Basilio Martín Patino

Por Eva Mas

Basilio se doctora con su "Palimpsesto salmantino"

El pasado 28 de noviembre el cineasta Basilio Martín Patino fue nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Salamanca [1]. Con esta distinción, por fin su tierra rindió un orgulloso homenaje a uno de sus ciudadanos más representativos. Crítico, cineasta e, incluso, coleccionista de artilugios de proyección, la modestia con que se presenta el enjuto director salmantino contrasta con su significativa aportación al mundo del cine. Personalidad rebelde e insobornable, su inmersión en la realización cinematográfica, con Nueve cartas a Berta (1966), supuso el pistoletazo de salida a la  renovación estética que impulsaría el llamado nuevo cine español.

La ceremonia se zafó del estricto protocolo para permitir que el homenajeado agradeciese tal distinción con su propio lenguaje, el audiovisual. Haciendo gala de su virtuosa habilidad para el montaje, Basilio retomó fragmentos de sus películas más vinculadas a Salamanca para reformularlas en una nueva composición audiovisual denominada Palimpsesto salmantino. Estructurada en tres partes separadas por breves intervenciones orales, la proyección pasó por los fotogramas de Caudillo (1974), donde se revive la llegada de la Guerra Civil a Salamanca, cuando Basilio aún era un niño; el cansancio y la opresión que caracterizó su adolescencia, coincidiendo con la cerrajón franquista, son palpables en Nueve cartas a Berta y Los paraísos perdidos (1985) para finalizar con Octavia (2002), donde abordó el desarraigo del retorno y la dificultad para soltar lastre sin perder las raíces.

Palimpsesto. Dícese del manuscrito antiguo que conserva huellas de una escritura anterior borrada artificialmente. Tablilla antigua en la que se podría borrar lo escrito para volver a escribir. Así ha sido constantemente la cinematografía de Basilio, un constante retorno al pasado, reescribiendo sobre los mismos pasos, para proyectarse hacia el futuro. Y así ha sido esta ceremonia festiva en que la Universidad de Salamanca, significativo referente en la historia del saber y del arte, le ha acogido entre sus miembros distinguidos. Porque, en palabras del rector José Ramón Alonso, Basilio “ha abierto una enorme ventana, la de la gran pantalla. Y hemos mirado hacia fuera. Y nos hemos mirado hacia dentro. Nos hemos conocido mejor”. Mediante el cine, tanto con sus propias realizaciones como las proyecciones que realizó en el cine-club salmantino aún siendo estudiante, Basilio nos ha traído imágenes de una realidad impopular, sepultada por la autoridad de la época. Documentos hirientes, cargados de rabia y tristeza, pero también de añoranza y ternura, se entrelazan en un estilo metafórico que remite directamente a la realidad. Porque, en palabras del cineasta, “la vida o la geografía o la conducta de los seres que la habitan se documenta mejor inventándola”. Y es que el cine de Basilio, como afirma Imma Merino en referencia a Octavia, es una “puesta en escena de la memoria” [2].

El realizador salmantino inició su discurso recordando aquellos años de su juventud en que constituyó el cine-club estudiantil, un espacio abierto a la reflexión. Hace ya 55 años. La primera proyección se realizó en el mismo lugar donde ahora se le homenajea, en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. Pero, a diferencia de esa proyección, hoy ya no tiene que quitar un busto de Franco que impedía la proyección. “Hoy vuelvo aquí, algo más experimentado, pero igualmente libre”, afirmó el cineasta. “De nuevo he regresado, si es que de verdad me he marchado alguna vez. Estoy aquí como siempre, con películas incluso propias, con aquella misma pasión de amor-odio que nos une con lo que más se quiere. Querer es tratar de comprender sinceramente y comprender implica también la libertad de poder disentir”. Es precisamente el espíritu inconformista que contienen estas palabras el que ha marcado su trayectoria autodidacta. Tras estudiar Filosofía y Letras por no tener más opciones, su afán de querer saber más le llevó a visitar el centro Sperimentale de Roma y el IDEC de París. Posteriormente, viajó a Madrid, donde entró en contacto con Bardem, Berlanga y Ricardo Muñoz Suay, por aquel entonces unos jóvenes que empezaban a despuntar. Pero eran tiempos difíciles para hacer cine. En palabras de Begoña Gutiérrez San Miguel, quien en este acto ejerció de madrina de Patino, era un momento en el que hacer cine “estaba proscrito y congelado en España y en el que, además, no llegaba nada del exterior”. Una situación contradictoria en la que el espíritu inquieto de la juventud española era aplacado por la imposición del ostracismo social. Pero a pesar de la opresión, consecuencia de la coyuntura política de la época, los cineastas más inconformistas, entre los que se encontraba Basilio, lograron abrir un flujo de aire nuevo al organizar, en 1955, las Conversaciones de Salamanca. Estas supusieron un impulso de entusiasmo a aquellos cineastas más inquietos que, recogiendo las propuestas vanguardistas de otras cinematografías, estaban dispuestos a ir contracorriente del cine flocklórico español que imperaba en esos años.

Con el collage que constituye Palimpsesto salmantino, Basilio nos refresca la memoria sobre cómo se sucedieron los acontecimientos, tanto históricos como anímicos, de este período clave de la historia española. La proyección de imágenes del largometraje Caudillo en la pared del paraninfo suponen el inicio del discurso del cineasta. Allí, sobre las cabezas de las autoridades presentes, Salamanca recobra el color gris ante la llegada de la Falange a sus calles. Pero no estamos ante la proyección de la película originaria; su autor, para esta especial ocasión, ha condensado sus imágenes y sonidos y, cual niño, se ha tomado la libertad de dar color a determinados elementos. Este es el caso de las banderas de España y la Falange, así como la simbología nazi y católica, que resaltan sobre la homogeneidad del blanco y negro. También el féretro de Unamuno, teñido de rojo, se opone al tono azulado de los falangistas que lo portaban. En el correspondiente interludio que prosigue a las imágenes, Basilio incide en la inocencia de aquel momento en que, difícilmente, la sociedad era consciente de lo que se avecinaba. Documentos de historia, de los cuales él mismo podría formar parte como niño “disfrazado no sé si de templario o de cruzado, o de requeté o de falangista”, comenta irónicamente el autor.

Prosigue la proyección con los monólogos de Lorenzo (Emilio Gutiérrez Caba), protagonista de Nueve cartas a Berta, queriendo comprender cómo esa ciudad vieja puede cobijar un espíritu joven. Una extraña mezcla de ternura y crueldad, de distanciamiento y de cobijo se conjugan entre las piedras de la ciudad salmantina. A su protagonista Lorenzo, reflejo de Basilio, la necesidad de aire le impulsa a salir de sus muradas. Pero, al mismo tiempo, una extraña atracción le impide cortar la ligazón umbilical que le sustenta. Una dolorosa impotencia le embarga al constatar que el calor del arraigo le permite crecer pero, a la vez, la profundidad de las raíces coartan su libertad de movimiento. Así, las ansias de abarcar el infinito le lanzan al exterior.

Basilio ha expuesto sus causas y efectos; la voz en off justifica su marcha: “Mi corazón se había ido cansando poco a poco. Tenía una necesidad de salir de aquí, ir donde sea”. Las imágenes condensadas de Nueve cartas a Berta y Los paraísos perdidos, proyectadas en el paraninfo salmantino, ante sus amigos y familiares, se transfiguran en una petición de disculpa por partir de su tierra natal. Pero era un viaje necesario, de ida y vuelta, y no de destierro voluntario. Así lo constata con Octavia, tercer y último fragmento de la intervención audiovisual. A través de la condensación de sus imágenes y sonidos, el personaje interpretado por Miguel Ángel Solà (Rodrigo, alter ego de Basilio), en su retorno a su ciudad natal, muestra su fascinación ante la invariabilidad de su ciudad, la cual parece enclaustrada en la intemporalidad a pesar del paso de los años. La vida de la ciudad (extensible a muchas otras ciudades de provincia) ha cambiado permaneciendo inalterable, sumergida en un estado aletargado. Por ello, quizás sea el momento de que, al igual que hiciera el cineasta, la ciudad abra sus muradas para dejar entrar la luz. Permitir que el saber y el arte puedan volver a desarrollarse con normalidad para que la ciudad, como ocurriera en siglos pasados, se erija como un enclave cultural de referencia. Una vez más, Basilio nos muestra su sugerente visión de la realidad.

Quizás un paso hacia esa apertura lo constituya este mismo acto en que Basilio Martín Patino ha sido nombrado doctor honoris causa. Aquí, por medio de la proyección de Palimpsesto salmantino en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, el cineasta quiso agradecer tan distinguida mención mostrando todas aquellas experiencias salmantinas que, para bien o para mal, le han convertido en lo que es, una persona humilde y sincera, con una sensibilidad especial. Y, fundamentalmente, un cineasta cuyo afán de libertad le ha llevado a caminar de forma independiente, sin dejarse llevar por la corriente de modas ni de complacencias mercantiles.

[1] Agradezco a Basilio su invitación para asistir al acto.

[2] Imma Merino, crítica de Octavia. En www.cinematruffaut.com.