Sevilla Festival de Cine Europeo

Por Miguel Calero

Reescritura y contradicción

Una introducción

La entelequia europea de Maastricht sigue reescribiéndose en Lisboa, como ya lo hiciera en Roma, Bruselas o Niza. Con una sagacidad inaudita se nos sigue intentando convertir en miembros de un ente informe y heterogéneo unido a base de cuerdas y nudos. Europa, por repetición, se acerca al anhelado —y al mismo tiempo temido— estatus artificial de entidad política. El proyecto terminará por asentarse y desarrollarse, pero estará inevitablemente unido al concepto de contradicción crónica.

Por supuesto esa gran Europa ha de tener su propio cine, una mirada, una particularidad que lo distinga, la “marca Europa” como instrumento de marketing. Tras la tarea primordial de reescribir la entidad se encuentra, muy de cerca, la tarea de reescribir la identidad. Ante esta necesidad, el cine responde de varias formas. La primera, la más extendida: a través de la fórmula segura del “cine de autor” anquilosado, impostado y arrogante para satisfacer a un cierto público sediento de intelectualidad soft. La segunda, a través del producto mercantil “estilo USA”, llamado a convencer a públicos mayoritarios con coproducciones de grandes presupuestos, rostros conocidos y un acadecimismo exasperante. La tercera, marginal, a través del cine como vocación personal insobornable, siempre acompañada por la amenaza de un exceso de elitismo. Tomemos este mismo año 2007 como recipiente en el que verter estos tres ingredientes: mezclemos, por ejemplo, la exitosa La vida los otros, el fiasco comercial de Alatriste y la intransferible En la ciudad de Sylvia. El resultado es esa invención llamada cine europeo. Pura contradicción.

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En este contexto nació —hace cuatro años— el Sevilla Festival de Cine Europeo, el único que establece este criterio territorial como condición sine qua non para la selección. Nace un nuevo festival en la época de la inflación de los festivales. Y sin embargo triunfa: crece el público, el apoyo institucional y el prestigio. Más allá de la buena labor de Manuel Grosso y su equipo, la explicación nos obliga a situarnos en los cambios que vive la ciudad que lo acoge. Como Europa, Sevilla es la viva imagen del desencuentro, la contradicción y la reescritura: tradicional y provinciana por vocación, moderna y dinámica por tendencia. Incrustados en un contexto de hostilidad hacia los cambios, nacieron en un periodo de cinco o diez años el festival de cine y la Escuela Andaluza de Cinematografía, paralelos al  boom del cine andaluz que gravitó alrededor de Maestranza Films (la primera productora importante afincada en Sevilla) y el éxito comercial de Solas (la primera película en muchos años hablada sin complejos dialectales). Sevilla se mueve sin saber a dónde y mira ahora con orgullo paternal un certamen hasta hace poco ignorado, el mismo que ha aprovechado inteligentemente la confusión para asentarse con la vista puesta en un futuro lejano. Simbólicamente, la última pieza de este juego de muñecas rusas también se ha visto obligado a reescribirse: del inicial Festival de Cine y Deporte hemos pasado al definitivo Festival de Cine Europeo. Como resultado de la convulsa situación que lo envuelve (Europa, su cine y Sevilla), el certamen guarda también en su esencia la idea de la contradicción.

De las tres tendencias cinematográficas comentadas inicialmente, el festival opta por la vía conservadora y acoge una representación ponderada de todas ellas: inmensa mayoría de cine industrial maquillado de cine de autor (en la selección y en los premios) y presencia testimonial de las miradas más radicales. Ninguna sorpresa, puesto que el primer objetivo pasa por asegurar la asistencia del público. Por el mismo motivo, el cine fantástico queda relegado al silencio más absoluto (para eso ya está Sitges, pensarán). Ninguna sorpresa, decíamos, pero sí un error de base: la muestra insiste en convencernos de su valor como auténtico termómetro del cine del continente. Verdad a medias, o sencillamente mentira, puesto que se deja de lado toda una concepción del discurso fílmico (para eso ya está Gijón, pensarán). Por otro lado, y apuntando de nuevo al apoyo de la audiencia, el festival decide volcarse en el dogma “cantidad antes que calidad”; la oferta, como las secciones, resulta desproporcionada y confusa, y no dispone de una infraestructura sólida que lo sustente. Como último rasgo de personalidad remarcamos en elemento positivo: la cuantía económica de los premios (60.000 € y 30.000 €) debe destinarse obligatoriamente a la distribución del film. Loable iniciativa para intentar desbloquear el adormecido negocio de la distribución, si no fuera porque se suelen premiar películas con la exhibición ya garantizada.

Secciones a concurso

Mientras desde la dirección se da por culminada una primera fase en la evolución del festival (se exige una personalidad jurídica propia y un presupuesto duplicado para alcanzar a certámenes como el de Sitges), esta edición ha ofrecido un panorama predecible. Cuatro secciones a concurso: Sección Oficial,  Europa_Europa (cuyo premio es otorgado por el público), Eurimages (films financiados con los fondos homónimos de la Unión Europea, con un jurado formado por estudiantes de Comunicación) y Eurodoc. Seis secciones fuera de competición: Focus (país invitado), Homenajes, ARTE (difuso convenio con la cadena de televisión), Short Matters (cortometrajes), Europa Joven (animación) y la recién nacida Documentando desde Andalucía. De nuevo tuvimos que situarnos frente a las tres tendencias creativas ya citadas, representadas por películas acomodadas como En un mundo libre, vacías como El destino de Nunik y alentadoras como Alexandra. De nuevo vivimos la contradicción en los premios destinados a la distribución: al menos la mitad de las películas galardonadas venían ya compradas desde Cannes 2007.

En Sección Oficial y Europa-Europa llaman la atención las ausencias de un buen número de películas proyectadas con éxito en otros festivales durante la temporada 2006/2007. Hablamos, por ejemplo, de La question humaine, Le voyage du ballon rouge, Boarding gate, La morte rouge, El silencio antes de Bach, Retour en Normandie, La escafandra y la mariposa, Unas fotos en la ciudad de Sylvia o Import/Export. Cuesta perdonar tantos vacíos, especialmente cuando todos los títulos mencionados vienen firmados por autores de cierto prestigio, y sabiendo que muchos de ellos —no lo duden— están al alcance de un festival que sí nos ha traído la última Palma de Oro de Cannes o los nuevos films de Béla Tarr, Alexander Sokurov o Jacques Rivette.

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Son precisamente estas tres últimas películas (El hombre de Londres, Alexandra y La duquesa de Langeais) las auténticas protagonistas de una selección en la que también brillaron la francesa Lady Chatterley (Pascale Ferran), la sueca Du levande (Roy Andersson) y la alemana Maltrato (Gegenüber, Jan Bonny). Fueron estos seis títulos los que elevaron el nivel general con una implicación personal que sobrepasa los géneros. Del resto, y hasta donde el tiempo nos permitió llegar (se nos escapó, por ejemplo, la laureada 4 meses, 3 semanas y 2 días), destacamos las alarmantes semejanzas entre una serie de títulos tan dispares como Irina Palm (Sam Garbarski), Sweet mud (Dror Shaul), Mi hermano es hijo único (Daniele Luchetti) o A outra margem (Luis Filipe Rocha). Comedia, drama político o fábula social, estas cuatro películas (y muchas más) comparten un adocenado espíritu de qualité, una nostalgia y costumbrismo impostados, una utilización tramposa de la ternura... Son las representantes de esa veta del cine de autor que no llega más allá de los lugares comunes, revestidos con el barniz del compromiso con la realidad y la arrogancia de la autoría. No lejos de estos pagos camina el nuevo Ken Loach. En un mundo libre, ganadora del certamen, pasa por ser un ligero despunte en el Loach de los últimos años, acomodado, deshonesto, irritante. La impresión que dejó su película no fue del todo negativa, pero sí se vio empañada por un reconocimiento absurdo en el palmarés. Algo parecido ocurrió con el nuevo trabajo de Faith Akin (Al otro lado), interesante por cuanto supone de avance en su corta filmografía, pero sin la solidez necesaria para obtener el Premio de la Crítica.

Se completaban estas secciones a concurso con el regreso de varios veteranos realizadores de marcada personalidad. Claude Chabrol (La chica cortada en dos),  Jirí Menzel (Yo serví al rey de Inglaterra), Alain Resnais (Coeurs) y los hermanos Taviani (El destino de Nunik) dejaron en Sevilla la versión más anodina de sí mismos. Por su parte, Volker Schlöndorff (Ulzhan) ofreció una película a ratos interesante, pero definitivamente fallida. Algo parecido ocurrió con la rusa Izgnanie (Andrei Zvyagintsev) y la húngara El viaje de Iska (Csaba Bollók), ambiciosas pero frustradas. En cuanto a la poco respaldada sección Eurodoc, destacamos la desaprovechada Marcela (Helena Trestiková), documental ganador con potencial suficiente para llegar a ser brillante pero que termina por resultar decepcionante, lastrado por el peso del reportaje.

No podemos dejar de comentar la simbólica presencia de la olvidable Déjate caer (Jesús Ponce). Dado que es imposible que el film se seleccionara en competición bajo criterios de calidad, sólo queda pensar en la existencia de un “cupo andaluz”. Parece como si el festival hubiera decidido incluir una película andaluza sea como sea, sin importarle la calidad del título en cuestión. En esta dirección apunta también la nueva sección del certamen: Documentando desde Andalucía. Suficiente paternalismo sufrimos con el cine español. Sólo faltaba un nuevo proteccionismo con el cine andaluz.

Secciones paralelas

En el apartado de los homenajes sobresalió en esta edición la figura de un Jirí Menzel crecido, invitado a impartir una clase magistral en la universidad, protagonista de una pequeña retrospectiva (Trenes rigurosamente vigilados, Ruiseñores en el alambre y Mi dulce pueblecito) y candidato al premio de la Sección Oficial. Con la República Checa como país invitado, resultaba de lo más oportuno recordar a una de las cabezas visibles de la Nueva Ola de los sesenta, con su sátira política influida por Lubitsch, Chaplin o Jacques Tati. Sólo faltó una mayor profundidad en esa mirada atrás; quizá hubiera sido más productivo convertir el Focus de este año en una pequeña reivindicación de algunos nombres importantes del cine checo. ¿No resulta extraño una retrospectiva de la República Checa sin Jan Svankmajer?

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Recién homenajeados en la Berlinale, Alexander Kluge y Gianni Minà llegaron también a Sevilla para presentar su obra definitiva, en ambos casos un largo montaje dividido en capítulos que recopila toda su producción anterior. Así, los programas de Kluge y las Memorias cubanas de Minà se unían a la presencia de la serie Cinéma, de notre temps (con 25 de sus 75 documentales) para conformar una triple mirada  hacia el documental y el film-ensayo como método de exploración del oficio cinematográfico. El primero (precursor del Nuevo Cine Alemán) a través de la edición godardiana de diferentes soportes, el segundo (periodista y documentalista de largo recorrido) a través de la recopilación de un inmenso archivo de gran alcance temporal, a ambos se les puede reprochar una enorme irregularidad. Kluge introduce demasiadas piezas en su puzzle restando valor al conjunto. Minà vampiriza con su intervención en la sala de montaje un material original valioso como documento histórico. A ellos se unieron los episodios de la obra colectiva coordinada por André Labarthe y Janine Bazin en su estudio indefinido sobre la figura del cineasta. Se proyectaron algunos de sus títulos más reconocidos (el de Pedro Costa sobre Straub/Huillet, el de Claire Denis sobre Rivette...), con el aliciente de unir en un mismo día la primera película de la serie y la noticia de un nuevo episodio: de Luis Buñuel (en 1964) a Víctor Erice (aún en producción).

Discreta fue la presencia de Bergman y Antonioni en el último homenaje importante de esta edición (también hubo reconocimientos a actores como Jean Reno o José Luis Gómez). Suponemos que resguardado bajo la idea del testamento, el festival recuperó Saraband y una restaurada L’avventura, desaprovechando una magnífica oportunidad para proyectar la última —e invisible— obra del italiano: La mirada de Michelangelo. Ésta y otras tantas películas mencionadas son las que deberíamos comentar en el resumen de un exigente certamen de cine europeo. A falta de una mayor implicación de las instituciones públicas, de momento debemos contentarnos con un festival de principios tan claros como discutibles. Evolucione de una manera o de otra, su sola existencia supone ya una buena noticia.