XXVIII Mostra del Valencia

Por Joaquín Vallet R.

Pasen los años que pasen, la Mostra continúa buscando su verdadera personalidad y razón de ser, más allá de las particularidades que definen su Sección Oficial. Concebir un festival desde la pobreza de medios es, en ocasiones, un aspecto positivo ya que ello puede deparar sorpresas considerables siempre y cuando se tenga en cuenta la modestia como carta de presentación. No obstante, hay en la Mostra un afán de equiparación a los festivales más consolidados del resto del Estado, tanto por lo que respecta a su programación como al deseo de invitar a nombres internacionales. Y es aquí donde, verdaderamente, se pueden encontrar las deficiencias que aún continúa exhibiendo. Tildar de “estrellas invitadas” a Raquel Welch, Don Johnson y Patrick Wayne puede sonar y, de hecho suena, a chiste. Si bien la presencia del hijo de John Wayne tiene su evidente justificación por el homenaje que se le ha hecho a su padre a tenor del centenario de su nacimiento, basar el atractivo de la Mostra en Raquel Welch y Don Johnson acaba por constatar la exigua condición del certamen a nivel internacional. Welch jamás ha pasado de ser una “estrella” efímera, en cuya floja filmografía apenas se podrían destacar un pequeño número de películas, entre ellas el memorable film de ciencia-ficción de Richard Fleischer Viaje alucinante. El caso de Don Johnson es todavía más sorprendente, ya que en su carrera no existe una sóla película mínimamente correcta y su nombre se ha diluido casi definitivamente en el paso del tiempo. Como se puede comprobar, nada que ver con el nivel de otros eventos en los que sí se cuenta con presencias de nivel.

Amén de ello, los ciclos y retrospectivas han vuelto a tener su cara positiva y negativa. Los homenajes a John Wayne y Humphrey Bogart, por ejemplo, han hecho que la programación de la Mostra estuviera copada de un buen número de obras maestras (El halcón maltés, La reina de África, Centauros del desierto, Escrito bajo el sol) aunque, como de costumbre, la calidad de las copias han sido, salvo excepciones, absolutamente desastrosa. Los comancheros se convertía, en los cambios de rollo, en una desaforada catarata de rayas y marcas que hacían casi imposible el visionado del film. La de Centauros del desierto, por su parte, se encontraba amputada ya que la secuencia del entierro de la familia de Ethan y la siguiente partida del grupo comandado por Clayton a la caza de los indios, estaban ausentes del metraje. Una falta de respeto más que considerable a una de las mejores películas de toda la Historia del Cine que hace ver que, lamentablemente, en la Mostra no existe un cuidado o una supervisión previa de todo el material a fin de que su exhibición posea la mayor calidad posible. Un hecho que se repite año tras año sin que se ponga solución definitiva.

Correcta sección oficial

A diferencia de otros años, y aún a pesar de que nuevamente se ha exhibido algún título verdaderamente indigno de un festival con veintiocho años de andadura, la sensación final que han proporcionado las doce películas a concurso es la de una satisfacción general. Así lo ha comprendido el jurado de éste año —compuesto por el cineasta esloveno Damjan Kozole (ganador de la Palmera de Oro el año pasado por Labour equals freedom), el compositor y realizador británico Jeymes Samuel, el productor iraní Esmael Barari, la actriz argelina Meriem Serbah y la actriz italiana María Pía, Princesa de Ruspoli—, que ha sabido valorar con gran acierto la mejor película proyectada en la Sección Oficial (la franco-argelina La maison jaune) y otorgar un conjunto de menciones que sintetizan, a la perfección, las mejores piezas de cada apartado. Un año, en definitiva, en que las películas presentadas han tenido un parejo nivel de calidad y que, salvo concretas excepciones, éste ha resultado bastante digno.

7 ans, de Jean-Pascal Hattu (Francia, 2006)

7 ans es una espartana producción francesa que se ha alzado con los premios correspondientes a la mejor interpretación femenina para Valerie Donzelli y al mejor guión. El film cuenta la historia de un turbio triángulo amoroso entre un condenado a siete años de prisión, su esposa y un guardia de la cárcel, mostrado desde un prisma poco común en el que la interdependencia de los personajes denota un tratamiento psicológico opresivo, donde una situación que supera las expectativas de los protagonistas acaba por descontrolarse. La película es una obra más que interesante poseedora de evidentes virtudes, entre ellas la dirección de Hattu, quien controla perfectamente las motivaciones y las múltiples dudas del trío, diseccionando cada acto o pensamiento con gran meticulosidad. Ante ello, las actuaciones que extrae de los actores y, muy especialmente, el excelente trabajo de la premiada Donzelli es, sin ningún género de dudas, lo más logrado del film. A éste respecto, es más que notoria la influencia de André Techiné en el film y más si se tiene en cuenta que Hattu fue ayudante de dirección en varias de sus películas. Como elemento “negativo”, una historia que se estanca hacia la mitad y que no avanza con la suficiente fluidez. Rasgo que, sin embargo, pasa convenientemente desapercibido debido a la precisa descripción de sus personajes.

Ana(t)ema, de Agim Sopi (Kosovo, 2006)

Ana(t)ema quedará para los restos como una de las producciones más descabelladas jamás proyectadas en la Mostra y, sin duda, como la peor de las películas que componen la Sección Oficial. Sencillamente, no hay lugar por dónde coger ésta impresentable cinta kosovar ya que si, sobre el papel, su detonante argumental puede parecer interesante (una periodista, que cubre el conflicto bélico de Kosovo, es violada por soldados sirios quedando embarazada) su ejecución cinematográfica es absolutamente desastrosa. Los diálogos son reiterativos y totalmente pueriles; los personajes no pueden sostenerse en pie ya que parecen desdibujadas caricaturas de sí mismos pésimamente interpretados, además, por la práctica totalidad de su cuadro actoral; la dirección de Sopi es plana y, por momentos absurda, concibiendo un buen número de secuencias que provocan la risa antes que la reflexión (la escena del parto, por ejemplo, digna de un gag de Scary Movie). En definitiva, un film malo de solemnidad que ha pasado justamente desapercibido para el jurado.

Sutra Ujutru (Tomorrow morning), de Oleg Novkovic (Serbia, 2006)

Ésta irregular producción serbia cuenta el regreso de un joven a Belgrado, tras doce años de estancia en Canadá, para celebrar su boda. El film es un retrato generacional de un país inmerso en una transición constante después de largos años de conflictos bélicos, mostrando un conjunto de personajes totalmente desorientados, tanto personal como socialmente, que no atisban un futuro claro ni un camino determinado en sus vidas. Ganadora de la Palmera de Plata, éste film de Novkovic posee grandes virtudes entre las que se encuentra una sesuda dirección de actores que aboga por una controladísima espontaneidad, y un guión cerrado que plasma muy bien las dudas de sus personajes. Sin embargo, el film no sabe controlar el ritmo y varias de sus secuencias se encuentran innecesariamente alargadas, intentado recrearse en los comportamientos de los protagonistas, pero sin que haya una auténtica justificación argumental para ello. Quizá debido a que la historia que se nos narra es demasiado liviana e insignificante como para sostener el peso de una película durante 84 minutos. Aún así, una obra interesante.

Li´bit Al-Hobb (Game of love), de Mohamed Ali (Egipto, 2006)

Game of love es una pieza egipcia que ha supuesto un cambio bastante sorprendente respecto a la temática habitual de los films seleccionados en la Mostra. Lejos de exponer sus realidades sociales, la visión que nos ofrece de Egipto es la de la burguesía acomodada en el marco de una comedia de situación que pretende asemejarse a algunos de los títulos dorados del clasicismo norteamericano. El resultado, empero, deja bastante que desear ya que la cinta de Ali no funciona ni como muestrario social de las clases más favorecidas económicamente, ni como comedia de parejas. Más bien es una torpe y burda producción, que tiene de base un muy flojo guión repleto de tópicos y situaciones verdaderamente absurdas. Sin duda, de lo peor que se ha podido ver en el festival.

Making Off, le dernier film, de Nouri Bouzid (Túnez, 2006)

Ésta película tunecina ha sido una de las grandes sorpresas del festival. No porque, en el fondo, sea un film perfecto o excepcional (de hecho, tiene sus errores) sino por sus particularidades y por su contundente mirada sobre un problema tan grave como es el terrorismo islámico. Ganador del Premio Especial del Jurado (muchos pensábamos que obtendría una de las Palmeras ya que, al final de la proyección, el jurado estalló en aplausos), el film de Bouzid se centra en la extrema manipulación que los fundamentalistas ejercen sobre determinados jóvenes a quienes acaban convirtiendo en auténticos polvorines humanos. La visión del cineasta opta por la racionalidad, por adentrarse en la mentalidad de un protagonista perdido en la vida, susceptible a cualquier tipo de maniobra psicológica, espléndidamente interpretado por Lotfi Abdelli ganador del premio al mejor actor. La constante alteración de la ficción, mostrando el mismo rodaje de la película y el enfretamiento entre el director y el protagonista principal sirve a Bouzid para exponer su punto de vista sobre el Islam y, asimismo, para reflexionar sobre la construcción de lo ficticio, sobre una manipulación artística, en definitiva, que sirve de efectiva denuncia a una situación real. La película no carece de problemas, entre ellos, un final muy poco efectivo que acaba por simplificar e individualizar el problema. No obstante, en un conjunto, Making Off es una buena película que, quizá, podría haber conseguido algo más jugoso en el palmarés.

Eduart, de Angeliki Antoniou (Grecia, 2006)

Película muy aclamada en su país de origen donde ha sido seleccionada para competir en los premios “Oscar”, Eduart es, sin embargo, un film muy discreto que acaba por hacer inútiles concesiones al efectismo gratuíto antes que optar por otro tipo de opción estética. La cinta cuenta la historia de un joven que es encarcelado, acusado de asesinato, viviendo en el penal situaciones de extrema crudeza. El problema del film radica en que sus intenciones no quedan del todo claras: no llega a ser un análisis psicológico del protagonista porque la clave de su situación (el asesinato) nos es aclarada al final; tampoco funciona como muestra de un proceso de redención ya que el personaje no progresa; y, como denuncia de las condiciones penales condicionantes de variabilidades en el individuo, el film queda en la más absoluta de las superficies sin saber cómo abordar la situacion y optando por el sensacionalismo visual. Una obra mediocre e insignificante.

Cover boy. L´ultima revoluzione, de Carmine Amoroso (Italia, 2006)

Esta producción, ganadora del premio a la mejor fotografía, narra los esfuerzos de integración de Ioan, un joven inmigrante rumano, en Italia. Allí conocerá a un maduro empleado de limpieza a quien pronto despedirán. Los primeros cincuenta minutos del film son, sencillamente, excelentes, mostrando los terribles problemas laborales existentes en Europa, así como la precaria situación social de los inmigrados, con un pulso verdaderamente firme y con una descripción de personajes logradísima que va más allá del contenido social y muestra una relación de amistad, por momentos, emocionante. Algo a lo que contribuye, sin duda, el impresionante trabajo del actor Luca Lionello (a quien el jurado ha recompensado con una mención especial a la interpretación masculina), repleto de matices y profundidad. Sin embargo, desde el momento en que la historia toma un giro determinante y Ioan es contratado por una fotógrafa para un reportaje, todo se viene abajo. La película comienza a divagar desplazando las más que estimulantes aristas esgrimidas con anterioridad y centrando su atención en la exposición de los ambientes más snobs de Italia, a los que no enjuicia y trata con cierta torpeza. Cover boy, por tanto, es el ejemplo perfecto de una oportunidad perdida, el esbozo de una obra admirable, lastrada por un tercio final inapropiado que acaba provocando el más irritante desinterés. Una verdadera lástima, de verdad.

Falafel, de Michel Kammoun (Líbano, 2006)

Recompensada por el jurado con la Palmera de Bronce, ésta opera prima de Michel Kammoun bien puede ser considerada una de las mejores películas exhibidas en la Sección Oficial. El film es un retrato objetivo y, en cierto modo, costumbrista de Beirut centrado en los avatares de un joven que recorre la ciudad nocturna con una motocicleta encontrando toda una fauna de personajes y situaciones de cualquier tipo. Dirigida con personalidad por Kammoun y muy bien escrita, el análisis de todos los elementos que plantea convergen en la exposición de un cosmos, que todavía no se ha librado del fantasma de la guerra, en el que los seres que lo habitan pueden actuar de maneras totalmente inesperadas. Quizá influída por ¡Jo, qué noche! de Martin Scorsese, Falafel es una atractiva película que combina, con gran acierto, su profundidad social con un latente y socarrón sentido del humor.

Riza, de Tayfun Pirselimoğlu (Turquía, 2007)

Repleta de pretensiones y con un ritmo absolutamente tedioso, Riza apenas contiene elementos destacables y pasó sin pena ni gloria a todos los niveles, incluída la valoración del jurado. La película cuenta la historia de un camionero cuyo vehículo sufre una avería, sumiendo al conductor en la desesperación. Después de cometer un crimen, ve en la persona de una antigua amante su única vía de escape. Bien interpretada por todos sus actores (en especial Riza Akin), la película transcurre con extremada lentitud convirtiendo sus excesivos ciento diez minutos de duración en un verdadero suplicio. La puesta en escena se encuentra desdramatizada, rebajando la tensión al mínimo y centrándose en un compendio de tiempos muertos que afectan al ritmo de forma determinante. Riza parece más interesada en filmar la nada que en el lógico seguimiento de su historia y esto, indefectiblemente, acaba pasándole factura.

A escritora italiana, de André Badalo (Portugal, 2007)

A escritora italiana es una película muy difícil de valorar. Primero porque quizá no sea la Mostra de Valencia el lugar idóneo para exhibir un film rodado en vídeo, de apenas setenta minutos de duración (el mínimo exigido por el festival, de hecho) y cuya realización denota unos aspectos cercanos al terreno amateur (dicho sea con todos los respetos al término). Segundo, porque su misma temática y puesta en escena van mucho más allá de lo comúnmente programado en el certamen. El film produjo una serie de sentimientos encontrados incluída la deserción de varios críticos y miembros del jurado durante su proyección. Éste debut del joven Badalo (sólo 26 años) resulta una pieza extraña que narra el encuentro entre un seminarista y una joven escritora que busca a una antigua amante de su padre. Quizá ostentosa en su esencia romántica y excesiva en su aparato forma, A escritora italiana, sin embargo, tiene la gran virtud del entusiasmo, de la necesidad de contar una historia y de crear unas imágenes sean cuales fueren el formato utilizado o los medios al alcance. Sólo por ello, poseedora de un inmediato interés, éste se va acrecentando a medida que la historia avanza y entramos en contacto con unos personajes, quizá virtuales y de psicología básica, pero muy acordes con la singular idiosincrasia de la propuesta de Badalo. Un film, en suma, digno.

La maison jaune, de Amor Hakkar (Argelia, 2007)

Y aquí nos encontramos, sencillamente, ante la mejor película de la Mostra de Valencia. Premiada, con toda justicia, con la Palmera de Oro y el premio a la mejor banda sonora, ésta soberbia obra de Amor Hakkar destacó muy por encima del resto de competidoras desde el mismo momento de su proyección. La maison jaune se define, básicamente, por su sencillez, por la capacidad de emoción que desprende una historia simplificada al máximo y una puesta en escena sobria, pero no exenta de una rara poética. El film cuenta los esfuerzos de Mouloud por mantener la memoria de su hijo muerto, primero trasladando el cadáver a su aldea natal y, después, adquiriendo un televisor y un vídeo para ver las últimas imágenes de éste grabadas en una cinta. Si bien, la primera media hora recuerda poderosamente al film de David Lynch Una historia verdadera, el resto adquiere personalidad propia y un carácter de pieza pequeña, aunque con un poder de sugestión admirable. Hakkar, antetodo, va directo a los sentimientos pero sin incidir en la búsqueda de los mismos, extrayéndolos con una naturalidad pasmosa desde la cotidianidad y desde el rostro inquebrantable, pero muy profundo, del protagonista (incorporado por el mismo Amor Hakkar en una espléndida interpretación). Los diálogos, al igual que la historia, se encuentran totalmente sintetizados, borrando del film todo lo que sea superficial o circunstancial y yendo a la esencia de unas situaciones que, en el fondo, poseen gran carga dramática aunque, en su exterior, puedan parecer elementos de transición. Es ésta, precisamente, la más destacable virtud de ésta gran película.

Prevrteno (Upside down), de Igor Ivanov, 2007 (Macedonia, Croacia, Serbia)

Upside Down no hubiera obtenido mayor importancia de no haber conseguido el premio al mejor director para Igor Ivanov en la que, sin duda, es la más discutible de todas las decisiones tomadas por el jurado. El film es una enrevesada historia entre adolescentes y sociedades secretas, con ciertos ecos finales a (nuevamente) David Lynch, que no se sostiene en pié y se precipita hacia el hermetismo y la pretenciosidad desde su mismo comienzo. La dirección de Ivanov posee un lenguaje impropio que hermana la estética del vídeoclip con la puesta en escena convencional y con ciertas soluciones visuales deliberadamente “impactantes”. No obstante, todo queda sumido en la nada, ya que Upside down no sabe exactamente qué es lo que está contando y, lo peor de todo, no sabe cómo contarlo. Una pieza ramplona, de las más flojas exhibidas éste año.