Cartas desde Iwo Jima (Letters from Iwo Jima. C. Eastwood, 2006)

Por Rafael Arias Carrión

Cuatro años después de la famosa fotografía de Joe Rosenthal, “Raising the Flag on Iwo Jima”, Hollywood se aprestó a enmarcarlo en el imaginario popular, y a escribir la historia “oficial” de la toma de Iwo Jima, con el rodaje de la película Arenas sangrientas (Sands of Iwo Jima, Allan Dwan). En ella, con John Wayne a la cabeza del reparto como el sargento Stryker, se plantea la toma de la isla de Iwo Jima como una aventura en donde los japoneses nunca son mostrados, son enemigos en la sombra, figuras espectrales, mientras los soldados de la marina estadounidense aparecen firmes en su patriótica voluntad y, en el único acto de cobardía, siempre estará Stryker para disuadir y reconducir a su manera la situación.

En Arenas sangrientas, se hurta la información de los 20.000 soldados japoneses muertos —solo hubo 216 prisioneros— ni los más de 6.000 muertos del bando aliado y 20.000 heridos. Incluso la famosa duplicidad de banderas que dio pie a dos alzados de bandera, una primera de la que no existe fotografía y que portaba un soldado, y la segunda bandera, notablemente más grande, que es la que dio origen a la famosa reproducción, tal como ha mostrado Clint Eastwood en Banderas de nuestros padres (Flags of Our Fathers, 2006), queda reducida a dos banderas, pero solo a un alzado, el que dio pie a la fotografía, imágenes con las que finaliza la película de Allan Dwan, con el ánimo encendido de los soldados para seguir luchando.

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Revisitar la Historia para analizar el presente

En los últimos dos decenios, Clint Eastwood ha transformado la tarea de cineasta en un oficio de compromiso moral, en el que siempre desde una mirada conservadora, ha analizado las grietas del sistema estadounidense, de la forma en que ha escrito su Historia a conveniencia. Al igual que en Sin perdón (Unforgiven, 1992), en donde la heroicidad era un mito, es decir, algo creado a posteriori, en el díptico dedicado a la batalla de Iwo Jima, Clint Eastwood opera de igual forma, con la idea de denotar que en una guerra hay dos bandos con razones diferentes, pero éstas no son la clave, el sentido se encuentra en que en ambos bandos hay seres humanos que, muchas veces por azares de la vida, se han visto en un conflicto que poco les podía importar.

Hay que señalar que en esta aventura de desmitificar una Historia escrita por los vencedores, Clint Eastwood la aborde con valentía tomando un episodio de la Segunda Guerra Mundial —de una guerra victoriosa para Estados Unidos— y no, por ejemplo, de la guerra de Vietnam, acto que hubiera sido mucho más simple. A su edad, y sabedor de que cada película que filma ha de tener un valor en sí misma, Clint Eastwood rueda Banderas de nuestros padres para desmitificar la gloria de una batalla ganada y Cartas desde Iwo Jima (Letters from Iwo Jima, 2006), para humanizar una batalla cruenta, para hacer notar, en tiempos en que la violencia parece ciega, que una vida, tal como se indicaba en Sin perdón, no es solo acabar con un pasado sino con potencial futuro de la persona fallecida.

Además, Clint Eastwood huye de los referentes temporales más cercanos —Salvar la soldado Ryan (Saving Private Ryan, Steven Spielberg, 1998), y La delgada línea roja (The Thin Red Line, Terrence Malick, 1998)— para construir su díptico mediante la asunción de unos códigos genéricos definidos —en este sentido Cartas desde Iwo Jima opera como la otra cara de Arenas sangrientas— y se aleja del horror impostado de Salvar al soldado Ryan (no hay más que señalar que Eastwood comienza Banderas de nuestros padres de forma parecida a la película de Spielberg, pero nunca realizaría una trampa como la que ejerce Spielberg cuando “engaña” al espectador con el punto de vista de Salvar al soldado Ryan, haciendo balancear el tono de la película entre la memoria, el recuerdo de unos hechos vividos, que configurarían la primera persona, la mirada subjetiva, y la historia mostrada, equivalente a la tercera persona), y huye de la búsqueda del paraíso terrenal —que no existe para Eastwood— en islas vírgenes en el que se adentra Terrence Malick en la estupenda La delgada línea roja.

Iwo Jima

Dos razones hicieron de la isla de Iwo Jima —nombre con el que se ha conocido a la isla desde la Segunda Guerra Mundial, pero desde junio del año pasado, ha recuperado su nombre original, Iwo To— un eje clave de la contienda bélica. La primera razón, estratégica, era la necesidad de Estados Unidos de poseer un lugar cercano a Japón en donde su aviación pudiera aterrizar y repostar. Iwo Jima tenía dos aeródromos y una instalación de radar, cuya destrucción facilitaría el bombardeo de Japón. La segunda razón, de carácter ideológico, era el hecho de que apoderarse de Iwo Jima era conquistar una parte de Japón, con el consiguiente efecto desmoralizador hacia sus enemigos nipones.

Cartas desde Iwo Jima, desde sus primeras imágenes, se construye como una reescritura desde el presente de unos hechos. Un grupo de investigadores cava en las tierras volcánicas de uno de los túneles excavados por los soldados japonenses, para descubrir las cartas escritas y nunca enviadas por los soldados japoneses durante el mes que duró el asedio y la batalla. Desde allí funde al pasado y allí arranca Cartas desde Iwo Jima, como el complemento a Banderas de nuestros padres.

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Cartas desde Iwo Jima se revela como una apuesta personal de Clint Eastwood. Su audacia formal, rodada en tonos tan apagados que a veces parece que asistimos a una película en blanco y negro, en donde abunda la oscuridad, el hecho de que esté hablada en japonés y así se haya distribuido —aunque la copia en DVD, ofrezca la versión doblada, cosas del marketing—, y la posibilidad que le ofrecía esta película para mostrar al público estadounidense la necesidad de enfrentarse con una realidad que no han querido analizar o desmitificar, y con un presente en el que su país, de forma arbitraria, invade países y encarcela e incomunica a centenares de prisioneros sin juicio alguno. Para el público japonés Cartas desde Iwo Jima es un acto de redención, pero Eastwood no escatima la crítica a una moral obsoleta, la que produce que muchos mueran en nombre del emperador y su divinidad y la obsolescencia de un sistema de valores jerárquico en donde no todas las vidas valen lo mismo. El momento en que un grupo de soldados japonenses decide, en una escena espeluznante, suicidarse haciendo explotar granadas junto a su cuerpo lo atestigua.

Con tonos sombríos, y una creciente claustrofobia, asistimos a una batalla en donde el enemigo, ahora el bando aliado, no está representado, pero a la vez es algo más que un ente desconocido. Debido a la presencia japonesa, encerrados en un alambicado juego de túneles para no ser vistos y protegerse, estos túneles se manifiestan como la imposibilidad de mirar hacia afuera, debido a los continuos bombardeos que sufren, de saber en donde se encuentra el enemigo, y de que éste pueda aparecer por sorpresa.

Sobre ese eje temático, Cartas desde Iwo Jima, se desarrolla en una narración lineal, salvo unos breves flash backs que recaen sobre el pasado de algunos de los protagonistas, que discurre con el clasicismo del denominado como el “último de los clásicos”, con una perturbadora claustrofobia que recuerda a las cintas bélicas de Anthony Mann, una seca violencia que entronca con Sam Fuller, la mirada intensa y equidistante de John Ford, la fuerza en la puesta en escena de las batallas provenientes de Akira Kurosawa, para acabar con la serenidad de Yasujiro Ozu. No hay en ella espacio para las florituras visuales, la cámara siempre está donde debe de estar para informar al espectador y no para engañarle o desorientarle, el montaje es preciso y minucioso, sin permitir florituras, los planos tienen esa duración determinada que nos permite ver y comprender el horror de lo que sucede ante nuestros ojos, y no como, muchas veces sucede, para que imaginemos pero no veamos, y así no reflexionemos sobre la crudeza de los hechos. Todo ello, para construir una película honesta, ejemplar, modélica, un ejemplo de entereza ética que impide cualquier maniqueísmo, cualquier escapatoria. Cartas desde Iwo Jima muestra como se puede convertir una película que no es más que la sucesión de acontecimientos de una larga y cruenta batalla, en una reflexión sobre lo absurdo de la mitificación de la palabra “patria” y “héroe”, y sobre la brutalidad de la guerra, de cualquier guerra.