Tras siglos de religiones, el hombre occidental parece haber olvidado la figura de Dios. La fe en la ciencia, el placer del consumo y la incorporación de un nuevo panteón de ídolos — actores, cantantes o deportistas —han sustituido a las antiguas creencias. Y, a día de hoy, tenemos respuestas para casi todas las grandes cuestiones de la humanidad. Ni tan siquiera la muerte o la enfermedad nos preocupan en exceso. La visión difuminada que de ellas nos ofrecen la publicidad y los medios de comunicación —en su obsesión por ensalzar la juventud de los cuerpos— nos permiten seguir gozando (y consumiendo) día a día sin pensar demasiado en el futuro. Mientras el cine, incapaz de escapar de esta farsa audiovisual, se decanta mayoritariamente por propuestas escapistas, de parque de atracciones; en las que incluso los filmes que entran directamente en estos terrenos —pensemos, por ejemplo, en Mar adentro— guardan las distancias y edulcoran los hechos para que no suframos más de la cuenta.
Dentro de este panorama sobreprotector con el espectador, es curiosa la aparición de una obra como First Snow . Un trabajo que transita por terrenos conocidos, pero que recupera el espíritu del cine noir en el que factores como el destino o el pasado pasan a primer plano. El antihéroe, Jimmy Starks (Guy Pearce), es el prototípico triunfador de nuestro tiempo, exitoso hombre de negocios y atractivo amante. Pero una extraña visita a un vidente —que le anticipará la llegada de su muerte— será suficiente para que toda su existencia se vaya al traste. Este factor externo a su vida racional, casi místico, le sirve al director (el coguionista de Hijos de los hombres, Mark Fergus, en su debut tras las cámaras) para advertir de la fragilidad del mundo en el que vivimos. Un mundo en el que, por mucho que nos digan que las cosas van bien, sigue habiendo situaciones que escapan a nuestro control.

Puede que al descubrir su destino, el protagonista acentúe demasiado sus miedos y se convierta sin excesivas razones en un completo paranoico. Pero su visión de la vida ha cambiado. Y tal como sucede en las tragedias griegas —no por casualidad la figura del adivino (equivalente a la del oráculo) es clave— , Jimmy se ve sumido en una fatalidad de la que no puede escapar. El ateo, tal como apuntaba Roberto Alcover en su comentario desde el festival de Sitges [1], decide creer para después no arrepentirse. Y este paso le conllevará consecuencias funestas en las que no tanto el azar, sino más bien la culpa y el miedo marcarán su nueva existencia. Una breve etapa en la que el protagonista intentará arreglar su pasado mientras asume con entereza lo inevitable.
La ubicación del relato en urbanizaciones y carreteras secundarias norteamericanas, el tono oscuro de las imágenes, el ritmo lento y la inquietante banda sonora ayudarán a crear la atmósfera fabulesca adecuada para la película. Todo el resto lo pondrá el rostro de un magnífico Guy Pearce que, a medida que pasan los minutos, se irá transformando hasta alcanzar la serenidad de las últimas secuencias. Quizás el Dios que ha olvidado el hombre occidental no esté presente en First Snow, pero en el viaje —más interior que exterior— de Jimmy se intuye un arrepentimiento casi católico, una aceptación de la indudable pequeñez del ser humano ante la grandeza del Universo.