La adaptación al cine del cómic Persépolis, de Marjane Satrapi, que también firma la dirección de la película junto con Vincent Paronnaud, es una oportunidad para hablar de una de las obras gráficas más inteligentes y poderosas de la última década. La autora iraní cuenta en ella su historia personal y la de su familia, y describe los principales acontecimientos que han dado forma al último cuarto de siglo de historia de Irán. Su traslación al celuloide, además, permite analizar la relación entre ambos lenguajes, así como las posibilidades artísticas que esta unión abre a ambos medios.
Teherán, 1979. La pequeña Marji asiste con sorpresa a los primeros movimientos de la revolución que liquida el gobierno del sah Reza Pahlevi y encumbra al poder a un sector conservador del clero encabezado por el ayatolá Jomeini. De la noche a la mañana, las libertades quedan suprimidas, se impone la obligatoriedad del velo a todas las mujeres y los opositores al régimen son perseguidos y ejecutados. Al año siguiente comienza la guerra entre Irán e Irak, que dura hasta 1988. Marji, rebelde por naturaleza, vive su infancia y primera adolescencia en paralelo a estos acontecimientos, hasta que su familia decide enviarla a Viena para evitarle problemas con las rígidas autoridades. Allí conoce el amor, la libertad, los prejuicios hacia su país y la soledad del exilio. De vuelta a casa para empezar sus estudios universitarios Marji contrae matrimonio, pero éste es un completo fracaso. La frustración subsiguiente, unida a la sensación de ahogo que le produce el autoritarismo del gobierno, precipitan su exilio definitivo a París.

Si Fritz Lang hubiese sido dibujante de cómics, sus viñetas se habrían parecido mucho a las de Marjane Satrapi. Sobrias, de trazo grueso, en riguroso blanco y negro, pobladas de sombras, con la perspectiva deformada, sin detalles que desvíen la atención del texto. Un hipotético Murnau autor de cómics también habría sido un alma gemela de la iraní. Los primeros planos que dominan sus historias, el carácter frontal, casi teatral, del relato y su estilo literario, directo y efectivo como una puñalada al corazón, recuerdan al cine del maestro alemán. No son estos referentes gratuitos. La autora de Persépolis estudió cuatro años en el Liceo francés de Viena, y es lógico suponer que allí entró en contacto con la obra cinematográfica de ambos directores, muy vinculados en sus orígenes a centroeuropa, así como con las principales vanguardias artísticas del siglo XX.
Del expresionismo pictórico también hay huellas en el cómic; en concreto de Edward Munch, cuyas caras desfiguradas y composiciones planas parecen haberse transplantado directamente a las viñetas de Satrapi (en una escena del cómic, y también del film, la autora homenajea El grito). La obra de Frans Masereel es otra de las grandes influencias gráficas de Persépolis, sobre todo en lo referente al diseño de ambientes, que reflejan el estado de ánimo de los protagonistas. Casas negras, sin ventanas, árboles desnudos y cielos amenazantes en Teherán; edificios blancos, luminosos, sol, pájaros y flores en las calles de Viena. El rastro visual del expresionismo no puede ser una casualidad en una obra que habla de la angustia vital y la crisis de valores de una joven en el exilio. La soledad, el sentimiento de ahogo, el pesimismo ante el futuro y la perpetua desazón que sufre Marji son los mismos sentimientos que, a comienzos del siglo XX, encontraron su cauce expresivo en este movimiento. Los estudios de Freud sobre el subconsciente y la sublimación de lo subjetivo frente a lo real, el impulso frente a la razón, son los hilos conductores que desfibrilan la imagen hasta deformarla. Como hace Satrapi.

Pero la mutación no es total. La escritora y dibujante es hija de otro momento histórico y empapa su obra con un irónico sentido del humor que abre la puerta a la esperanza. Marjane no es una víctima, es una superviviente, y narra su odisea desde la seguridad de quien se sabe mil veces levantada del suelo. Así pues, frente a la forma trastornada y teñida de negro opone un texto fresco y lleno de jovialidad que celebra la vida. Este contraste es habitual en la llamada novela gráfica militante, corriente a la que pertenece Persépolis y en la que también se encuentran otras obras imprescindibles como Maus, de Art Spiegelman, Paracuellos, de Carlos Giménez, o Gorazde, de Joe Sacco. No deja de ser curioso, o precisamente por ello, que todos estos trabajos sean autobiográficos y rindan tributo a la memoria, el pasado, las raíces y la identidad. Recuerdos en blanco y negro que respiran por la libertad de las palabras.
La naturaleza gráfica de Persépolis, el cómic, es fundamentalmente estática. El texto es el elemento que dinamiza la acción, y el dibujo es un reflejo del carácter de los espacios y personajes. Para trasladar esta condición al cine sin traicionar el espíritu de la obra y, al mismo tiempo, no crear un filme excesivamente literario (el cine es un medio visual), el binomio Satrapi-Paronnaud ha creado una fórmula de la que no tengo antecedentes, y que se caracteriza por animar la imagen a partir del montaje y la música. Esto acerca a Persépolis, la película, más a un cómic animado que a un film animado basado en un cómic. Si nos fijamos, los dibujos de la película apenas se mueven o gesticulan dentro del plano, y los fondos, casi siempre, son estampas fijas. Son el montaje y la música los elementos que vigorizan la narración y dan el aspecto de película; sin ellos, sería como leer el cómic, el mismo lastre que arrastraba la adaptación de Sin City.
Con las cartas sobre la mesa, la película se entrega sin complejos al ritmo desenfrenado de la edición y se mueve (y nos mueve) al compás de la banda sonora vital de Marji. De Iron Maiden a Abba, la historia de la niña que se convierte en adolescente y luego en mujer, entre el yugo absolutista de Irán y la libertad —cínica— de la sociedad occidental, se eleva como uno de los relatos más potentes y humanos del año, capaz de reflexionar con humor y ternura sobre temas tan complejos como el secuestro de la identidad, la pérdida de la inocencia, el odio racial o la muerte de los seres queridos. El film, además, tiene la virtud de no ser un panfleto político basado en estereotipos al uso. Satrapi jamás toma la parte por el todo, y acierta de lleno al matizar con grises el mensaje de su propuesta. Ni Irán es la cuna del mal, ni Europa el paraíso de la democracia. Marji sufre en su país y en el exilio; tan peligrosos y dañinos son los estados totalitarios como los prejuicios continentales hacia el extranjero. El amor, el dolor y el odio se presentan así como sentimientos universales que ponen a prueba la verdadera bondad y tolerancia del ser humano.

Durante la promoción de la película, la autora ha pronunciado en más de una ocasión las siguientes palabras: “Quien no tiene pasado, tampoco tiene futuro”. Esta frase resume a la perfección la intención de una obra que honra la memoria como supremo ejercicio de sinceridad, con uno mismo y con la Historia. Por eso las verdades duelen o reconfortan. Quienes se sienten molestos con la memoria, la mancillan, la arrinconan, la entierran; o peor, la deforman para adaptarla a sus intereses. Quienes encuentran en ella esperanza, la ennoblecen, la abrazan, la rescatan. Estos días hay un debate similar en España. La pequeña Marji no tendría dudas de cómo querría recordar a su abuela.