundarios aparecen y desaparecen sin justificación alguna. Los asesinatos se suceden al azar, por impulso súbito, por premeditación o por ansia de venganza. No hay innovación alguna sobre las tramas vistas en los 70. Irak y el 11 de setiembre no producen reflexión o cambio alguno en esta nueva edición de vigilantes vengadores. Los dos breves apuntes políticamente correctos que asoman en la historia (la facilidad con que conseguir armas en Nueva York, la oyente que llama planteando que la venganza es claramente reminiscente de las barbaridades de Irak) son inermes insinuaciones en una película reaccionaria que no tiene siquiera el valor de reivindicar abiertamente el fascismo que defiende, camuflándolo para quedar bien ante republicanos y demócratas.

¿A quién le interesaba, pues, hacer esta película? A Jodie Foster, sin duda, actriz empeñada en personajes luchadores que se esfuerza por permanecer en la brecha de una industria que margina a las actrices maduras. Lamentablemente, el resultado está muy lejos de sus logros previos y aun siendo su interpretación lo más destacable de la película, queda por debajo de su Clarice de El silencio de los corderos o incluso de sus papeles en La habitación del pánico o Plan de vuelo desaparecida, en cuya producción también intervino. De Dustin Hoffman (Perros de paja, 1971, Sam Peckinpah) a Jeremy Irons (El cuarto ángel, Jack Elgin, 2001), muchos actores han tenido horas bajas como para interpretar papeles de “vigilante” y quizás se planteó ahora la originalidad de tener una vengadora femenina y físicamente escuálida. Sin embargo, no podemos ignorar la furiosa pequeña Sondra Locke en una cinta que es un claro antecedente de ésta: Impacto súbito ( Clint Eastwood,1984), una de las más discutibles obras de su autor, en la que unas mujeres se vengaban de unos violadores. Ni, tampoco, debemos olvidar al imparable Angel de Venganza (Ms. 45, 1981 , Abel Ferrara) interpretado por Zoe Lund que, puesta a machacar machos, decidía ir a por todas y con la licencia para matar que le daba un Ferrara muy pasado se lanzaba a una orgía de violencia que alcanzaba a todo quisque y zarandeaba al espectador.

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Que Joel Silver sea el otro productor no sorprende en absoluto. Su historial, que incluye las series Arma Letal y La jungla de cristal, explica esta opción [1]. No obstante, el papel de Neil Jordan en este desaguisado no se entiende. Que el director de Breakfast in Pluto (una de las mejores obras del pasado año) y de The end of the affair (a la que cité entre las películas más destacadas de este inicio de siglo) sea responsable de The brave one significa una decepción considerable. De hecho, aun siendo su peor película (junto a No somos ángeles), hay que considerar que no hay signos visibles de Jordan en toda la cinta. Nada de referencias a pasiones, no hay traiciones a la amistad o travestismo, constantes de sus tramas. No hay juegos irónicos ni uso inteligente de las canciones para enriquecer la trama. De hecho, sólo hay dos fugaces apuntes de puesta en escena próxima al fantastique tan querido por él: los títulos de crédito en los que Nueva York ofrece imágenes fantasmagóricas a través de una lente deformada (y tal vez no sea su responsabilidad) y la imagen del túnel dónde se produce el asalto, inquietante primero y desasosegante después al balancear la cámara antes de la pelea. Lamentablemente, Jordan desaprovecha el shock que implica el retorno a la normalidad a la salida del hospital (las posibilidades de jugar con sonido e insertos) y repite innecesariamente el balanceo de cámara echando a perder el efecto inicial. Realmente, tanto da quien haya dirigido la cinta.

En los 70, Scorsese creó en Taxi driver un icono moral y estético, referente de la paranoia de un país que buscaba el enemigo dentro de sí al saberse derrotado en el exterior. El sangriento rescate de Travis (Robert de Niro) para arrancar a Iris (Jodie Foster) de las garras de chulos y mafiosos tenía explicación. La venganza de Iris, 30 años después, no tiene ni explicación ni justificación cinematográfica. A nivel social sólo explica la desorientación de una industria y de una sociedad entera.

[1] E incluye también V de vendetta, que no tiene nada que ver en cuanto a estética y a valoraciones éticas con este producto.