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Disponible en alquiler
Sheitan es una nueva muestra de lo que podría llamarse rouge (si el giallo se nombró con un color, ¿por qué ahora no?), un nuevo cine francés de terror que apela más a un miedo físico y realista (también sanguinolento) que a los temores sobrenaturales que poblaban gran parte de los slashers que nos traían desde los EE.UU. en los ochenta. Así, la cinta de Kim Chapiron no desentona entre otras obras francesas recientes como En lo profundo del bosque (Promenons-nous dans les bois, Lionel Delplanque, 2000), Calvaire (Fabrice du Welz, 2004), Ils (David Moreau y Xavier Palud, 2006), Alta tensión (Haute tension, Alexandre Aja, 2003) o la bien acogida en el reciente festival de Sitges A l’interieur (Alexandre Bustillo & Julien Maury, 2007) En Sheitan, tres adolescentes desembocan en un tranquilo pueblecito tras una intensa noche de juerga. Bajo la aparente apacibilidad y la sensación de calma, subyace una intranquilidad permanentemente latente y que no pasa desapercibida al espectador. Lugareños “peculiares” (a destacar la delirante interpretación de Vincent Cassel), y situaciones incómodas, extrañas, pero sin llegar a traducirse en nada detonante, lo que incrementa el desasosiego continuo. Todo salpicado de un sentido del humor algo macabro, y por supuesto un tramo final donde se da rienda suelta a todo lo que previamente se mantiene en stand-by.
Con el ritmo demasiado pausado de que ya hiciera gala en su primera película Lejano (Uzak, 2004), y que se salva de la quema gracias a unas grandes dotes para la dirección que se traducen en unos planos hipnóticos, bien resueltos gracias a un uso eficaz de recursos como la profundidad de campo y una buena composición de los encuadres, Nuri Bilge Ceylan nos cuenta la historia de una pareja desde su degradación, ya visible desde el comienzo con un largo primer plano de Bahar (Ebru Ceylan, esposa del director), y la lágrima que se le escapa mientras Isa (el propio director), ajeno a la situación, continúa tomando fotos en su viaje de recreo conjunto, hasta su nueva reunión conciliadora en un encuentro forzadamente casual (o casualmente forzado) tras varios meses de separación. Cada secuencia es cine en estado puro por sí misma (la discusión en la cena con amigos, el tórrido encuentro de Isa con su antigua pareja o el accidentado viaje en moto son buenos ejemplos), y las veraces interpretaciones de los protagonistas (algo con mucho peso en el devenir del filme al tratarse de una historia donde priman la psicología de los personajes y sus sentimientos) dan empaque a una nueva muestra de talento de un contador de historias que maneja la cámara como pocos hoy en día, y cuya estática puesta en escena resulta tan atractiva como poco convencional.
Aprovechando su paso por el reciente festival de Sitges dentro de la sección dedicada al cine de animación (Anima’T), aparece en el mercado del DVD esta producción japonesa dirigida por Michael Arias, basada en el manga Black and White de Taiyo Matsumoto. En una ciudad preapocalíptica en apariencia (numerosas referencias a que los días de la ciudad están contados) dos jóvenes huérfanos (Kuro y Shiro, Black y White, o Negro y Blanco, como se prefiera) con habilidades acrobáticas dignas de los Yamakashi luchan por sobrevivir a la vez que dicen ser los dueños de la ciudad, sin dudar en demostrarlo con la violencia. Algunos yakuzas aceptan que esto sea así, hasta que llega un nuevo rival dispuesto a eliminar a unos niños con tal de afianzarse con el poder. La historia comienza con todo el realismo posible, siempre que asumamos las acrobacias y que unos niños puedan “controlar” una ciudad, para irse introduciendo poco a poco en lo fantástico con los indestructibles humanoides, la fuerte conexión psíquica entre el agresivo y protector Kuro y el inocente Shiro, y la “personalidad subconsciente” en el primero. Una cinta de animación clásica con escaso empleo del ordenador, donde acción y violencia se combinan con la emotiva relación entre los dos jóvenes protagonistas, y a pesar de un resultado algo edulcorado para lo que se insinúa durante todo el metraje, no se trata precisamente del producto más adecuado para los más pequeños, por violenta y poco cómica, siendo más plenamente disfrutable por (y recomendable para) un público adulto.
Muchas veces se cree (más que se piensa) que los temas a tratar en la cinematografía patria tienen que estar irremisiblemente unidos al momento, al entorno o a la historia del país en cuestión. Uno de los problemas viene después entre lo que el cineasta cree que son las cosas y los que son las cosas realmente. Demasiado niño pijo metido a ladrador social, ya saben. Demasiado viejo acomodado entre subvenciones acumulativas, los conocemos. Por eso es gratificante que vengan desde Brasil a hacer el mejor documental español del año y que lo hagan con un filme rodado en Nueva York sobre la figura de un actor norteamericano: el inconmesurable Al Lewis (el famoso abuelo de La Familia Monster) El paso de la persona que actúa al actor que personifica se hace magistralmente durante una sesión de maquillaje que abarca toda la película y que nos permite dar un repaso a la historia más reciente de EEUU desde el punto de vista de uno de sus más contestatarios actantes. Una pequeña joya que se nos escapó de la gran pantalla por su marginal distribución (¿dónde están los críticos salvapatrias de la distribución cuando no se les muestra el señuelo desde Francia?) que afortunadamente ahora podemos recuperar en DVD.