El 29 de agosto de 2005 Nueva Orleáns se vio azotado por el huracán Katrina. La tragedia tuvo números desoladores con miles de muertos y casi un millón de personas afectadas. Y la repercusión mediática tuvo gran repercusión, no sólo por el propio drama sino por aquello que le rodeo. Cada vez que un huracán o un terremoto azota una zona concreta (normalmente cuando son pobres) sale a la luz las diferencias existentes en la actualidad, las carencias que normalmente se dejan de lado pero que se constatan con claridad cuando golpean a quienes a penas tienen medios para vivir en circunstancias normales como para tener que afrontar de repente a una desgracia de tal magnitud. Esto, sin embargo, no era de esperar en Nueva Orleáns, ciudad norteamericana y, por tanto, no localizada en aquello que se ha venido a llamar Tercer Mundo. Pero a los pocos días del desastre, se comprobó que no era así, que incluso en un país como Estados Unidos, en momentos extremos, las diferencias sociales y, en este caso, raciales, están ahí.

Spike Lee, director de irregular pero apasionante y combativa carrera, no dudo en llevar a cabo When the Levees Broke: A Réquiem in Four Acts, documental para la HBO de cuatro horas y estructurado en cuatro horas. Como siempre en su cine, la polémica está servida, porque no sólo se trata de documentar lo sucedido, sino también de rastrear en su superficie en busca de otros elementos. Por supuesto que son muy discutibles las declaraciones del director en las que acusaba a través del documental y de diversas entrevistas al gobierno de su país de querer, tras el huracán, desplazar fuera de la ciudad a la población negra, de ahí la presumible, y parece que en realidad constatada, negligencia en enviar ayuda. Lo que si es cierto es que tras cuatro días, la gente seguía durmiendo en la calle y sin saber qué sería de sus vidas.
El documental sigue de manera cronológica los sucesos, abarcando más de un año desde el comienzo del huracán hasta la reconstrucción de la ciudad. Lee se acerca a testigos directos, no sólo negros, para dar cuenta de lo sucedido de una manera más humana. Los testimonios se suceden y son los únicos que dan diálogo a las imágenes, porque carece de un narrador, buscando antes la música o el sonido ambiental para las imágenes de archivo o montajes fotográficos. A lo largo de cuatro horas se puede ir sintiendo la evolución de esa gente, porque son ellos quienes estuvieron ahí cuando vieron como sus casas quedan reducidas a la nada o sus seres queridos fallecían en las calles de Nueva Orleáns. Determinados momentos adquieren una intensidad enorme, casi nunca sin caer en lo enfático, siempre buscando que el espectador pueda sentir algo más que aquello que las cifras sin nombre y apellido de los periódicos apuntan. Spike Lee pone el nombre y reproduce el rostro, porque tiene claro que antes que nada, son seres humanos los afectados.

Entre las entrevistas, el material de archivo y el montaje del mismo apuntan a un trabajo titánico, porque se juega con todo tipo de fuentes para poder dar un sentido lo más completo posible al suceso. Por supuesto, es muy complicado, porque hablamos de una tragedia de tal envergadura que nunca sería posible el reproducirla en su totalidad. Es llamativo, no obstante, como Lee está más interesado en el después, y algo en el antes, que en el propio momento del huracán. No niega su visualización pero parece querer centrarse más en las consecuencias. La gente en la calle, los muertos flotando, las casas derruidas o hundidas en el agua. El huracán toma forma a través de la reconstrucción de los supervivientes, quienes narran su personal pesadilla que es a la postre colectiva, porque, al fin y al cabo, hablamos de algo que nace en la naturaleza y no se puede controlar; pero sí se puede, después, ver como ha afectado a los seres humanos, cómo éstos han reaccionado, qué les queda por hacer. Desde luego, el componente humano es lo más relevante del documental, porque da palabra a aquellos que quedan relegados a epígrafes y titulares, porque en las tragedias el nombre propio se borra; asimilar una idea colectiva hace más fácil el sobrellevarlo, enfrentarse a casos particulares lo hace todo mucho más cercano y, por tanto, doloroso. Entendemos mejor, sentimos con más intensidad. Es posible que el documental se resienta en sus dos últimas partes, quizá porque las dos primeras despliegan un dramatismo complicado de mantener. Pero en conjunto supone un intento muy inteligente de dar una idea de un suceso desde todos los planos posibles.
En cuanto al posicionamiento de Spike Lee ante su gobierno, el tema queda claro. Su ataque, como decía, discutible en su base, no lo es en hechos, pues queda claro que la respuesta de ayuda fue lamentable. Del mismo modo, se constata como después del huracán Betsy, que azotó a la ciudad en 1965, no se llevó a cabo mejoras en las infraestructuras por motivos económicos y políticos, como ese dique que nunca se terminó de construir y que podría en el año 2005 a ver evitado algunas cosas. Sin embargo, Lee lleva más allá el tema de negligencia política de la administración Bush para acercarlo a la cuestión racial (sin negar que hubo afectados blancos). En este punto, su posicionamiento beligerante puede suponer un lastre en determinados momentos, aunque puede que no esté exento de razón. Lo que sí es cierto es que el Katrina sacó a la luz las miserias que aún existen en el mundo occidental en los países considerados ricos (y, en este caso, en el más rico de todos). Son cosas que cualquiera sabe, pero convenientemente se ignoran. Cuando sucede algo así y se ve con toda crudeza, entonces, se asume con resignación, incluso, es fácil lamentarse, porque al fin y al cabo, nadie puede detener un huracán. Pero sí resulta horrible que tras él muchas familias no pudieran permitirse el poder reconstruir sus vidas y sus casos, que a penas recibieran ayudas de su gobierno. La miseria sale a relucir con toda su crudeza, y aún sigue ahí, porque transcurridos dos años muchas de esas familias no han podido todavía salir hacia delante.

Un documental comoWhen the Levees Broke: A Réquiem in Four Acts nos sitúa como espectadores ante algo que creíamos conocer a través de los medios de comunicación para hacernos ver, una vez más, que nuestra relación con el mundo sigue estando condicionada por aquello que nos quieren mostrar sin que nos preguntemos demasiado acerca de lo que sucede a nuestro alrededor.