Cassandra's Dream (Woody Allen, 2007)

Por Antoni Peris

La vida de la vida

Podría plantearse Casandra's Dream como una película de crimen y castigo. Sin embargo no se trata de una historia católica, de culpabilidad a pagar, de pecado original. El sueño de Casandra está dirigida por un director judío y ambientada en una ciudad protestante. Estamos ante una historia de destino irrevocable. Ante una obviedad con la que chocan los protagonistas pese a las evidencias en su contra que les rodean. Como Casandra, cuya profecía nunca fue escuchada por que su familia y conciudadanos se negaban a escuchar malos presagios, los protagonistas de esta historia no escuchan la mismísima voz de alarma que surge de su interior.

A diferencia del protagonista de Crímenes y faltas, cuyo triunfo económico y social ocultaba abismos morales, o a diferencia del de Match Point, cuya ambición tenía un premio gordo (aunque tuviera que pasar sobre el cadáver de su amante), los hermanos Blaine (Terry y Ian, dos low class poco frecuentes en el cine del director de Manhattan, con nada que ver con el Rick de Casablanca) no pueden escapar a su destino. Woody Allen nos plantea con inteligencia y mucho rigor una tripleta de cuentos morales en torno a la ambición y el destino, En el caso de Casandra's Dream, Allen opta por la linea recta. Frente a la complejidad moral y argumental de Crímenes y Faltas y a la brillantez formal y narrativa de Match Point (a la que no fue ajena, reconozcámoslo, el cuerpo de Scarlett Johansson), Allen opta en esta ocasión por la desnudez máxima (desnudez argumental, se entiende). Casandra es una cinta lineal, de línea clara, que plantea numerosas alternativas a unos personajes que, lamentablemente para ellos, no saben tomarlas para desviarse de su destino. En Crímenes y Faltas, Judah seleccionaba un objetivo desde un principio. Aunque tardaba en admitirlo, su opción radicaba en el triunfo social más que en la continuidad de una pasión que, por cultura y por religión, sentía ilicita. En Match Point, el protagonista era definido ya desde el principio como un arribista que sólo debe elevar un poco el listón de su ambición por encima de los obstáculos que se le interponen. Judah, oftalmólogi de profesión, cuenta con la visión necesaria, con el dinero y los contactos precisos. El tenista Chris Wilton cuenta con el golpe de suerte que tuerce el destino a su favor. Quizás Allen se sintiera incómodo con estos falsos "happy end" o quizás se sentía obligado a complementarlos. Casandra's Dream, el resultado de esta tercera propuesta es bueno, aunque mucho mejor si se consideran las tres obras a la vez. Los hermanos Blaine, a diferencia de Judah y de Chris, son, aunque les cueste reconocerlo, unos perdedores. Han nacido como tales y como perdedores van a morir. Pocas veces ha retratado Allen personajes tan lamentables, tan desafortunados, que nos retrotraen a la situación de miseria moral en la que acababa el protagonista de Celebrity o la historia desgraciada de la Melinda infeliz en la película homónima. Realmente, la suerte se burla de ellos apareciendo en lo que interpretan como una posibilidad real (una realidad posible, tal vez) y no como un espejismo, como un interludio de esperanza. En mal momento Terry y Ian bautizan su bote con un nombre de tan mal presagio que sólo puede acarrearles funestas consecuencias.

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Casandra's Dream es, por suerte, muy superior a su predecesora, la decepcionante y torpe Scoop. Siguiendo el péndulo que oscila de cintas buenas a malas, [1] Allen recupera el análisis social con la que es sin duda una obra de madurez. Tanto por la temática (ya presente por supuesto en cintas anteriores como, en especial, por el trato que da a la cinta. Por una parte, como tantos veteranos (del John Ford de Siete mujeres al Chabrol más reciente), Allen recurre a la sencillez en la puesta en escena. Los interiores en la casa de los padres Blaine o de Terry tienen una atmósfera cotidiana, obrera, propia de Mike Leigh o de Loach, algo poco frecuente en el cine de Allen (habría que volver precisamente al apartamento de Angélica Huston en Crímenes y faltas o al de Cristina Ricci en la infravalorada Anything else . Pero por otra parte, a nivel narrativo, evita florituras innecesarias y se centra en el eje de la historia. No busca ni más ni ofrece menos de lo necesario para valorar este cuento moral contemporáneo. Deja a un lado las múltiples opciones de ramificación argumental y se centra en esta caída al abismo de dos fracasados que repudian su origen (las confrontaciones con su padre son especialmente duras por lo que tienen de negación de su propia identidad, por el desprecio con el que le tratan) y que son embaucados por un mefistofélico tío en un par de escenas. En la primera de ellas, modélica, el tío Howard escucha, cínicamente, sentado apaciblemente en un banco, las necesidades pecuniarias de Terry y Ian para, acto seguido, llevarles bajo unos árboles para, envueltos de ramas y captados por un travelling circular, seducirles con su cháchara hipócrita. En la segunda, el falso ídolo acabará por lanzarles a su trampa. Allen nos hace contemplar como Terry y Ian escogen su destino, su azar. Ciertamente, las cosas podrían haberles ido mejor. Ciertamente, no obstante, ambos podrían haber rehusado la propuesta. Podrían haber renunciado a sus metas. Podrían haber tratado de abandonar el plan. Pero la ambición es mucha y pocas las alternativas en su esquema de vida. De hecho, el director neoyorquino no efectúa un juicio moral ni muestra un castigo bíblico. Allen plantea que frente al determinismo social que niega sus sueños de grandes inversiones, coches Jaguar, comidas campestres con chicas atractivas, dinero a raudales y casas confortables, Terry y Ian debían haber sabido utilizar mejor su capacidad de libre albedrío. Por ello, Allen sigue su dramático itinerario con la parquedad de los cuentos morales de Rohmer [2] y nos ofrece una obra que medita, una vez más, sobre una vida de la que no podemos escapar. Y es que, como plantea el pobre patriarca de los Blaine en determinado momento, "la vida tiene una vida propia que no puedes controlar".

[1] Sufrimos por el resultado de su experiencia barcelonesa, no hay prisa en verla.

[2] Parquedad remozada con la sobresaliene ayuda de unos excelentes Colin Farell y Tom Wilkinson, la luz cálida del veterano Vilmos Zsigmond y la banda sonora de Philip Glass que aunque sea reminiscente de la de Las horas , envuelve a los personjes y marca un hito en el cine de Allen que se nutría básicamente de piezas adaptadas de diversos orígenes.