Recuerdo INGMAR BERGMAN

Por Daniel López Leboreiro

El silencio de Dios

El 30 de julio de 2007 fallecía, a los ochenta y nueve años de edad, Ingmar Bergman. Se hacía así el silencio al que el cineasta volvió una y otra vez a lo largo de su obra como director y guionista y que quedó concretado y sintetizado a la perfección en la trilogía que se ha venido a llamar del silencio de Dios. En su libro autobiográfico Imágenes, el propio Bergman se refería a Como en un espejo (Sasom i en spegel, 1961), Los comulgantes (Nattvardsgästerna, 1963) y El silencio (Tystnaden, 1963) como una suerte de trilogía centrada en una reducción: «Como en un espejo: certeza conquistada. Los comulgantes: certeza desvelada. El silencio: el silencio de Dios-la huella negativa» [1]. Una reducción, pues, del concepto de Dios, de la búsqueda existencialista de su autor por una respuesta a las preguntas que le atormentarían durante toda su vida y carrera cinematográfica. Preguntas que, tras la muerte del genio, hacen de aquella trilogía —de la que el propio autor se mostraría receloso con el paso del tiempo— uno de los testamentos más significativos que jamás haya dejado nadie en la historia del séptimo arte.

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Estando centradas las tres películas anteriormente citadas en la búsqueda de Dios como única respuesta para dotar de sentido a una vida cuyo fin atormenta a sus protagonistas, la certeza de la que habla Bergman al referirse a Como en un espejo y Los comulgantes no puede ser otra que la de la existencia de un ser superior. En el primero de los filmes mencionados, la constatación de dicha certeza ocupa los últimos días en la isla de Farö [2] de Karin (Harriet Andersson), quien poco a poco se separa de la realidad mundana como consecuencia del aguzamiento de la enfermedad mental que padece.

Así, en Como en un espejo, Bergman nos presenta a Dios como algo únicamente concebible por medio del delirio de Karin. Un Dios que solo puede ser racionalizado por una mente enferma. Un Dios imposible.

Es por ello que el salvador que acaba encontrando Karin en sus fantasías adopta la forma de una araña que trata de violarla. La locura desquiciada de la joven solo puede conducirla a una imagen desquiciada de Dios. El de Karin es el mismo Dios-araña del que va a hablar el pastor Tomas Ericsson (Gunnar Björnstrand) en Los comulgantes y que, en palabras del sacerdote, va a dar paso a un segundo tipo de Dios —el Dios-eco—, que nada tiene que ver con la manifestación del amor como prueba de la existencia de Dios de la que habla el padre de la bella demente (interpretado también por Gunnar Björnstrand) en la secuencia final de Como en un espejo.

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En Los comulgantes, la certeza conquistada por el personaje de Karin en Como en un espejo da paso a una certeza desvelada, que viene personificada por el pastor Tomas Ericsson. La muerte de su mujer conduce al párroco de dos pequeñas localidades suecas a una desesperación que le lleva a poner en duda su fe religiosa. Pese a no ser víctima de la misma enfermedad mental que la protagonista del primero de los tres filmes que nos ocupan, Tomas habla de un Dios-araña, símbolo inequívoco de la naturaleza despiadada y monstruosa del ente superior que le ha arrebatado a su mujer.

La certeza de la que habla Bergman en "Imágenes" no se convertirá en desvelada hasta que el pastor dé el paso conceptual de un Dios monstruoso a un Dios-eco, únicamente capacitado para devolverle sus angustiadas preguntas. Ese Dios-eco del que se extrae necesariamente el silencio divino del que se vale Marta Lundberg (Ingrid Thulin) para justificar la no existencia de un ser superior —y que aparece sintetizado en la demoledora frase “Dios no existe”, con la que la feligresa golpea figuradamente al pastor en un momento del filme—.

En cierta manera, Bergman hace de Tomas un personaje muy similar a Karin, lo que le convierte en alguien que, a los ojos del espectador, ha de ser visto como víctima de una tara mental semejante a la de la protagonista de Como en un espejo. De la misma manera que ella –en sus momentos de lucidez, Karin es consciente sus frecuentes distorsiones de la realidad-, Tomas se entrega día tras día a un ritual que él mismo sabe carente de sentido y con el que únicamente consigue hacer más infelices y desdichados a quienes le rodean. Algo que Bergman explicita de manera devastadora por medio del suicidio de Jonas Persson (Max von Sydow), un parroquiano de Tomas que acaba con su propia vida minutos después de poner su fe en manos del pastor.

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La pasividad de Dios ante la atrocidad que rodea a Tomas tiene su conclusión lógica en El silencio. La imposibilidad de la existencia de un ser superior es nuevamente trasladada a la pantalla por medio del silencio del todopoderoso ante una realidad angustiosa y asfixiante. El silencio del tren en que comienza la acción mientras, al otro lado de sus ventanas, estallan las bombas de una guerra distante e incierta, permite a Bergman situar la historia en un mundo literalmente dejado de la mano de Dios. La imaginaria ciudad de Timoka pasa así a convertirse en una suerte de espacio simbólico de nuestro planeta, con sus conflictos bélicos, su incomunicación, su falta de amor [3] y, especialmente, con su silencio de Dios.

El mismo silencio en que se consumió la vida de Ingmar Bergman en la soledad de Farö mientras el mundo seguía sumido en una interminable guerra...

[1] Bergman, I.: Imágenes, Tusquets Editores, Barcelona, 2001, p 215.

[2] Isla que, cuarenta y seis años después, se convirtió en el escenario de la muerte del director.

[3] La ninfomanía de sus dos protagonistas es fruto tanto de una búsqueda de amor compulsiva de dos seres incapaces de amar como un medio de evasión de una realidad que se hace imposible de soportar.