Fragmentos de eternidad [reseña y entrevista]

Por Israel Paredes

ficha

Fragmentos de eternidad [José María Latorre]. Laria (Oviedo, 2007). Formato: 216 págs., rústica, 24x17 cm. Precio editor: 18,26 euros. ISBN: 978-84-935366-2-6

Daniel huye de Barcelona dejando atrás la relación lésbica que su mujer mantiene con una joven; también un lugar y unas circunstancias que le absorben. Su huída es total y busca con ella el poder reorientar su carrera como escritor y centrarse en la escritura de su nueva novela, ambientada en el Renacimiento. A José María Latorre siempre le ha gustado tratar con personajes en circunstancias extremas, cuando todo se sitúa en un punto de inflexión ante el que no queda otra alternativa que seguir hacia delante. Sea cual sea el destino que depare. En sus novelas, normalmente, este destino conlleva un itinerario arrollador, constatando que aquello que percibían o presentían asume unas formas mucho más violentas de lo que creían. Marcelo, el protagonista de la anterior novela de Latorre El silencio, descubría el vacío y se enfrentaba ante él. Y el propio escritor asume que su narrativa ha llegado a un punto concreto, y nace Fragmentos de eternidad.

La última novela de Latorre posiblemente abre un nuevo camino en su obra. Si siempre ha intentando mirar al pasado para traerlo al presente y, de esa manera, construir un futuro, en Fragmentos de eternidad es algo mucho más patente. La huida de Daniel le lleva de manera casi misteriosa a la ciudad italiana de Bolonia, donde acaba recluido es un antiguo palacio donde se rodeará de una serie de personajes a cual más pintoresco y que vienen a representar en sí mismos ciertos aspectos (políticos, religiosos, sociales) materializándose en ellos. Entre ellos se encuentra el joven Pontiggia, quien protagoniza la segunda línea narrativa junto a la de Daniel, quien encabeza una nueva iglesia-secta cuyas bases se asientan en encontrar en manifestaciones artísticas religiosas, en toda su extensión, señales del Diablo, descubrimiento que le lleva a pedir toda una reestructuración en la Iglesia Católica. Con todos estos elementos, Latorre construye una novela no exenta de humor, pero ante todo de una mirada hacia un presente de base realista pero con los suficientes elementos extraños como para crear algo diferente, muy físico y orgánico, donde los paisajes no sólo poseen una gran presencia, casi como personajes mismos, sino que se van construyendo, y también degenerando, a partir de la propia evolución de los personajes.

Latorre pone de relieve que la realidad no es tal, pues cada instante, cada fragmento de vida, no es más que ir dejando algo atrás, convirtiendo rápidamente el presente el pasado, y, por tanto, constatando que aquel no existe en realidad. De ahí el intento de unir ambos para mirar hacia el futuro, con un estilo que sin intentar ser visionario lo consigue. El lector se sitúa ante una realidad que de alguna manera no reconoce, y eso es importante, porque surgen las dudas y los planteamientos hacia aquello a lo que se enfrenta. Porque Latorre adopta un estilo literario muy narrativo y absorbente que hace avanzar una historia llena de historias paralelas, temas diversos entrelazados y complementarios, que en su conjunto dan cuerpo a una narración extraña, obsesiva, violenta.

Entrevista con J.M. Latorre

—"Fragmentos de eternidad" comienza con la angustiosa huida de Daniel, un escritor, y finaliza ante la constatación de lo fugaz de la vida.

—En esa huida hay varios componentes aparte del más evidente, el sexual. Es la fuga de un lugar que detesta, una tentativa de dejar atrás una forma de vida, la imposibilidad de relacionarse en una sociedad deteriorada, e incluso de escribir literatura en un momento en que tantos parecen haber olvidado que se trata de un arte. En el fondo de esa marcha hay también una forma de volver la espalda a un realismo convertido en la expresión más chata de la cotidianidad. Lo terrible de Daniel, y lo que hace su itinerario tan atractivo para mí, es que esa huida lo conduce al fin a la constatación de la fugacidad e irrelevancia de todas las cosas, empezando por la propia existencia, cuando los hechos parecían apuntar lo contrario.

—La ciudad de Bolonia adquiere una enorme fuerza física, algo normal en sus novelas, donde los marcos espaciales no son meros decordos.

—Hacía tiempo que deseaba localizar una novela en Bolonia, ciudad que me fascina. Y, por supuesto, quería hacerlo de la misma forma que en mis otras novelas y cuentos, como apuntas: siempre busco conseguir que los lugares donde se desarrollan adquieran tanto protagonismo como los personajes. En ésta es importante el entorno, la atmósfera, las calles, las plazas, los palazzi, los museos y las iglesias. Debía reflejar literariamente sobre todo las iglesias, su ambiente, sus cuadros, sus figuras, sus criptas.

—Religión, política, sociedad, arte, sexo..., pero sin dejar de lado un humor sutil.

—Desde el momento en que se me ocurrió esta novela tuve claro que debía tener ese contenido, a la manera de las grandes novelas centroeuropeas del siglo XX: quería nutrirla de ideas y que tuviera personajes "pensantes". En cuanto al humor, no todos se han dado cuenta pero está presente en algunos de mis relatos y novelas, y ésta es un buen ejemplo. Recuerda "Huida de la ciudad araña" o el cuento "Voces".

—Hay un profundo sentimiento de decadencia: de un mundo, de una sociedad, de un modo de mirar lo anterior.

—Lo he tratado desde mis primeras novelas; está presente ya en "Osario", "School Bus" y "Huida de la ciudad araña". Creo que la sociedad no ha evolucionado de forma natural, y no precisamente para bien. Se han ido cumpliendo mis vaticinios, incluida la cuestión de los asesinatos cometidos por niños y adolescentes, el estado general de guerra en el planeta y la violencia religiosa. Tampoco ha sabido ni está sabiendo mirar hacia atrás. En este sentido soy pesimista, es decir, realista.

—"Miércoles de ceniza", "Palacio de sombras", "El año de la celebración de la carne"... Reunir a una serie de personajes en un edificio es algo común a su obra.

—Los encierros suelen propiciar que el ser humano se mire a sí mismo, se interrogue sobre el sentido de su existencia, y crean complejas situaciones de tensión, tanto interior en los personajes como en su relación con los demás. Me gusta la idea del aislamiento que va creando una atmósfera de violencia.

—El "predicador" Vittorio cree encontrarseñales del diablo en templos sagrados, obras pictóricas o escultóricas...

—La idea se me ocurrió observando con detenimiento todo tipo de templos. Me propuse escribir una novela sobre un predicador enloquecido que va perdiendo el sentido de la realidad y deslizándose por el camino de la locura, y contraponerlo a un hombre que mira críticamente la sociedad, la realidad en que se mueve.

—En su obra hay un marcado interés por mostrar la realidad, pero sin dejar de introducir en ella una serie de elementos irreales que la transfigura, creando otra sin dejar de ser la misma.

—Sí, eso es común a toda mi obra porque me fascina. La realidad es algo muy complejo que se ve sometido a nefastas simplificaciones. Por decirlo así, no existe la realidad sino la forma de mirar los lugares por donde nos movemos. Y hay tantas realidades como miradas. Lo lamentable es que esas miradas se estén limitando, adocenando cada vez más y sólo se acepte como realismo la expresión de quien no sabe ver más allá de lo inmediato.

—La sexualidad y la obsesión por ella se contraponen en su fisicidad a las diversas reflexiones de los habitantes del palacio italiano.

—También es algo común a muchas de mis obras; piensa, por citar sólo dos títulos, en "Miércoles de ceniza" y "Palacio de sombras". Las reflexiones "caen" sobre un mundo en el que se está renunciando a la capacidad crítica o cognoscitiva de la mirada personal. La obsesión por la sexualidad forma parte del aparato externo de la conducta humana pero mis personajes viven también en otra dimensión, más reflexiva, y a veces el contacto entre uno y otra provocan violencia.

—"Fragmentos de eternidad" mira de alguna manera al futuro, pero contiene elementos tanto del pasado como del presente.

—En este sentido me propuse que fuera una novela total, que diera cabida al pasado y al futuro dentro de la fantasmagoría del presente, que no existe; cada instante de nuestra vida pertenece al pasado desde el momento en que transcurre. Si se lee la novela con atención se advertirá, espero, el peso del pasado y las epifanías del futuro, como iluminaciones.

—Siempre ha partido de su estilo literario como una forma de resistencia.

—Me considero un resistente de acomodo cada vez más difícil en la situación que atraviesa actualmente la literatura. No me gusta el estilo insustancial, tan frecuente en estos tiempos, y esto no tiene nada que ver con la ligereza. Ha habido autores de los que se podría decir que tenían una escritura ligera, p.ej., Hemingway, pero detrás de esa ligereza había una profundidad, una capacidad de sugerencia, una densidad, una visión del mundo que hoy se ha perdido en beneficio de una escritura insustancial, que no es lo mismo que ligera.

—"Fragmentos de eternidad" tiene mucha relación con toda su obra, en especial con sus tres últimas novelas, "Los jardines de Beatriz", "El año de la celebración de la carne" y "El silencio". Es una novela que abre caminos a la vez que continúa los anteriores.

—Me propuse que fuese un punto y aparte, pero mirando hacia atrás. Había llegado con "El silencio" a un grado de disolución total de la existencia, a una especie de grado cero, y quise abrir un nuevo camino a mi narrativa, si bien lo hice a partir de las novelas que mencionas, porque el mundo sigue siendo el mismo, si bien cada vez va más a peor; es algo que tiene que ver con lo que te decía a propósito de las diversas formas de mirar.