Al final de Adiós, pequeña, adiós, Patrick, el detective privado que interpreta Casey Affleck, ha tomado una decisión que le lleva a perderlo casi todo. También a tener que enfrentarse ante una disyuntiva que no es otra que la duda de haber actuado bien o mal. El problema surge, como le sucederá a muchos espectadores, en saber qué es el bien y qué es el mal. Habrá quienes lo tengan claro inmediatamente para un lado o para otro; también habrá a quienes les surjan dudas más que razonables. No es sencillo, no. Acostumbrados en la actualidad a que se nos muestre la realidad bajo un prisma bastante concreto y sin demasiadas matizaciones, la ambigüedad puede resultar un peso demasiado pesado para digerir. En este sentido es más sencillo aferrarse a visiones mucho más radicales, sobre todo si el resultado final es intentar constatar que el mundo está hecho pedazos y no que el mundo es más complejo de lo que algunos cineastas muestran. Para Affleck, Patrick debe descubrir que lo mismo ha cometido un error, o que puede que no, pero al fin y al cabo ha tomado una posición, que es lo que, al final, Adiós, pequeña, adiós intenta crear: la necesidad de posicionarse ante aquello que sucede a nuestro alrededor.

La separación de una niña pone en pie a casi toda una ciudad. Los medios de comunicación hacen eco del asunto más desde una postura sensacionalista que informativa (algo no demasiado alejado de lo que ha sucedido en los últimos meses). El circo se crea y aparecen Patrick y Angie (Michelle Monaghan), una pareja de detectives, así como sentimental, que son contratados por los tíos de la niña ante la inoperante madre, drogadicta y alcohólica. Su investigación no tendrá más que escollos: la policía, el mundo criminal de la ciudad, la propia madre, los tíos de la niña. Con un planteamiento bastante tradicional de trama criminal, Affleck sabe ir creando una atmósfera tan densa como sórdida en su retrato social y humano, aunque sin caer nunca en el énfasis. Le basta con mostrar a unos personajes que acaban resultando muy reales y con un planteamiento visual muy efectivo y, es patente, recapacitado, algo que demuestra que sabía muy bien lo que hacía y lo que quería hacer. Al fin y al cabo, lo que se va tejiendo es todo un itinerario hacia la constatación de que la realidad es demasiado extraña incluso en lo que en apariencia es sencillo. Que las apariencias no sólo engañan, sino que todo es cambiante. Aunque al final de la película el espectador pueda encontrarse con una cierta sorpresa final, Affleck no juega con él en momento alguno, porque apenas oculta nada. No hay juego porque todo es demasiado serio. Una niña ha desaparecido y cada causa posible sumerge a los personajes en un laberinto lleno de pasillos a cual más sórdido. Un mundo donde es complicado pensar que una niña pueda crecer, aunque sí desaparecer. Algo que resulta bastante siniestro.

El plano final de Adiós, pequeña, adiós, muestra a Patrick sentado en un sofá, consciente en ese momento de que su decisión puede tener un alcance mayor de lo que él mismo había podido pensar. En ese momento, cuando ya a nadie le importa lo sucedido, noticia que ha finalizado y de la que no se habrá sacado nada en claro, entonces, a Patrick le queda una cierta soledad con la que tener que vivir desde ese momento. Una soledad que no es tan física como interna, aquella que surge cuando las decisiones que se toman van contra la opinión generalizada, cuando aquello que se hace pensando que es lo correcto posee unas consecuencias que dividirán a quienes nos rodean. Patrick lo asume y deberá de vivir con ello. Para bien o para mal, en caso de que alguien le pueda explicar qué es cada cosa.