BSO del mes

Por Raúl Álvarez

Casandra's Dream (Philip Glass. Sello sin confirmar)

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Es la primera vez que el realizador neoyorquino llama a un compositor en 35 años de carrera, y curiosamente el resultado puede abordarse desde los dos mismos puntos de vista que la película de Allen: originalidad o efectividad. Si escogemos el primero, está claro que tanto el músico como el director pisan terreno ya labrado con mejores frutos. Glass lo tiene muy difícil para superar el estilo minimalista de Las horas o Diario de un escándalo, que le valieron sendas nominaciones al Oscar. Y Allen, por su parte, sentó cátedra en la reflexión sobre el crimen y la culpa en Delitos y faltas y su versión 2.0, Match Point. En cambio, si optamos por valorar ambos trabajos bajo el prisma de la efectividad, es decir, si funcionan los relatos musical y fílmico, entonces estamos ante dos obras de altísima calidad. Glass despliega una partitura para cuerda y viento que capta maravillosamente el tono trágico de la historia. El tema principal, que adorna los créditos iniciales, adelanta el drama final y sus emociones básicas: angustia, ambición y remordimiento. La naturaleza obsesiva de las tres encuentra el cauce sonoro perfecto en el minimalismo de Glass, un estilo que se caracteriza por la repetición in crescendo del mismo motivo musical. El matrimonio brilla sobremanera en la secuencia del crimen, sin duda uno de los mejores ejemplos de construcción de suspense del año. Me quedo con el segundo punto de vista. Original, no hay nada después de Altamira.

Stardust (Ilan Eshkeri. Decca)

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¿Alan Silvestri? No, se llama Ilan Eshkeri y es una de las sorpresas del año, aunque sea de rebote. El compositor subió a bordo del filme tras el disgusto de los productores con la labor de John Ottman (Superman Returns), y entonces el director, Matthew Vaughn, puso sobre la mesa el nombre del músico que le había musicado Lawer Cake. Eshkeri ha aprovechado los minutos de juego con una potentísima obra sinfónica que recuerda el estilo de Alan Silvestri (Regreso al futuro, El regreso de la momia) y, en ocasiones, el de Elliot Goldenthal (Final Fantasy, Alien 3). Espectaculares fanfarrias, coros épicos y mucha, mucha fantasía alimentan una banda sonora absolutamente deliciosa para los sentidos. En pantalla, su empleo eclipsa algunas secuencias, como la primera aparición del barco volador de Robert De Niro, pero hay tanta energía y buenas intenciones volcadas en ella, que uno se embarca en el viaje con la misma inocencia que los protagonistas del filme. Si la música es un estado de ánimo, Stardust es puro gozo.

Sleuth (Patrick Doyle. Varese Sarabande)

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Es un error comparar el trabajo de Patrick Doyle con la mítica música que John Addison compuso para La huella original de Mankiewicz. La partitura de Addison ilustraba el aspecto lúdico de la trama, el juego del gato y el ratón que sirve de metáfora a la lucha de clases que da profundidad a la historia, mientras que la obra de Doyle se decanta por el lado psicológico y el suspense, como el guión de Harold Pinter. A objetivos distintos, músicas distintas. Otra cosa es el gusto de cada uno. Tras los banquetes orquestales de Eragon, La última legión y Harry Potter y el Cáliz de Fuego, Doyle recupera en La huella su vertiente más íntima con una elegante y sutil creación que enfatiza los deseos de manipulación y humillación del personaje de Michael Caine. Brannagh lleva el texto al campo de la perversidad, y Doyle corresponde con un fantástico tema principal que es la mejor traducción sonora hasta la fecha de la sonrisa del actor británico.

Eastern Promises (Howard Shore. Sony Classics)

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La sombra de Tolkien es alargada, pero afortunadamente Infiltrados, primero, y ahora la película de Cronenberg han terminado de alejar a Howard Shore del peculiar sonido que imprimió a la trilogía. Una historia de violencia aún tenía resabios de la dimensión dramática de la saga; sin embargo, en Promesas del Este emerge un nuevo Shore que ha digerido totalmente la mastodóntica experiencia en la Tierra Media. Habitual en el cine de Cronenberg y Fincher, el canadiense retoma el camino de The Game, Panic Room o la magistral Spider en una delicada partitura que se apoya en un solo de violín que evoca las raíces rusas de los protagonistas. Alrededor de esta melodía, el compositor desarrolla una ponderada obra de carácter psicológico que sabe mantenerse en segundo plano, dejando que las imágenes transmitan toda la carga emocional de la narración. Promesas del Este habla más con silencios que con palabras, y en ese sentido, Shore ha sabido crear la primera banda sonora muda de la historia.