Naturaleza muerta (Jia Zhang-Ké, 2006)

Por José Antonio Souto Pacheco

Qué verde era mi valle

El tiempo es un adversario cruel. Nos tira al suelo con el vendaval de la fugacidad y nos remata con la carga consistente que ha ido recopilando en el pasado. Naturaleza muerta traza su recorrido por estos vericuetos pero lo hace de un modo musitado. Es otra arista de este tiempo, enemigo íntimo de nuestros días, la que Jia Zhang-ke hace estallar en la pantalla. El tiempo como agente destructor, un tiempo mudado en una especie de tren de alta velocidad al que se debe subir, en marcha, para continuar viviendo. Poco importa lo que queda atrás, y menos aún el deseo -o su ausencia- de cambio del individuo. El fantasma de la libertad es creer que uno escoge viajar en ese tren cuando, en realidad, éste se mueve con el interés de otro(s).

Jia Zhang-ke nos muestra dos historias desvinculadas entre sí pero que, en cierta manera, se complementan y sirven para afinar el retrato de un país que vive el presente con planteamientos de futuro, en un constante estado de (des)composición. Dos procesos de búsqueda. Por un lado, el de Sanming que retorna a Fengjie para buscar a su mujer con el propósito de reencontrarse con su hija a la que apenas conoce pues hace 16 años emigró al sur del país, a Shanxi, para trabajar en unas minas. Por el otro, Shen Hong también vuelve a la ciudad, desde Shanxi, para encontrarse con su marido a quien no ve, ni tiene noticias suyas, desde hace dos años. Ambos personajes regresan a Fengjie... pero las calles que ellos transitaron ya no existen, anegadas por las aguas del pantano de las Tres Gargantas. La cámara de Jia Zhang-ke nos acompañará en un paseo costumbrista por el lugar (resquebrajado por las apariciones furtivas de un par de ovnis); mientras que los pasos de los personajes nos llevarán a un mundo que ya no es suyo (sólo quedan vestigios de éste en las estampaciones de los billetes de curso legal), de apariencia irreal, en el que los edificios derruidos conceden un prominente grado de extrañeza al paisaje.

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Jia Zhang-ke hace uso de los tiempos muertos, potenciando la impresión por encima de la acción. El plano largo, los movimientos lentos de cámara, las actuaciones sincopadas de los actores, el sonido, la luz, etc., son los elementos mínimos que encuentra para poder proporcionar una intensidad altísima en escenas donde, aparentemente, no sucede nada.

La narratividad de Jia Zhang-ke tiende a cero. Eso no es bueno ni malo, no es digno de elogio o reproche por sí mismo. Optar por una narración alambicada o minimalista es, finalmente, una opción de formalismo. Si hiciese bandera del estilo de Zhang-ke sin tener en cuenta su continente ofrecería un análisis insustancial e intrascendente.

Así, Naturaleza muerta no sería el excelente filme que es si su director no hubiera sabido transmitir el vacío que sienten los personajes al caminar por Fengjie, vislumbrando su pasado en las hierbas que flotan en determinados lugares del pantano u observando los escombros de edificios y calles que antaño poblaron. Los planos secuencia, las continuas panorámicas que barren el paisaje y siguen a los actores nos instalan en esta tesitura. También de este modo, los componentes oníricos que ya hemos mencionado (la aparición en pantalla de elementos fantásticos o algunos encuadres que enmarcan el dibujo de una ciudad que ya no es tal) nos emplazan a la sensación de desapego de la realidad que sufren los personajes, a la desorientación que les supone enfrentarse a un lugar y a un tiempo que forjaron sus identidades y que ya no existen.

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En Naturaleza muerta son tres los puntos en los que Jian Zhang-ke sustenta su patrón argumental. El central es el tiempo que acaba con todo (ya hemos hablado del papel que juega en Naturaleza muerta al inicio del artículo), y a su alrededor gravitan el hogar y la familia. La ausencia del hogar, de la casa, es un no-espacio en el que se vislumbra la decadencia del lugar y de aquellos que lo poblaron, una prueba irrefutable de que el futuro venció al pasado aniquilándolo, ya que de él sólo quedan sus huellas. El otro satélite que gira en torno al tiempo es la familia, una pieza ajena (en el sentido de que no es protagonista) a todos estos procesos de cambio. La incomunicación entre sus miembros (en la película los teléfonos móviles tienen ciertas dificultades en establecer conexión... y cuando lo logran es para hacerlo con el de una persona muerta), la ruptura de las familias y la soledad de sus miembros instalan el peso del pasado en sus vidas. Para ellos, el futuro no duerme a su lado, se trata únicamente de los cantos de sirena que alguien (o algunos) emiten más allá del pantano de Las Tres Gargantas.

El paraíso utópico de lo que fue Fengjie ya no es posible. A su modo, en otro tiempo, otro lugar y con otras maneras, John Ford nos contó una historia similar. El sabor que desprende Naturaleza muerta no queda tan lejos del que nos dejó Qué verde era mi valle. El paso del tiempo y las transformaciones sociales sufridas por la clase obrera suponen, en ambas obras, el armazón de las mismas. Para los mineros irlandeses de Ford la vía de escape fue la tierra prometida norteamericana; más de 50 años después, Jian Zhang-ke no encuentra espacio para la esperanza, a los habitantes de Fengjie únicamente les resta esperar despertar algún día en la placidez del sueño capitalista.