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Cuando un género madura, las historias y personajes —y por tanto la música— se vuelven oscuros. En el caso del western, esta tendencia es palpable en títulos como Sin perdón (Clint Eastwood), Grupo salvaje (Sam Peckinpah), El perdón (Michael Winterbottom) o La proposición (John Hillcoat), de la que este Jesse James toma muchas referencias estéticas, formales y musicales. El guión y la banda sonora de aquel magnífico film australiano es obra de Nick Cave, que ahora, bajo las órdenes de Andrew Dominik, ha perfeccionado el estilo lírico, casi elegíaco, del film de Hillcoat. Como entonces, el que fuera líder de los Bad Seeds ha contado con Warren Ellis, uno de sus colaboradores habituales en los últimos años, para dar forma a una partitura bellísima que se apoya en una base de piano, violines, cello y bajo eléctrico. A partir de esta instrumentación, Cave y Ellis desarrollan el tono íntimo de la película con una intensidad dramática apabullante, tan desoladora como hermosa, que anuncia la muerte del pistolero y el fin de un tiempo y una época, el salvaje Oeste. Lejos de su ocaso, obras así indican que el western no ha muerto; sigue creciendo, reinventándose, cambiando su mitología, como el niño que se hace adulto cuando descubre que los héroes también mueren.
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La nota que define una obra maestra es la atemporalidad. Blade Runner pertenece a esa categoría de películas que nunca envejecen, revelan nuevos matices en cada visionado y transmiten su leyenda de generación en generación. Da igual el número de remontajes, cambios, añadidos o cortes que aplique Ridley Scott. La fuerza y el simbolismo de sus imágenes soporta cualquier ataque de autor. La música de Vangelis tiene el mismo rango, y hoy, 25 años después de su primera escucha, sigue teniendo un sonido único. Nada se parece a Blade Runner. Su tono decadente, turbador, apocalítico, como ese Los Ángeles al que se parecen cada vez más las grandes metrópolis del mundo desarrollado, pero al mismo tiempo cálido y sensual, está muy lejos del alcance de los compositores que en la actualidad trabajan con sintetizadores. Ni el mejor Hans Zimmer (Gladiator, Marea roja o Black Hawk Down) ha podido igualar los hallazgos del griego. En honor a la verdad, el propio Vangelis no ha vuelto a ser el mismo, ni tampoco Ridley Scott. Como si su talento hubiera quedado atrapado en el gran ojo que devora el infierno urbano.
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La colaboración entre Robert Zemeckis y Alan Silvestri se remonta a 1984, cuando Tras el corazón verde se presentaba como la versión light y desenfadada de Indiana Jones. Luego llegaría la trilogía de Regreso al futuro, ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, Forrest Gump, Contact, Náufrago o Polar Express. Un camino rico, casi sin bajones creativos, en el que el músico neoyorquino ha perfeccionado el sinfonismo característico de sus obras hasta la perfección que supone Beowulf. El tema principal de esta historia épica abruma por su magnificencia y espectacularidad, los cortes de acción son vibrantes, y las partes dramáticas envuelven los sentidos de un auténtico espíritu aventurero; nada del ruido insustancial que domina las producciones de Jerry Bruckheimer y sucedáneos. Silvestri es uno de los compositores que mejor dominan una gran orquesta y un coro en la actualidad, junto con John Williams, James Newton Howard y Patrick Doyle. Quedan muy pocos seguidores de esta escuela, así que cada nuevo trabajo suyo es una pequeña pieza de museo.
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La carrera de James Newton Howard bascula entre las grandes partituras sinfónicas, tipo Límite vertical, Dinosaurio, King Kong o Waterworld, y las creaciones intimistas de corte psicológico, como las cintas de Shyamalan. Michael Clayton pertenece a esta segunda vertiente, aunque el compositor se distancia mucho del sonido que produce para el realizador indio. En esta ocasión, la habitual base de piano y cuerda cede su lugar a una compleja instrumentación electrónica que define el tono claustrofóbico y opresivo de la historia. Es una obra fría y atonal, sin asideros emocionales, como el gris abogado que compone George Clooney. Sólo al final, con la redención del protagonista, la partitura abraza la esperanza con un emotivo tema que simboliza la liberación de su alma. Un Howard estimulante y valiente, en la línea de Collateral, La intérprete y El cazador de sueños, que muestra el reverso tenebroso de un autor que sigue explorando sonoridades en busca de su gran obra, con permiso de El bosque.