La casa de los mil cadáveres (House of 1000 Corpses, 2003) y Los renegados del diablo (The Devil's Reject, 2005) son dos razones más que poderosas para colocar al polivalente Rob Zombie junto a los directores actuales más interesantes y prometedores de entre aquellos que se mueven en el fascinante y amplio género del terror, de momento el que mejor casa con los gustos y el cine (a pesar de que en la segunda de las citadas películas el radio genérico termina por expandirse generosa y sorprendentemente) del también músico y además marido de la también interesante Sheri Moon, actriz nada desdeñable y dueña también de dos poderosas razones, casualidades de la vida. Su tercera película hasta la fecha es un remake de La noche de Halloween (Halloween, John Carpenter, 1978), un filme de culto preñado de iconos que abarcan desde la mítica música compuesta por el propio Carpenter hasta, por supuesto, la figura de uno de los asesinos más antológicos que ha parido el género: Michael Myers (sin olvidarnos de su inseparable máscara) Un reto difícil de superar para el encargado de llevarlo a cabo, a la vez que atractivo para todos los devotos de este cine; y por supuesto estaba claro, a la vista de sus anteriores trabajos, que Zombie era uno de los directores mejor preparados para afrontarlo. También parecía prácticamente imposible que hiciera un remake convencional y efectivamente, no ha defraudado.

La primera sorpresa que nos llevamos con el Halloween de Zombie es que lo que en el filme de Carpenter (que considero prácticamente una obra maestra, lo digo desde ya para evitar malentendidos, y para dejar claro que las comparaciones se evitarán en la medida de lo posible, aunque procedan en ocasiones dada la condición de remake) no pasa de la mera anécdota (si obviamos el hecho de que se trata de un magistral plano secuencia de casi cinco minutos que recrea, en vista subjetiva, el asesinato de una muchacha a manos de su hermano de seis años), para a continuación situarnos tres lustros más tarde, al creador de Astro Creep 2000 los sucesos acontecidos en esa trágica noche le sirven para poner el sangriento colofón a lo que podríamos considerar un mediometraje sobre la infancia de Michael Myers (y sus primeros asesinatos). Esta primera parte de la película, tratada digitalmente para obtener una fotografía más cálida, (algo más breve que la segunda, a la que podríamos considerar el remake propiamente dicho, aunque tampoco convencional) sorprende por varias razones. La primera es que, a la luz de la película de Carpenter, nos esperamos otra cosa, y esto es bueno porque, y es la segunda sorpresa, la infancia de Michael Myers, esa que no nos esperábamos, nos devuelve al personaje de Myers, lo reconstruye ofeciéndonos unos interesantes, a pesar de lo previsibles por tópicos, apuntes sobre su psicología y su génesis, pues nos presenta a un niño “profundamente perturbado” en una familia algo desestructurada (madre prostituta —Sheri Moon—, padrastro violento que le insulta, hermana mayor que le ignora) donde la única que se salva es su hermana pequeña, tan sólo un bebé; nos presenta también al profesor Loomis (un Malcolm McDowell que casi nos hace olvidar al genial Donald Pleasence de la cinta original) que ya le sigue la pista a Michael tras percatarse de sus devaneos con los cuchillos y los animales (pasando por alto a algún “matón” de la escuela que se burla de él a costa de la profesión de su madre, y al que Michael no pasa por alto) Y claro está, llega el momento en que al chaval se le cruzan los cables y monta una escabechina. Y por lo que ya no sorprende, porque es marca de la casa, pero no por ello se disfruta menos, es con la forma de rodar de Zombie en general, y los crímenes en particular. Planos cenitales, a ras de suelo, insertos de manos ensangrentadas, de cuchillos de carnicero (limpios y tintados en sangre), de puñaladas; violencia cruda y fría hilvanada con un montaje limpio y ordenado que permite que nos recreemos en la maldad (que en este caso parte de no discernir entre el bien y el mal) del que no dudan en bautizar como el mal en estado puro… aunque sólo sea un niño.
Pero eso es sólo el origen, y al final, Michael termina quedando solo (con su hermanita) y es internado en el sanatorio mental. En Haddonfield transcurren quince años (Zombie no da fechas concretas, y aunque desde luego parecen algo más tardías que las del filme original, nos libramos de la presencia de los teléfonos móviles, herramienta casi indispensable en el slasher actual, e incluso en el remake actual, o rizando el rizo, en las que conjugan ambas cosas: sin ir más lejos la reciente Negra Navidad), la fotografía pierde esa calidez inicial, algo progresivo a medida que se desarrolle lo que queda por venir, y como por arte de magia ahora sí reconocemos lugares comunes con la semilla carpenteriana. No sólo el Haddonfield de la película de Zombie es el mismo, también toma prestados diálogos y situaciones, e incluso planos enteros: la secuencia en que Laurie Strode sale de su casa hacia la de los Myers cruzándose en su camino con Tommy, el niño al que cuida, está rodada prácticamente igual, así como el asesinato de Bob (sin aparición desde el armario, pero igual de acojonante), y aquí se terminan los homenajes. Zombie se las ingenia para añadir, modificar o adaptar otras partes a su particular estilo visceral y oscuro, desde la fuga de Myers (un impresionante Tyler Mane, no tanto por su enmascarada actuación como por sus dos metros de altura que le confieren la apariencia de una auténtica bestia) del centro psiquiátrico hasta el escalofriante encuentro con Laurie al lado de la lápida amputada de la tumba de su madre, momento que marca el comienzo de unos veinte últimos minutos antológicos.

Y aunque Zombie utiliza, por descontado, la música de su predecesora, ni mucho menos la saquea. Para la banda sonora no se corta en aplicar sus propios gustos, que deja bien patentes desde el comienzo con ese God of Thunder de los Kiss mientras echamos un somero vistazo al exterior de la casa de los Myers, y, siempre con excelente criterio, consigue integrarla como un elemento más de la puesta en escena —una canción de las que ya no se hacen ni se harán como (Don't Fear) the Reaper de Blue Öyster Cult le sirve para establecer un paralelismo entre el asesinato de la hermana de Michael y el de una de las amigas de su otra hermana, Laurie, quince años después, y a la vez ofrecer un discreto guiño al filme de Carpenter, donde la canción sonaba mientras Laurie y Annie iban en el coche—, tarea siempre compleja y que requiere ciertas dotes de las que Zombie va sobrado, como ya demostró en sus películas previas (memorable ese final de Los renegados del diablo donde las imágenes se funden en el Free Bird de Lynyrd Skynyrd). También se apropia con idénticas intenciones de otro pequeño fragmento de material ajeno, en esta ocasión audiovisual, que no es otro que El enigma de otro mundo (The Thing From Another World, Chris Niby & Howard Hawks, 1951), película que ven en la tele, en dos noches de Halloween separadas por quince años, un joven Michael Myers primero y Tommy después, y que además es otro guiño a la película original de Carpenter (pues en aquella era precisamente la película que veían Laurie y los dos niños), una de cuyas mejores obras, La cosa (The Thing, 1982) era a su vez un remake (del filme de Niby y Hawks)
Confiesa Zombie en Halloween: Behind the Mask que Carpenter consiguió crear un asesino verdaderamente aterrador, pero que con el paso del tiempo y las secuelas se había convertido en un cliché, que el miedo que inspiraba en las otras películas era muy distinto que el de un comienzo, y en Halloween: El origen ha reconstruido el mito desde cero, adaptándolo a los tiempos que corren. Una vez más, acierta, y desde luego, podemos volver a temer a la figura de Michael Myers, a su máscara y a su cuchillo, y también, como nos ocurría con la siniestra familia Firefly de las primeras películas de Zombie tras conocer su lado humano, compadecerlo un poco.