El orfanato (J. A. Bayona, 2007)

Por Alicia Albares

El apadrinado de Guillermo del Toro debuta por la puerta grande

Para un aficionado al cine fantástico y de terror, resulta complicado valorar con justicia y cierta objetividad la primera película del realizador catalán J. A. Bayona. Primeramente porque, más allá de cualquier análisis postrero, el conjunto que construye (tanto a nivel argumental como formal) resulta más que positivo: no sólo cumple sus objetivos sino que además deja un sabor de boca agradable, extraño, un deleite de complacencia ante el hecho de haber visto una película bien hecha, con una realización más que correcta envuelta en una puesta en escena tan cuidada como hermosa. Sin embargo, hay cierto aroma a producto fabricado en todos estos aciertos; una sensación de falta de corazón o de espontaneidad, si se quiere, que empaña el resultado y que ningún amante del género que busque nuevas propuestas debería ignorar. Esta circunstancia no pone en duda ninguno de los méritos que, sin duda, conserva El orfanato , pero si que obliga a bajar del pedestal a esta opera prima que ha sido considerada en muchos festivales como una obra maestra sin más cuestionamientos.

Y es que, por encima de lo acertado de su planteamiento, estamos ante una construcción que carece de verdadera originalidad. Su trama, que aspira a desgranar lentamente una intriga que mantenga en vilo al espectador, se resuelve conjugando uno a uno los más habituales tópicos de películas de "niño fantasma en casa encantada". La habilidad de alargar el desenlace y complicar los giros del guión con el fin de intentar sorprender al público no añade valor a una historia que desprende un fuerte aroma a muchas películas de temática parecida, como las también españolas Darkness, Nos Miran o la excelente co-producción de Aménabar, Los Otros (semejanzas a este filme encontramos en el tramposo final, explicado con flashbacks). Totalmente inundado por las influencias de lo mejorcito del género, Bayona enlaza una a una situaciones que han marcado a toda una generación de público y que, precisamente por eso, otorgan a la obra una rotundidad y fuerza dramáticas que no le pertenecen, pero que sin duda envuelven lo que podría resultar frío de un halo nostálgico que puede confundir (como de hecho, ocurre) al público menos exigente. Referencias a Poltergeist (en una de las mejores secuencias de terror del filme, con una soberbia aunque escasa Geraldine Chaplin como médium, invocando terribles psicofonias), a Viernes 13 (ojo al origen del personaje de Tomás, el niño fantasma), a la clásica Al final de la escalera (en el elemento fundamental del niño fallecido provocando terror en una mansión decimonónica). Tampoco se puede ignorar la sensación a deja vù de su final, que, gracias a la música y a la composición del plano recuerda irremediablemente a los desenlaces de Spielberg, logrando una emotividad parecida (dejo que cada uno juzgue si este hecho es bueno o malo).En definitiva no hay, a simple vista, rasgos nuevos que sirvan para definir esta película o que puedan relacionarse como propios de su responsable, un director que, por encima de todo, ha demostrado ser un soberbio arquitecto para ensamblar piezas de origen ajeno. Y, por supuesto, ayudado por el productor, un Guillermo del Toro que es todo menos invisible en la envoltura final de la película (hay mucho de él tanto en la estética como en la trascendencia de su mensaje final).

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No obstante, la película funciona. Y lo hace, en gran medida, por el hecho de ser capaz de hilvanar una atmósfera tétrica, a veces patética, con los recursos más habituales del cine de terror, basados en sonidos inquietantes y cámara subjetiva, en travellings interminables y apariciones inesperadas. Ambas habilidades, bien empleadas, dan a luz momentos conseguidos de verdadero pánico, logrando que el espectador se implique en las situaciones y sorprendiéndole gratamente cuando debe hacerlo. No hay fisuras tampoco en su tratamiento visual (impresionante la figura del faro sin luz al que da vida la protagonista con el reflejo en un reloj de la luz de la luna), profundamente meditado, compuesto a un nivel casi pictórico, gracias a una comunión perfecta entre la fotografía y una dirección artística notable, lo que supone una de las grandes virtudes del filme. Tampoco podemos ignorar el trabajo actoral, encabezado por una Belen Rueda casi heroica en su sufrimiento, a ratos enloquecida, pero haciendo gala de una contención dramática que no puede ser pasada por alto. Sin duda ella debería ser uno de los principales reclamos de esta obra.

No muchos directores noveles podrán presumir de haber comenzado su carrera con una película tan acertada como ésta. Porque, al fin y al cabo y siendo realistas, es muy difícil inventar algo nuevo: todo se ha contado y de muy diversas maneras en el género. Bayona parece ser consciente de ello y toma lo que ama para construir su primera película. No hay nada de malo en ello, sobre todo cuando se combina con tanta habilidad. Nunca podrá ser calificado de genio, pero, a partir de ahora, su artesanía queda más que demostrada. Sin duda, estamos ante un nuevo Amenábar.