Como producto de entretenimiento que es, 300 tiene muy claro lo que vende y a quien se dirige: acción y espectáculo para un público joven familiarizado con el lenguaje de los cómics y los videojuegos. Es a partir de estas coordenadas desde las que hay que valorar y entender la película de Zack Snyder. La medida del rigor histórico, que en todo caso corresponde a los académicos, carece de sentido ante un título que no tiene la voluntad de mostrar fielmente lo ocurrido en la batalla de las Termópilas. Desde el hiperbólico diseño de personajes y ambientes hasta el apabullante armazón estético de las secuencias bélicas, nada indica que 300 quiera dar una lección de historia veraz.
El público, al que tan a menudo y por desgracia se toma por tonto, sabe que Leónidas y sus soldados son la recreación de un ideal clásico: el héroe insobornable que jamás se rinde. Como también sabe que son exageradas la puesta en escena de las batallas o la representación de Jerjes y sus tropas. La audiencia ha madurado en estos ya más de cien años de historia del cine y sabe identificar el envoltorio de cada filme.

Conviene, por tanto, hablar de 300 como lo que es: un chute de adrenalina que persigue el sano propósito de distraer. Interesa si lo consigue o no, qué medios emplea para ello y, por extensión, el modelo de espectáculo que propone; no si junto a los espartanos lucharon soldados de otras polis griegas, si la batalla duró 3 o 5 días o si las armas que portan los bravos corresponden al siglo V a.C. Bajo este prisma, la película de Snyder se revela como una potentísima bomba estética que fusiona los códigos del cine, el cómic y el videojuego en una nueva vuelta de tuerca a la caligrafía audiovisual que introdujo Matrix.
Así, Snyder monta sus 300 a partir de los ralentís y otros efectos de cámara lenta y aceleración de la imagen que popularizó la película de los hermanos Wachowski, dando lugar a un discurso sincopado que busca —y logra— sacudir la atención del espectador, sobre todo en las escenas bélicas. Esta alternancia de ritmos no es nueva. En títulos como Grupo Salvaje o La cruz de hierro, Sam Peckinpah ya exploró el cambio de velocidad de la imagen para aumentar el impacto y la espectacularidad de las secuencias de acción. El director norteamericano abrió una vía de estilización de la violencia que luego han retomado, con mayor o menor éxito, otros realizadores como John Woo, Ringo Lam, Michael Bay, los Wachowski y ahora el propio Snyder.
El principal logro del filme, con todo, es la traslación al celuloide de la paleta cromática del cómic de Frank Miller y Lynn Varley que inspira la película. La tonos bronces, rojos y marrones del original ilustrado, que identifican los tres elementos más importantes de la narración (las armas, la sangre y la geografía del paso de las Termópilas), adquieren en pantalla una viveza sorprendente y crean la atmósfera primordial del filme, a caballo entre la épica sucia de Gladiator y las fantasías hiperviolentas de Robert E. Howard. En la reproducción de paisajes, además, la recreación de colores otorga la profundidad de campo necesaria para que la cinta no resulte bidimensional, lo que sí ocurre en muchos segmentos de Sin City, también basada en una obra de Frank Miller, donde las escenas exteriores apenas tienen perspectiva porque se desarrollan en lugares desnudos. Sin un tercer punto de referencia, el ojo se estampa contra la pantalla, en lugar de atravesarla.

Este problema deriva de la decisión de rodar Sin City viñeta a viñeta, como si el cómic fuera el storyboard final de la película. Tanta fidelidad visual lastra el resultado, ya que lo que funciona sobre papel no siempre funciona sobre la gran pantalla (son lenguajes distintos). Snyder aume la misma ténica en 300, pero franquea el peligro de caer en una realización plana con la profundidad cromática de las escenas exteriores. Recuérdese, por ejemplo, la vista panorámica de Esparta o la del ejército persa acampado en la costa griega. Otra pega de esta fórmula de rodaje es la sensación de dèjá vu que puede azotar a los conocedores de la novela gráfica mientras ven la película. Para atemperar este efecto, Snyder introduce varias novedades argumentales: las cuitas de la reina Gorgo por enviar más tropas a su marido, el gigante encadenado que se enfrenta a Leónidas, las bestias persas de ataque o la seducción de Efialtes por parte de Jerjes, entre otras.
Es un recurso hábil, pero paradójicamente estos añadidos son las partes más débiles del filme, ya que lejos de enriquecer la narración alejan al espectador del verdadero drama: la resistencia numantina de los espartanos frente a un enemigo superior. Entonces, ¿es imposible adaptar un cómic de Frank Miller sin despegarse del papel? Batman Begins demuestra que no. Aunque no de forma explícita, la película de Christopher Nolan toma como referencia la obra de Miller Batman, año uno, de la que capta prodigiosamente la atmósfera y el carácter de los personajes sin necesidad de calcarlos y manteniendo sus señas de identidad como realizador. Es una alternativa, quizás no tan espectacular, pero desde luego muy sólida desde el punto de vista de la descripción de los personajes y sus motivaciones.
Las consideraciones anteriores no deslucen el valor mayor de 300: la definición de un nuevo modelo de espectáculo que trata de conectar con el público joven, el que llena las salas desde mediados de los setenta y permite a los estudios hacer caja para mantener a flote la industria (y financiar el cine de autor). Los chavales de hoy se han educado entre múltiples pantallas y videojuegos y, por tanto, están acostumbrados a que la imagen fluya a un ritmo frenético. En este sentido, 300 es un ejemplo perfecto de supervivencia darwiniana; el cine, al menos el comercial, se adapta para no morir. A cada época y a cada público, su cine. Es un juego de espejos constante en la historia del medio.

Este paradigma, que arranca en Matrix, toma la estética de los cómics norteamericanos de superhéroes (sobre todo la última etapa de Marvel, de 1997 en adelante), el ritmo del animé japonés y el dinamismo de los videojuegos de acción para elaborar una narrativa ‘anfetamínica’ que busca, ante todo, el impacto emocional y la saturación audiovisual. La sorpresa, la admiración, las bocas abiertas y los ojos como platos; lo mismo que pretendían los feriantes que enseñaban las primeras películas en sus barracas. Cambian las formas, pero el cine de gran presupuesto persigue el mismo objetivo que hace un siglo: asombrar, divertir y entretener.
300 lo logra, eso es lo importante en una cinta de sus pretensiones. Las lecturas fascistas de su discurso, los paralelismos con las tensiones entre Irán y EE.UU. o la supuesta justificación que predica de la violencia como única solución a los problemas son, a mi juicio, intentos de buscar tres pies al gato que, como mínimo, deberían contar con un argumento apoyado en algún comentario en ese sentido de sus creadores. Nadie critica moralmente El nacimiento de una nación, algunas películas de John Ford o las primeras obras de Eisenstein. ¿Por qué sí 300?