Fritz Lang, Samuel Fuller y Nicholas Ray. Tres de los directores más rebeldes del cine norteamericano se fijaron en la figura de Jesse James para trazar sendos retratos más ajustados a su propia mirada personal y a sus intereses que la revisión histórica. Al fin y al cabo, Jesse James era una leyenda, un mito, y mejor tratarlo como tal que como un ser real, porque de esa manera podría haber un acercamiento mucho más abierto, menos condicionado por lo que pudiera sucederle o no, por lo que pudo ser o no. Los tres directores, así como Henry King antes que ellos y, después, Walter Hill, consiguieron crear un retrato de una de las leyendas con más peso de la época del llamado salvaje oeste que con variaciones fue pasando de uno a otro, siempre con una estela romántica que no se borraba ni cuando se quería ser menos amable con él. No es nuevo que los forajidos de entonces pasaron a ser parte de una manera de entender la resistencia contra el poder y la lucha contra el mismo, algo que sucedió, salvado las distancias, con muchos retratos de los gangsters del film noir. Jesse James, sin duda alguna, ha quedado siempre en la memoria como aquel joven impetuoso que murió traicionado por uno de sus compañeros, Robert Ford.
Que un director neozelandés como Andrew Dominik sea el responsable de un nuevo acercamiento a la figura de Jesse James en El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford no deja de ser curioso, sobre todo porque el proyecto le ha llevado casi siete años, algo que a tenor del resultado es revelador. Autor de una magnífica ópera prima, Chopper (ídem, 2000), podría pensarse que su labor estaría supeditada a Brad Pitt, en tanto a actor y, sobre todo, a productor, así como a los hermanos Scott, Ridley y Tony, también como productores. Sin embargo, la presencia de estos dos en el acabado final a penas es perceptible, aunque sí quizá el de Brad Pitt, quien como protagonista, es de suponer, posee un peso en la narración y una presencia en pantalla que no deja dudas sobre su interés personal en el proyecto. Pero la labor de Dominik acaba siendo visible, y mucho. Con un metraje final de dos horas y media que reduce la idea inicial del cineasta de realizar una película mucho más larga (de ahí el tiempo transcurrido entre el comienzo del guión, el rodaje y el estreno, Dominik logra una película extraña no sólo dentro del género al que pertenece, sino también dentro de la producción actual.

No es extraño que el primer nombre barajado para dirigir la película fuera el de Terence Malick, a quien Dominik debe mucho en su estilo sin que eso suponga que no presente una fuerte personalidad frente a las cámaras. Pero esto también es indicativo de que su elección está llamada a crear dos bandos, algo que ocurre constantemente con Malick. Aunque con momentos de violencia y acción, Dominik deja de lado gran parte de la imaginería más clásica del western para adentrarse antes en los personajes y sus relaciones, eso sí, sin dejar de lado el paisaje, que adquiere una fuerte presencia en todo momento en cuanto a lo que afecta a los personajes antes que por ser un personaje más, algo común en muchas películas del género. A Dominik le interesa la pulsión que se crea entre Jesse James (Brad Pitt) y Robert Ford (Casey Affleck) en toda su extensión, logrando trazar una mirada bastante precisa incluso dentro de la complejidad que supone introducirse en tan amplio abanico de sentimientos. Para ello, Dominik se toma su tiempo y las secuencias en ocasiones adquieren una longitud que a muchos podrá cansar (aunque luego en otro tipo de películas sea aquello que se agradezca…) pero que casi siempre poseen una gran belleza y un cuidado enorme. La fotografía de Roger Deakins, la música de Nick Cave y Warren Ellis, ayudan a que las imágenes de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford tengan algo que es complicado de encontrar en gran parte del cine actual y la conviertan en una gran película, algo que entiendo muchos no compartirán. Es posible que una menor duración habría agilizado la película, también reducido el comentario en off en muchas ocasiones, también haber equilibrado algo más las acciones íntimas y las de acción, sin embargo, no son elementos que supongan un lastre para que considere la película de Dominik como una de las mejores del año y de los últimos años, porque en ella se encuentra muchos elementos que hacen pensar que todavía se puede arrojar una mirada limpia, novedosa y personal sobre temas que parecen ya demasiado trabados como para acercarse a ellos.
Si los cineastas citados al comienzo se acercaron al mito como tal, Dominik lo trae a la actualidad dentro de un relato desarrollado en un tiempo pretérito y mostrado con una estilo contemporáneo que ayuda a verlo con más cercanía, olvidando por momentos la idea prefijada por él. A Dominik le interesa Jesse James como un mito y leyenda pero más cercano a los mitos y leyendas actuales que en tanto a su relación a un momento histórico concreto. De ahí que acabe resultado magnífico que sea el propio Brad Pitt quien lo interprete, sobre todo en estos momentos en el que el actor parece decidido a ir abandonando una imagen que durante años le ha perseguido y, además, permitido ser quien es. Su interpretación no puede dejar de verse como muy personal, sobre todo cuando se tiene que enfrentar a la mirada del joven Robert Ford, quien desde pequeño siguiera por la prensa sus hazañas y le colocara en lo más alto, un auténtico fan que poco tiene que envidiar con los fans actuales de cantantes, actores o, dentro de la cinefilia más abrupta, de directores. Pero Dominik va más allá del tema de la fama, y todo lo que implica, además verdaderamente bien trazado, para hablar sobre la relación de dos hombres y las pulsiones sexuales que nacen entre ellos, más centradas en el personaje de Robert Ford que en el de Jesse James, quien se presenta más ambiguo en todo momento pero sin dejar de sucumbir ante los halagos y miradas, y en ocasiones tacto, de Robert Ford. El componente homoerótico de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford es patente, pero nunca condicionante, porque se entiende que la atracción entre ambos no tiene precisamente que pasar por un componente sexual, aunque también. Al fin y al cabo, Robert Ford tiene a Jesse James en tan alta estima que su mirada se sobrepone a lo personal.

Dominik va creando, de manera excelente, una relación entre ambos que se va matizando con el paso del metraje, mostrándolo con una calma y un cuidado que demuestra que ha vivido con la historia mucho tiempo, también con los personajes. Por eso la fijación de Robert Ford, al comienzo infantil, poco a poco se acaba convirtiendo en tal obsesión que le lleva al final a matar a su mito. También que un retirado Jesse James pase de saber que puede ser traicionado a vivir en una completa paranoia ante todo, sin saber ya en quien confiar, algo que además viene punteado por unos secundarios de lujo como Sam Shepard, Paul Scheinder o Sam Rockwell, sin olvidar la presencia de los dos personajes femeninos interpretados excelentemente por Mary-Louise Parkey y Zoey Deschanel, que crean un reparto coral que ayuda a entender más a los dos personajes principales y sus sentimientos y motivaciones.
Todos los temas tratados no son nuevos, pero en manos de Dominik adquieren una fuerza portentosa en un relato que posee una gran belleza (el asesinato de Jesse James supone un instante inolvidable). El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford será una película que cree contrastadas opiniones, algo que ya de por sí habla de su naturaleza. Entiendo que tenga que ser así, porque una propuesta tan personal no puede dejar nunca indiferente, lo cual ya es más que suficiente en un momento donde pocas películas lo logran.