Los crímenes de Oxford (Alex de la Iglesia, 2007)

Por Enrique Pérez Romero

Estas líneas, muy probablemente, decepcionarán a casi todos. Por un lado, a aquellos para los que, como es sabido, el cine español no existe o sólo pervive en dos o tres películas anuales que hablen del ser y la nada, y en cuyas críticas puedan incluirse fácilmente palabras como "pantocrátor", "munificencia", "palimpsesto" o "ginocéntrico". Por otro, a quienes pretendan encontrar un elogio incondicional para Álex de la Iglesia, ya que soy de los que piensan que su gran película de éxito popular, El día de la bestia (1995), no es precisamente una de sus propuestas más logradas. Digamos que esta crítica no gustará ni a quienes pretenden despachar con desprecio todo lo que huele a cine español con vocación de éxito ni a quienes tratan de vendernos, con la vitola de la excelencia, todo lo que se manufactura dentro de nuestras fronteras.

Álex de la Iglesia, en líneas generales, es un buen cineasta. Posee un dominio de la técnica que le permite generar productos que funcionan casi siempre desde un punto de vista industrial y, al mismo tiempo, que resultan narrativa y visualmente eficaces en ámbitos tan heterogéneos como la acción (Perdita Durango, 1997) o la comedia pura (La comunidad, 2000). Lamentablemente, la eficacia no lo es todo, y por la mayor parte de los espectadores se espera originalidad, emoción, discurso o espectáculo. Y ese salto, que es el que diferencia a los grandes autores de los buenos directores, es el que De la Iglesia todavía no ha conseguido efectuar. Una de sus películas menos populares, si no directamente la más ninguneada, es la que compendia por el momento lo mejor de su cine y todas las tendencias que marcan el camino de un autor de interés: 800 balas. Fue allí donde el cineasta vasco (Bilbao, 1965) consiguió una mixtura fluida y fructífera de aventura personal y colectiva (los actores y los pueblos que protagonizaron los spaghetti-western en Almería), sentimiento hondo pero discreto (propio de quien está orgulloso de su vida a pesar de poder verse como un fracasado) y, en fin, de drama contenido y comedia hilarante. Así pues, más allá de ese éxito inicial —y, en mi opinión, desmedido— con El día de la bestia, De la Iglesia había encadenado filmes prometedores (Acción mutante, Perdita Durango, La comunidad) junto a terribles fiascos (Muertos de risa, Crimen ferpecto), y en la mente de casi todos se encontraba la posibilidad de que su gran película estuviera a punto de hacerse realidad. Parecía que podría ser Los crímenes de Oxford.

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Ese dominio de la arquitectura cinematográfica (encuadre, composición, movimiento, montaje) se convierte en su última película en una mezcla de academicismo hollywoodiense y mero artificio a modo de circunloquio epatante. En este sentido, el ya famoso plano secuencia que quiere contener la clave de la película no funciona en ningún momento como tal, más allá de lograr un extrañamiento visual que conduce a un distanciamiento más perjudicial que positivo. Pero de las dos partes en que se divide el binomio de la puesta en escena del filme, quizá el academicismo sea lo más decepcionante y, para quienes esperábamos esa gran película, lo más preocupante de cara al futuro. De la Iglesia siempre ha jugado hábilmente con heterogéneos tópicos culturales (quizá decantados sustancialmente en El día de la bestia, en forma de contratópicos), e incluso con algunas estereotipias escenográficas propias del cine dominante en Estados Unidos desde finales de los setenta (como se puede observar paradigmáticamente en Perdita Durango); pero nunca como en Los crímenes de Oxford se había plegado a la retórica vacua y al conformismo narrativo de un tipo de cine que, por otro lado, se encuentra en franco declive; el filme está trufado de decenas de detalles en esta línea, pero pongamos como ejemplo ese absurdo recurso icónico y narrativo que consiste en que, cuando un personaje que se encuentra en el centro de la resolución de un dilema, de repente, tiene una idea brillante o percibe un peligro inminente, echa a correr de forma inopinada, de manera que en su camino siempre tropieza abruptamente con alguien, normalmente cargado de papeles que se desparraman espectacularmente por el suelo. Es un ejemplo muy simple, pero que se repite hasta tres veces en esta película, y ejemplifica a la perfección ese empobrecimiento narrativo y escenográfico que, de la mano del cine estadounidense más adocenado, está influyendo negativamente en el estilo de De la Iglesia.

Por otra parte, en toda la obra del autor de 800 balas se ha percibido siempre una gran libertad de acción para los intérpretes, que han mostrado sus carencias y virtudes abiertamente, sin un gran intervencionismo del director, al contrario de lo que pueda ocurrir en los casos de cineastas emblemáticos en ese aspecto, como Pedro Almodóvar. Así las cosas, resultan determinantes el casting y la calidad intrínseca de los intérpretes, de cara a la solvencia final del resultado. En Los crímenes de Oxford gran parte del peso de la dramaturgia recae en el personaje de Martin (Elijah Wood), y en su relación con Lorna (Leonor Watling); y precisamente ahí estriba uno de los problemas más graves del filme, puesto que no sólo no funciona en absoluto la química entre los dos, sino que además no podemos dejar de ver a Frodo paseándose por los pasillos de la Universidad de Oxford, al tiempo que observamos decepcionados a una Watling vanamente esforzada en evitar uno de sus peores trabajos, convertida en un mero objeto sexual para el espectador, e incapaz de transmitir ni la mitad de emoción que en los 30 segundos de su voz en off para el último anuncio de una conocida empresa proveedora de electricidad. Quizá por eso, la historia de amor/sexo entre los dos no adquiere en ningún momento el peso que se le pretende otorgar; además, se encuentra "ornamentada" con algunas escenas de dudoso gusto, que quizá sólo puedan funcionar como parodia involuntaria de 9 semanas y media (Adrian Lyne, 1986).

¿Y qué hay de la intriga? Pues que, lamentablemente, acaba siendo lo de menos. Uno tiene la sensación, al final, de que el filme podría haber terminado de cualquier modo a pesar de que toda su estructura pretende querer decirnos lo contrario; y, bajo ese prisma, se convierte en una película más de investigación criminal en la que todo el mundo puede ser culpable o inocente, y en la que los giros finales desconciertan relativamente a un espectador decepcionado por buscar lo que no se encuentra, tanto en el interior del suspense, donde hay poco, como fuera de él, donde no hay modo de hallar absolutamente nada.

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Se podría decir que, a pesar de todo esto, Los crímenes de Oxford es una película bien narrada en la mayor parte de su metraje, con algún personaje notable (Arthur Seldom/John Hurt) o sugestivamente misterioso (Beth/Julie Cox); y podría afirmarse, por supuesto, que se observa ese dominio de la técnica al que me he referido con anterioridad, con momentos de indudable fuerza visual (sobre todo en los planos finales, desde la escena del autobús) y hasta de un erotismo a veces logrado (la primera aparición de Watling). Pero todo ello es poco, muy poco, no sólo porque Álex de la Iglesia es capaz de hacerlo mucho mejor, si no, sobre todo, por las ambiciones proyectadas aparentemente sobre este proyecto.

No es esta una de esas películas que ayuden a comprender la positiva evolución reciente del cine español, aunque no podré dejar de alegrarme porque el filme funcione industrialmente, y se lleve unos cuantos millones de euros que no vayan a parar, por ejemplo, a Alien vs. Predator 2; eso permitirá que se puedan realizar más —y, esperablemente, mejores— películas españolas. Por eso me gustaría acabar con unas palabras del propio director en la entrevista digital que le realizaron los internautas en http://www.elpais.com/edigitales/entrevista.html?encuentro=3378, el pasado 18 de enero, y en la que, ante una pregunta en torno a la situación del cine español, decía: «La película más taquillera del año pasado, por encima de Piratas del Caribe y su puta madre es El orfanato que es una película rodada, escrita y dirigida en nuestro país. Nos tiramos piedras sobre nuestro propio tejado. La nueva generación de directores es excelente. La vieja, también y los del medio hacemos lo que podemos. Es para estar orgullosos».